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Full text of "Sombras Heroicas"

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JIEROIGAS , 


m LUIS BONAVITA 


ILUSTRACIONES de SIFREDI 


2a. EDICION 



SOMBRAS HEROICAS 




LUIS BONAVITA 


Sombras Heroicas 

ILUSTRACIONES DE SIFREDI 


M ONTEVI DEO - URUGUAY 
1.9 4 9 




OBRAS ANTERIORES DEL AUTOR 

«AGUAFUERTES DE LA RESTAURACION» 
5 EDICIONES: 1 94 1 -1942.1943 
«SOMBRAS HEROICAS» 1945 


Todos los derechos reser? ados 
Queda hecho el depósito que 
marea la Ley número 9739 
Impreco en Uruguay - Printed in Uruguay 
Impresora L.I.G.U. — Sommer y Cía. 
Cerrito 740. - Montevideo. - Uruguay 



O que en estas páginas de modelada prosa 
aporta el doctor Luis Bonavita para el 
estudio de fondo del personaje histórico 
que campea en los capítulos de su libro, 
posee un valor sustancial y nuevo. El autor, en pose- 
sión de documentos no utilizados hasta ahora, cuya im- 
portancia aumenta por tratarse de papeles privados 
que equivalen a radiografías morales , entrega a los 
estudiosos de nuestra historia, subsidios capaces de lle- 
var a la revisión de juicios tenidos por valederos y 
firmes. 

La vida del general Manuel Oribe, desaparecido ha- 
ce noventa y dos años, todavía está por escribirse. Ape- 
nas muerto , J. P. Pintos, uno de sus jóvenes partidarios 
más adictos y entusiastas de su personalidad, resolvió 
poner su pluma de periodista militante a servicio de 
la gloria del vencedor del Cerro, escribiendo su vida 
pública. Poseído de la convicción que la tarea rebasa- 
ría el límite de sus fuerzas, y temeroso de la tacha de 
osado, pasó largos meses, esperando, entre admirado y 
perplejo, que alguno de los antiguos amigos de Oribe, 
proceres ellos, casi obligados a hacerlo, se determinara 
a narrar, testigo ocular y válido, la historia del segundo 
Presidente de la República. 

Después de una serie de visitas, consultas y explo- 
ración de ánimos, llevadas a cabo entre los personajes 
correligionarios, adquirió Pintos, dolorosamente desen- 



6 


cantado , la seguridad que la sola idea de biografiar al 
antiguo jefe, era recibida con reticencias o soslayada del 
mejor modo posible. 

Fué entonces cuando Pintos , enfermo y con escaso 
ánimo ya, hizo abandono de lo que creía noble proyec- 
to, limitándose a dar a la imprenta en 1859, un libro 
de 168 páginas, que se ha hecho rarísimo, pobre tra- 
bajo, desde cualquier punto de vista, que no va más 
allá del año 38. 


No puede decirse si este médico historiador, de ta- 
lento vasto y flexible, sea quien ha de escribir, al fin, 
la vida de Oribe. 

Circunstancias contradictorias y muy especiales, 
obligarían a considerar el caso. 

Hay quienes entienden que el biógrafo de un per- 
sonaje ciialquiera, capacitado sobre todos, para serlo, 
tiene que haber llegado a una total penetración con su 
hombre; poseerlo y ser poseído. 

Los franceses tienen, para expresar tal estado de 
espíritu, la palabra « h a n té », que podría traducirse, 
imperfectamente, por «visitado», valorando la intimi- 
dad. 

Bonavita puede, y lo tiene probado, evocar a Oribe 
en términos que éste casi se cor poriza, pudiéndose ver, 
•realmente, al largo y enjuto General que el Greco ha- 
bría podido incluir entre los enlutados caballeros que 
acompañaron el entierro del Conde de Orgaz. 

Pero de ahí al «hanté» hay toda la distancia que 
surge de las páginas de «Sombras heroicas». 

Aunque tampoco deba deducirse de ellas, que los 
separe una barrera de odios. Tal vez pueda hallárseles, 
por el habitual trato de ultratumba, en un limbo del 
campo polémico, en que el juicio condenatorio apa- 
rente, solo sea expresión de la más depurada verdad. 

Otra circunstancia a anotar, es que Bonavita no fi- 
gura entre los partidarios del sitiador de Montevideo, 


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y yo creo que es entre los adversarios histórico- políticos 
de Oribe, de donde puede aparecer el definitivo histo- 
riador de esta personalidad contradictoria y bifronte. 

No la escribirá quien comulgue en los altares del 
Cerrito. Hasta ahora, cualquiera sea su calidad intrín- 
sica, entre los provenientes de ese campo — de Pintos 
hasta aquí — ha dejado otra cosa que estudios frag- 
mentarios y aportaciones aisladas, aparte de infinitas 
páginas de polémica encendida o de apología desbor- 
dante. 

Con Oribe pasa, a mi ver, y guardando las distan- 
cias, lo que con ciertas figuras históricas, según la ob- 
servación de un notable historiador francés. 

Cuartdo un hombre, después de levantar una tor- 
menta de pasiones, capaz de perdurar, sin aquietarse, 
a través de un siglo, se convierte en el Héroe de un 
pueblo o de un partido, — es el caso de Oribe — sale 
del mundo de las realidades, y ya no hay, para él, his- 
toria que pueda escribirse validamente por sus parti- 
darios políticos. 

El hombre se ha convertido para ellos en un mito, 
y la leyenda que lo envuelve no les permite contem- 
plarlo en el mundo de las realidades. 

Libre de las nubes que lo envuelven, iluminado 
por la verdad histórica, privado de la fuerza sugestiva 
que emana del mito, lo desconocerán. 

Por eso no saldrá del campo oribista el historiador 
que, conforme se ha dicho, «el general Manuel Oribe, 
por los grandes servicios prestados a la causa de la in- 
dependencia nacional, tiene ganado el olvido». 

J. M. FERNANDEZ SALDAÑA 


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MUJERES DE ARTIGAS 




um 







MUJERES DE ARTIGAS 



ALVÁDA del olvido por el amor de un 
hombre, Isabel Sánchez es una sombra 
que ha de concretarse muchas veces, fur- 
tiva y melancólica, entre las ruinas de 
Santo Domingo de Soriano, hace tres siglos bullente y 
populoso pueblo, porque en él la ambición y la fe de 
los conquistadores hervían como dos ácidos. 

Isabel. Sólo un nombre. . . y un hijo. 

Pero bastan, para la historia, en la vida de aquel 
joven hacendado de 1789, rumboso y bailarín, y ya, 
en la voluntad del destino, eí emancipador. 

Nadie sabe cómo fué esa primera mujer de que 
se tiene noticias en la vida de Artigas, ni si tuvo mu- 
chas noches del hombre que tal vez ya soñara, im- 
precisamente, con ser más que simple centauro de 
las praderas orientales, o si, en una sola, única, le 
guardó el hijo que habría de ser la esperanza del 
grande y amargo desterrado. 

Es una sombra. 

Ni el tono de la piel — blanco o dorado — ni el 
del cabello, que en ese tiempo alardeaba de ser como 


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precioso manto, ni la estatura, ni la carnadura, ni la 
voz, ni el alma. 

Debió, eso sí, ser joven como él, que enredadera 
nueva busca tallo nuevo, fácil de abrazar. ¿C uán tos 
lunas, a través del follaje espeso del Río Negro, vió 
la moza chana antes de pasar por su casa el hom- 
bre de su destino? Fáciles de contar fueron, y no sos- 
pecharía ella que aquel amor fugitivo habría de dar- 
le una misteriosa inmortalidad. 

Isabel Sánchez debió ser como el clavel del aire, 
montuno y grácil. Pero será siempre la sombra. 

Al hijo, flor de aquel abrazo a la orilla de un río. 
Artigas le dio un nombre simple; Manuel. Y ese mu- 
chacho, su primogénito, llegó a ser lá amorosa con- 
fianza del patriarca, que le encomendó a Santiago, el 
benjamín, cuando ya eclipsado su astro en el cielo de 
la época, se iba al Paraguay por una libre elección, 
decepcionada y tenaz. 

La esposa. — Juventud inquieta, llena de esfuerzos y 
peligros, fué la de Artigas. Hijo de hacendado, trabajó 
con su padre en las estancias de Sauce Solo, Pando y 
Casupá, en épocas en que la campaña semibárbara te- 
nía que ser, para un muchacho, toda una escuela de 
sacrificio y disciplina. 

Asi se le fué yendo la mocedad, y cuando en 
1805 don Martín José Artigas pidió permiso al Virrey 
para que su hijo desposase a Rafaela Rosalía Villa- 
grán, prima suya, el oficiál de blandengues ya tenía 
41 años, y ese extraordinario conocimiento del terru- 
ño, de los hombres y de la vida, que constituye la sa- 
biduría esencial de los caudillos. 

Rosalía fué, indudablemente, el único y profundo 


14 



amor de Artigas. Tal vez la quiso desde que era casi 
una niña, ya que ella llevó al casamiento una grácil 
plenitud. El era gallardo y de fluida palabra, quizás 
soñando ya con la soberana dignidad de la indepen- 
dencia patria, pues en 1793 Cavia pudo verlo en una 
estancia del ¡Bacacay, hablando "en medio de un gru- 
po de ¡mozos alucinados". El libelista no quiso aclarar 
nunca el episodio. Debemos contentamos, pues, con 
imaginar a la peonada, pendiente de la frase enér- 
gica y clara del que veinte años ¡más tarde redactará 
las Instrucciones. 

Como siempre, el hogar se forma' con el madrinaz- 
go de todas las hadas; como ocurre muchas veces en 
este misterioso juego de la vida, la desventura, a la 
que nunca se invita, estuvo presente, invisible y si- 
lenciosa, en su destino. 

Ninguna de sus uniones ilegales, tuvo, para Arti- 
gas, la fuerza ni la desdicha de ese amor que debió 
haber sido Su remanso, y fué, en cambio, su fuente 
de amargura, y quizás de decepción definitiva. 

. 'Isabel Sánchez pasó por su existencia, como un 
relámpago; Melchora Cuenca, la dura paraguaya, 
tampoco pudo darle esa recatada ternura que él qui- 
so en la esposa, y tanto debió necesitar para su equi- 
librio de luchador. 

La estrella de Artigas no debió ser nunca signo 
de paz. Se acogió en 1795 al indulto ide Carlos IV, bo- 
rrando así no se sabe bien qué delito, quizás algún 
leve pecado de juventud, porque la justicia del Rey, 
en las Indias, no fué jamás de puño flojo. No sería 
ni siquiera por contrabandismo que se le habría pro- 
cesado, como lo aseguraron los porteños Cavia y Be- 


15 



rra, afirmando sin pruebas y, como lo repiten aún, 
con desaprensiva ligereza, uruguayos contemporá- 
neos, que acumulan todavía, contra el estoico Padre 
de la Nacionalidad, el calumnioso cargo antiguo. 

Por el contrario, cuando se hace blandengue, obe- 
deciendo a la vez a su instinto guerrero y de hombre 
de orden, defiende a los vecindarios con enérgico 
celo. En 1799 se le vé en Cerro Largo cumpliendo re- 
corridas de vigilancia. 

El 800 lo gasta íntegro en igual misión, por las 
costas y montes del Tacuarembó. Persiguiendo matre- 
ros, encontróse una tarde en una pulpería del 
Guaycurú, frente a un grupo de gauchos malos y pe- 
leadores. Lo dice en carta interesantísima, en la que 
hace su primera aparición un personaje de la litera- 
tura rioplatense, al que Artigas concede jerarquía por 
la manera como lo nombra: 

— "Entre ellos estaba Manuel Silva, compañero de 
Martín Fierro", agregando: — "A Silva pude prender- 
lo; los demás juyeron". 

En 1801 acompaña Artigas al sabio Azara én su 
misión de fundar pueblos. Dos años después baja a 
Montevideo, enfermo, y pide licencia para cuidarse. 
A mediados del 804 vuelve al servicio, continuando, 
con 65 milicianos bajo sus órdenes, la misma vida, 
dura, erizada de peligros. Recae pronto en su rebel- 
de reumatismo, y con certificados de Bartolomé Gon- 
zález, cirujano de los ejércitos de infantería, quien lle- 
gó a deshauciarlo en las Misiones, y del doctor Juan 
d© Molina, médico del regimiento de dragones, pide 
al Gobernador Huidobro el retiro, que éste le niega. 


16 



obteniendo más tarde una nueva licencia que lo en~ 
cuentra en los montes del Tacuarembó chico. 

Cuando vuelve a la actividad militar lo hace ocu- 
pando un destino que no ha desempeñado nunca: lo 
nombran Comisario del Cordón. 

Esta es, a grandes rasgos, la vida de Artigas an- 
tes del matrimonio. La hemos esbozado, porque toda 
ella, nutrida de trabajos e intranquilidades, fue la que 
encendería en su corazón, ese deseo de paz hogareña 
que constituye el ideal de los hombres de lucha. Como 
policía montada del Rey, — este es el nombre que 
puede dárselo al Cuerpo de Blandengues — Artigas 
llevó una existencia sin comodidades ni descanso, que 
él soportó sin queja, obedeciendo a un instinto racial, 
enraizado en seis generaciones aragonesas y criollas, 
en las que abundaron los militares. 

Se le iba haciendo el destino. . . 

* * * 

•4 

Rafaela Rosalía Villagrán quizá encontrada pa- 
ra su vida en alguno de los furtivos viajes a Mon- 
tevideo, ¿iba ya, adolescente, en su corazón? 

Hija de una hermana de su padre, es de suponer 
que se conocieran, y bien pudo ser que Artigas tuvie- 
se por la joven prima una secreta y acendrada ter- 
nura. Nada se sabe del noviazgo. Pero es seguro que, 
en aquel hogar presidido por una Artigas — gente 
de honor y severas convicciones — el cansado hombre 
de vida sin remansos, debió poner toda su esperanza 
de reposo. El cargo de comisario tenía que parecerle 
entonces una canongía. Tal vez pensara que alcan- 
zaba, al fin, la puerta de un pequeño y seguro cielo. 


17 



Mientras tanto, en el umbral, hada guardia la 
malasuerte. . . 

• « • 

Rosalía era un temperamento emotivo, que había 
recibido, por línea paterna, peligrosa herencia psico- 
pática. Su genitor, etilista inveterado, no le legó una 
siquis sin sobresaltos, sino una afinada trama de ner- 
vios, siempre dispuesta a sacudir la normalidad de 
una vida que no encontrará jamás el clima propicio 
para el equilibrio. 

Cuando nace el primer hijo, esperado con temor 
enfermizo por Rosalía, fortalécese la íntima esperan- 
za de Artigas, fundador de una nueva familia. José 
María es sano y vivirá. La madre cree llegada, al fin, 
la hora de la paz absoluta. El marido sigue mejor de 
su reuma, y aunque no ha conseguido el retiro, la vi- 
gilancia del nuevo barrio capitalino, exige muy rela- 
tivos sacrificios. 

De pronto aterra a la esposa la noticia tremenda. 

Los ingleses, desembarcados en el Buceo, despa- 
rraman sus casacas rojas por la playa, y se dirigen 
a la población cercana. Cuando se entabla el comba- 
te del Cardal, uno de los piquetes que muestran más 
encarnizamiento en la lucha, es mandado por Artigas 
en persona. Lo forman unos pocos soldados bajo sus 
órdenes y un grupo de peones del establecimiento de 
su padre. 

La batalla es un golpe para Rosalía. Siempre te- 
mió por la suerte del novio, cuando se jugaba la vida 
al frente de sus hombres. Pero entonces estaba lejos, 
no calculando ella el peligro real. 


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Ahora siente la fusilería a las puertas de su ca- 
sita del Cordón, junto a la iglesia. El riesgo que corre 
el compañero, ahora puede medirlo. Sus nervios, ago- 
tados, resisten apenas los quince dias del cañoneo. 

Cae en Febrero la ciudad, y comienza la corta do- 
minación extranjera. Son seis meses de corrección ab- 
soluta del invasor, al cabo de los cuales los británi- 
cos se retiran, dejándonos la imprenta, el vidrio, y un 
deseo no manifestado hasta entonces: el de la li- 
bertad. 

* * * 

Termina ese terrible año de 1807, cuando le nace 
a Rosalía, una niña. A los pocos meses la pequeña 
Eulalia muere. Sufre la madre otro golpe que reper- 
cute hondamente en su ánimo. 

En 1808 un nacimiento frustrado vuelve a herirla, 
pero esta yez dé una manera más grave. Empieza a 
bosquejarse en ella la manía melancólica. Todo con- 
tribuye a crear el proceso patológico: los puerperios, 
febriles, encuentran terreno fértil, ya que no falta la 
predisposición nerviosa, elemento indispensable para 
que prosperen las psicopatías de origen gravídico o 
puerperal. 

Artigas vuelve a campaña, Rosalía queda con el 
niño en casa de su madre. Conoce el marido la gra- 
vedad de su mujer, y escribe angustiado, a la suegra, 
en 16 de Agosto de 1809, desde el lejano Paso del 
Polanco: 

— "Mi más venerada señora: aquí estamos pasan- 
do trabajos, siempre a caballo, para garantir a los ve- 
cinos de los malevos. Siento en el alma el estado de 


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mi querida Rafaela. Venda V. cuanto tenga para asi»' 
tirla, que es lo primero, y atender a mi querido José 
María, que para eso he trabajado". 

El nacimiento de la segunda hija, agrava el es- 
tado de la enferma. Pero no es todavía el golpe de 
gracia, que llega en Abril de 1810, cuando apenas 
cumplidos los cinco meses de edad, muere Petronita, 
estallando entonces la crisis final que hunde a Rosa- 
lía en la locura definitiva. No falta nada en el cuadro, 
ni las alucinaciones que la horrorizan, ni la manía 
persecutoria, ni las crisis agudas que llegan a alcan- 
zar una violencia inaudita. 

Doña Francisca Artigas se refugia en Canelones 
con el espectro que parece entonces su hija Rafaela, 
que ignorará los mejores años de la vida del Liberta- 
dor. Ha terminado su breve y triste intimidad con Ar- 
tigas. No comparte el triunfo de Las Piedras. No va 
con él al Exodo. 

La niebla que por quince años envolverá su es- 
píritu, ha de concretarse, al fin, en sudario. 

El 10 de Febrero de 1824, mientras Montevideo 
asiste a las fiestas nupciales de un personaje de la 
Cisplatina, muere Rosalía, en un cuartucho del Hos- 
pital de Caridad. 

Y en esos momentos es tal la pobreza de su ma- 
dre, que cuando le da sepultura én el cementerio in- 
mediato a la Matriz, casi tiene que resignarse a acep- 
tar el tosco ataúd de pina que se concede a los indi- 
gentes en todos los hospicios del mundo. La cláusu- 
la tercera de su testamento, dictado en 1831, aclara 
y completa el amargo episodio: 

— "Quiero que se devuelva al canónigo Pedro Vir 


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dal las cinco onzas de oro que me prestó hace 'siete 
años para enterrar a mi hija Rosalía". 

La Lancera. — Joven y bien parecida dicen que era 
Melchora Cuenca, cuando Artigas la conoció en el Her- 
videro, pasados ya los días del Exodo. Paraguaya de 
origen, debió parecer, como todas las mujeres guaraníes 
en la plena juventud,, algo así como una ílor de la ma- 
raña tropical, una de esas flores que en el dialecto 
aborigen tienen tan lindo nombre, de acento agudo, 
gracioso y musical. 

Dos hijos le dió cd Jefe de los Orientales; dos hi- 
jos que él debió querer hondo, sobre todo al varón, 
nacido en la Meseta, y al que Artigas puso un nom- 
bre simbólico, Santiago, grito hispánico de guerra, se- 
ñal de batalla, vocalización de acometida. . . 

Tres años tiene Santiago, cuando, decidido ya el 
exilio, se lo recomienda Artigas p su primogénito Ma- 
nuel, en carta que debe ser estudiada frqse a frase, 
porque puede arrojar alguna luz en el tremendo mis- 
terio del ostracismo. Ni el niño, tan chico, que tanto 
hubo de preocuparlo, pudo destruir la resolución ton 
sombría y estoica, que parece enraizada en piedra. 
Más que todo cariño primó la espantable voluntad de 
dejar cuanto era su sangre, su amor y su obra, para 
vivir treinta años sin una claudicación de blandura, 
eremita y labriego que fué arrancando de su corazón, 
hasta el recuerdo. 

¡Cómo habrán sido los primeros tiempos para- 
guayos de aquel emigrado de hierro, a quien cer- 
caba ya la triste fortuna de la gloria postuma, que es 
como el pan precioso pero inútil de la leyenda del 
rey Midas t 


21 



Melchora quiso seguirlo al ostracismo, yendo con 
él hasta Man di so vi, desde donde Artigas la hizo vol- 
ver a la Banda Oriental, con una incurable herida de 
resentimiento que nada podría cicatrizar jamás. 

(Curioso juego de las fuerzas poderosas y deseo* 
nocidas! Mientras él pedía asilo a la patria de su mu* 
fer, fué en la suya que se recogió ésta, en la que ha- 
bría de morir más tarde, bravia y longeva, sin per- 
donar al hombre que no la dejó compartir del todo 
su dura vida. (Más le duele a una mujer no ser la 
compañera elegida para el sacrificio, que la alegra 
el serlo en la buena fortuna! La desgracia es como un 
viento despojador de cosas inútiles, y es en ella que 
el hombre se encuentra a sí mismo. 

Entonces, la mujer que toma, tiene para él un 
valor profundo y exacto. Por intuición o por natural 
inteligencia, Melchora sintió la indeclinable negativa 
como una repulsa. No tenía la menor cultura, pero sí, 
tal vez, un vivísimo instinto femenino. Regresó con 
los hijos, y ya nunca tuvo para su marido, un recuer- 
do que pudiera significar siquiera continuación de cos- 
tumbre de familia. No quiso jamás que alguno de 
sus descendientes llevase el nombre de pila del que 
fuera su hombre. Una larga lucha en trabajos humil- 
dísimos por los campos del litoral. — Mandisoví, Que- 
guay chico — fué desde entonces su existencia 

Manuel la tuvo a su lado un tiempo, mientras 
velaba por Santiago. Ella era díscola y rebelde; poco 
duró la alianza, y cuando de paso por su rancho se 
llevó Rivera al niño al que habría de hacer soldado 
de India Muerta y Cagcmcha, siguió ella con su hija 
María, la vida humilde y difícil. Tal vez como pro- 


22 



tección en los largos caminos, peligrosos entonces, 
usó siempre una lanza. Frente a las pulperías del 
pago la recostaba, al bajar del caballo, con la media 
luna brillando a la luz. Era su seña. Su marca. Ya se 
sabía entonces que adentro estaba Melchora Cuenca, 
la mujer que había sido del General Artigas, al que 
los Presidentes Rivera y Oribe invitaron a volver al 
país para ser en él el primer hombre de la Repú- 
blica . . . ¡No se sabrá nunca que secretos designios lo 
sostuvieron, misterioso y férreo, en su mísero refugio 
del Paraguay! 

Aquel hombre reconcentrado, de carácter tan di- 
fícil de descifrar, tuvo la acerada fortaleza de los hé- 
roes y de los mártires. A pesar de su poderío, y del 
resplandor que hoy rodea su nombre, nadie eligiría 
su destino glorioso y cruel. 

Desde joven fué tan inflexible como desventurado. 
Ninguna de las mujeres de su vida pudo constituir 
para él el remanso que necesitan los hombres de 
su temple. Isabel fué apenas una tibia sombra; a Ro- 
salía, la falta de razón le aventó la ternura; Melcho- 
ra, la lancera, no dejó de ser nunca áspera e indo- 
mable. 

Es seguro que ninguna tuvo la intuición femeni- 
na capaz de comprender la extraña psicología de 
aquel hombre en el que tal vez siempre estuvo incu- 
bándose una decepción tan llena de rebeldía, que 
pudo hacer de él algo así como un viajero que tira 
todo por la borda de su barco, despojándose volunta- 
riamente, y, pasado el peligro, persiste en la forta- 
leza o en la misantropía de no volver a tomar nada 
de nuevo. . . 


23 



Las tres le dieron — la primera y la última en 
libertad de amor — los hijos que él — hombre de ac- 
ción y de ensueño — necesitaba para continuarse. 

Ninguna habría de ofrecerle, en cambio la ple- 
nitud. 



24 



LA TRAGEDIA DE LAVALLEJA 


*4 







LA TRAGEDIA DE LAVALLEJA 


OCO se ha escrito sobre los últimos vein- 
te años de la vida de Lavalleja. Angus- 
tiados y sombríos, parecerían la expiación 
de faltas no cometidas, en realidad, por 
esa alma límpida. Desempeñó el gobierno de la Pro- 
vincia Oriental en 1829. Es su última llamarada, tras 
la cual lo envuelve la penumbra. Detrás de ese fulgor, 
quemó su gloria antigua. 

En 1832 atacó sin motivo la gestión presidencial 
de Rivera. Esperaba, en su fuero íntimo, el apoyo de 
la espada y el prestigio de Oribe. Primer error. El Ca- 
pitán de Puertos de Montevideo parece tener alma 
de legalista, y no se moverá de su puesto. Fracasan, 
una tras otra, tres intentonas revolucionarias organi- 
zadas por el jefe de los 33. Obliga la última a huir al 
levantisco y a refugiarse en Buenos Aires. No le que- 
da nada. Al degradarlo le han confiscado sus bienes. 
Las horas lo abruman en el destierro, y posa para 
Goulú. Es de esa época el óleo célebre: entrecejo arru- 
gado, patillas clámeos, manos regordetas y cortas, apo- 
yándose la izquierda sobre la espada. 

29 





Levanta Oribe el destierro, y la amnistía retempla 
el ánimo de los aventados por el turbión revoluciona- 
rio. Vuelve Lavalleja a la patria. No solo. Lo acom- 
pañan los oficiales que constituyen hasta entonces la 
base de su fracción política. El momento es históri- 
co. Al pisar de nuevo el pctís esa oficialidad rodea al 
Presidente Oribe. Comprende el todopoderoso la ven- 
taja que puede sacar de una siembra de generosida- 
des. Reincorpora pues, al ejército, con su antiguo gra- 
do, a los proscritos. Con ellos forma su núcleo pro- 
pio. Ese núcleo es la base del Partido Blanco. 

Así desaparece el lavallejismo. ¿Qué puede ha- 
cer Lavalleja, jefe de partido, al que su partido se 
le escapa? Plegarse al de Oribe, que es el suyo con 
distinto jefe. La Historia conoce estos trasiegos, siem- 
pre orientados en dirección a la tienda del vencedor. 

El entusiasmo de Lavalleja por el bando político 
adoptado de manera tan singular, tenía que entibiar- 
se, y se entibió, evolucionando, al final de su vida, ha- 
cia el grupo colorado. 

En el Sitio Grande estuvo en el Cerrito. ¿Era blan- 
co, todavía, en la intimidad de su pensamiento? Acla- 
remos. Fué colorado de última hora, por haber rene- 
gado públicamente de su antigua secta, al estrechar 
lazos con Melchor Pacheco y Obes, uno de los punta- 
les de la Defensa. Integró así Lavalleja el Triunvira- 
to del 53, nueva fórmula ejecutiva, instituida al derri- 
bar Pacheco a Giró, luego' que éste deshizo, en prove- 
cho del oribismo, el equilibrio de los partidos emana- 
do de la paz de Octubre. 

Triunfante el movimiento armado de Julio, no pu- 
do consagrarse fórmulas tibias. Colorado Flores, y de 


30 



la Defensa. Colorado Rivera, fundador del partido. 
Colorado Lavalleja, que acaba de arrancarse la divi- 
sa federal. 

* * • 

Se ha divulgado poco la actuación de Lavalleja 
durante la Guerra Grande. Llegó al Cerrito en Octu- 
bre de 1845. Atravesando el Cardal un caballo lo lle- 
vó desde el Buceo hasta la tienda del Jefe. "El Defen- 
sor" anunció su llegada sin desmedido entusiasmo: 
catorce renglones perdidos en tercera página, que, 
más que un elogio al héroe que se incorporaba al 
campamento, son una diatriba contra "El Nacional" 
que denunciara su desaparición. 

Venia de la Colonia, tomada dos meses antes por 
fuerzas coloradas de mar y tierra. Cuando pasó por 
Montevideo debió recordar que dentro de muros lucha- 
ban por defender la patria amenazada, compañeros 
distinguidos con los que él mismo había hecho la nacio- 
nalidad. Lo separaba de ellos, ahora, la sombra de 
Cqgancha: allí Lavalleja combatió junto a Echagüe, 
como jefe de las milicias entrerrianas. 

Ahora está en el Cerrito. Es el héroe de la cru- 
zada de 1825. Tendrá la fina consideración de Oribe 
y los suyos. 

No. El General don Juan Antonio Lavalleja no de- 
but recibir buen trato en el Cerrito de la Victoria. 

Se le negó mando de fuerzas, en una guerra en 
que lo tuvieron coroneles como Montoro y como Ma- 
za. Se le retaceó los víveres. "El General Lavalleja 
sufría tan completa miseria, que por mucho tiempo no 
tuvo otro manjar en su mesa, que una paleta asa- 


31 



da, de la mala carne que se le daba en el matadero 
como ración". 

Esas comillas encuadran frases del General An- 
tonio Díaz; son palabras de verdad .escritas por el Mi- 
nistro de Oribe al borde de la tumba. Testimonio in- 
sospechable: por él sabemos que al vencedor de Sa- 
randí se le hizo padecer hambre en el Cerrito. 

* * * 

Mientras tanto, la hermosa Ana, compañera de 
su vida inquieta y difícil, vivía en la ciudad sitiada. 

Manos mercenarias habrían abofetado a la heroi- 
ca mujer durante la toma de la Colonia. "El Defensor" 
acoge la versión, le da crédito y cree de su deber in- 
dignarse. 

No es posible aceptar como cierto el atropello. Al 
frente de las tropas de ocupación, se hallan don Lo- 
renzo Batlle y don José Garibaldi. Con tales jefes la 
soldadesca no es vandálica. Además, a doña Ana de 
Lavalleja no se la abofetea fácilmente. Es de la es- 
tirpe del fraile Monterroso, que ha hecho del valor 
personal su verdadero evangelio. Episodio del 32: 
invade la autoridad el domicilio del jefe de la cruzada 
del año 25. Con una pistola en cada mano espera 
doña Ana el asalto, mientras el esposo escapa por 
los fondos. Los diarios de la época cantan a la indo- 
mable. Era, sí, valerosa y enérgica. Benjamín Poucel, 
que la visitó el 46, encontró merecido el concepto pú- 
blico que veía en ella "el alma de la espada del Ge- 
neral". 

Su posición, en esos momentos, era realmente crí- 


32 



tica. En las borrascas políticas el sueldo de un mili- 
tar no llega hasta la esposa de un rebelde. Un avi- 
so del "Comercio del Plata" del 47, anuncia la ven- 
ta, a muy bajo precio, en casa de Lavalleja, de una 
"magnífica cocina económica hecha por Marino". Otro, 
ofrece cuartos para alquilar, en casa de Lavalleja, ca- 
lle Zabala. En uno de ellos Madame Anita Doumer- 
gue acaba de abrir su tienda. Existe la casona, que 
fuera residencia de Lecor durante la dominación por- 
tuguesa. Severa arquitectura, líneas sobrias y delica- 
das. Solo una extrema necesidad debió obligar a do- 
ña Ana a ceder, por unas monedas, las piezas de su 
hogar. Esa práctica es patrimonio de nuestra época, 
y no de la patriarcal del Sitio Grande. No es del todo 
inútil esta digresión. 

Se ha mantenido mucho tiempo la leyenda de la 
miseria en que murió Lavalleja. Hay que destruirla. 
Conoció privaciones en el Sitio, como su mujer dentro 
de muros. Pero no murió pobre. Si el erario público 
pagó sus deudas, después de los funerales, eso no 
significa que el General no fuera dueño en sus últi- 
mos años de una fortuna cuantiosa. Eran suyas la 
casa de la ciudad vieja, la estancia de Soriano, así 
como los extensos campos del Salto. Tan extensos, que 
la sucesión regaló al Estado en 1860, seis suertes de 
estancia, en medio de las cuales debía levantarse 
más tarde el pueblo de Belén. 

Esas tierras eran sólo una parte de las diez leguas 
cuadradas que se le escrituraron al héroe en 1838. Seis 
suertes de estancia. 2700 cuadras por suerte. Verda- 
dera fortuna, de la que no dispuso nunca el dueño. 


33 



porque la congelaron las continuas reyertas del país 
y los complicados procedimientos judiciales. 


* * * 

Seis años pasó Lavalleja en el Cerrito, años amar- 
gados, de personaje segundón. Fue fácil aprovechar 
su estado de ánimo, para embarcarlo en una conju- 
ración en la que formaron Berro y Acevedo, que per- 
siguió el zarpazo a Oribe para despojarlo del mando. 
Era a mediados de la Guerra Grande, y Lavalleja vi- 
vía con su hijo Constantino y un esclavo, en una de 
las laderas del Cerrito, casi en las orillas del Migue- 
lete. Oribe estaba entonces postrado en cama, pagan- 
do tributo a una de sus terribles crisis abdominales. 
Al descubrirse el complot, se persiguió a los tres per- 
sonajes, a uno de los cuales, el doctor Acevedo, se le 
hizo objeto de una asonada nocturna. 

Cosecha de amargura recogió Lavalleja en esos 
seis años de humillación. Tenía derecho, por la epo- 
peya del desembarco y la tarde de Sarandí, a una 
vejez respetada y serena. No encontró entre sus corre- 
ligionarios del Cerrito la paz que merecía: se le es- 
camoteó el respeto debido a su pasado. 

Con sangre debe haber escrito, al borde de la 
tumba, su triste carta de 1853: 

— "Mi desgracia ha consistido en haber creído al 
Partido Blanco, que me hablaba en. nombre de la Leyj 
y de la Patria, para hacerme instrumento de sus in- 
famias y de sus maldades. Dios ha permitido que no 
muera sin poner la espada de Sarandí del lado del 
Partido Colorado, al cual he debido pertenecer toda 


34 



mi vida, porque en él estaban mis principios, la glo- 
ria de mi país, y de mi nombre". 

Las últimas palabras son un grito. Por ese grito 
llegó al Gobierno de la República. Pero el destino 
había dispuesto que no tendría vida sino para el su- 
frimiento. 

Ni un mes desempeñó el alto cargo. 

• * * 


Plaza Zabala de hoy, entonces Fuerte. Casa de 
Gobierno. 3 y V 2 de la tarde del 22 de Octubre de 
1853. De espaldas a la calle Washington, está senta- 
do el General Lavalleja, dando trámite a un asunto 
secundario. Junto a él, el coronel Venancio Flores. 
Recién llega de campaña donde pacificara los depar- 
tamentos domando a los caudillos. Asisten a la re- 
unión Juan Carlos Gómez, Lorenzo Batlle y Sayago, 
Ministros del Colegiado. Firma Lavalleja el que de- 
bía ser su último pliego, y lo entrega al joven auxiliar 
Mariano Ferreira. Se incorpora luego bruscamente, y 
cae en seguida. Dos profesores de medicina, los doc- 
tores Muñoz y Michaelson, acuden de inmediato. 

Corta el primero la vena del codo derecho en un 
inútil intento de sangría. 

La noticia cobra alas en el pequeño Montevideo 
de entonces. En voz alta se lamenta la pérdida. Por lo 
bajo corre algo serio y secreto: — Sobre el mediodía 
tuvo lugar un gravísimo incidente entre los colegas 
de gobierno; tan grave, que Flores, queriendo cortar, 
ha levantado el látigo sobre la cabeza del vencedor 
de Sarandí. 


35 


I 



Llega hasta Flores el rumor indigno. Se relaciona 
ese imaginario golpe de rebenque, con la muerte ines- 
perada del triunviro. Por otra parte, muy grave Rive- 
ra, que no ha llegado aún del Yaguarón, la elimina- 
ción de Lavalleja significaba el poder absoluto en ma- 
nos de Flores. 

La noble alma de don Venancio se sobresalta El 
no debe permitir que subsista ni la sombra de una 
duda sobre esa muerte sospechada a la que se rela- 
ciona su nombre. Con Juan Carlos Gómez concierta 
inmediatamente la autopsia. De personajes importan- 
tes, sólo se recuerdan dos, hasta entonces: la del Ge- 
neral Britos, pedida por Oribe a raíz de la derrota de 
Palmar, y la del General Garzón que debía hacer can- 
celar por seis meses el título del médico francés don 
Pedro Capdehourat. 


* * # 


No se busque como causa directa de ese raro pe- 
dido de autopsia, otra que el legítimo afán de Flores 
de sincerarse de una calumniosa acusación. ¿Por qué, 
si no, ese empeño tenaz para que la viuda consienta 
en ella? ¿Por qué esa apertura de puertas a la casa 
enlutada? 

Los jefes de guarnición, la oficialidad mayor del 
ejército, los hombres dél gobierno, y trece médicos 
presencian la necropsia. 

En la sala de honor de la casa de la calle Zaba- 
la, que vió, en otra época, la celebración brillante de 
los fastos de la patria, y la íntima de las fechas do- 
mésticas, está extendido sobre una mesa, el cadáver 


36 



desnudo del general Lavalleja. Tres médicos son los 
encargados de la operación: Vavasseur, Vilardebó y 
Correa. La presencian los doctores Ferreira, Muñoz, 
Mendoza, Odiccini, de Moussy, Michaelson, Constan! 
y Neves. 

El bisturí practica una sección circular en el eró- 
neo, a corta distancia de la protuberancia occipital ex- 
terna. 

Los hombres de guerra que presencian la escena, 
no reprimen, a pesar de la fiereza de su oficio, un es- 
tremecimiento. Sobre la cabeza respetada, la sierra 
cava el hueso. El cirujano levanta con esfuerzo la 
calota. 

— "Salen como dos libras de una sangre fluida y 
negruzca, contenida en la cavidad de la aracnoides". 

¿De dónde procede esa hemorragia? 

—"Se convencieron los infrascriptos, de que a 
más de lo que contribuyó a este derrame, la sección 
indispensable de las falcemesoria, y por consiguiente 
la del seno longitudinal superior formado por ella, 
debió en su mayor parte, ser ocasionado por una rup- 
tura de forma elíptica que se advirtió en la parte co- 
rrespondiente a la pared del seno lateral del lado de- 
recho, formado por la tienda del cerebelo". 

Se quita luego la parrilla costal. 

Vavasseur levanta en su mano el corazón y lo 
muestra a sus colegas. "Se ha agrandado, a expensas 
de sus cavidades derechas; sus paredes están flácidaa. 
Las válvulas suficientes y sanas". 

Los médicos deliberan. 

— "La muerte del Exmo. Brigadier General don 
Juan Antonio Lavalleja, debe atribuirse a una con* 


37 



gestión cerebral, residente especialmente en las mem- 
branas del encéfalo, lo que produjo la ruptura del- 
seno lateral ya descrita, y al colapso de las fuerzas, 
subsiguiente al derrame sanguíneo". 

'í 

* * * 


La originalidad de este trabajo debe verse en la 
aplicación del criterio científico moderno, al protocolo 
de autopsia que nos dejaron, como documento ina- 
preciable, los médicos del 53. 

Negamos la posibilidad de la ruptura espontánea 
del seno venoso, sin previa lesión del vaso. El seno 
longitudinal superior es una enorme vena protegida 
por la hoz media del cerebro. Para que se rompa, es 
necesario un violento traumatismo craneano, determi- 
nando, por la penetración de una esquirla osea en la 
cavidad, la lesión del vaso y su ruptura inmediata. 
Un trauma de esa naturaleza deja fuerte huella en la 
bóveda. La ruptura espontánea del seno es una le- 
sión desconocida en la patología. Su herida tiene que 
haber sido un accidente de autopsia: o lo partió el ci- 
rujano al levantar la calota, ó lo rompió el serrucho 
al penetrar, en una escapada, dentro del cráneo. Pue- 
de abrirse sin trauma .el seno longitudinal; pero para 
que eso sea posible, se necesita la coexistencia de una 
lesión local del oído, o de una lesión circunscrita al 
hueso temporal. Ninguna de las dos existió. No las 
menciona el protocolo. 

Descartamos pues, la primera conclusión de la 
autopsia: la hiperhemia del encéfalo no produjo la 
ruptura del seno. — ¿Así, pues, la muerte se debió 


38 



a la simple congestión cerebral constatada en la ne- 
cropsia? 

De ninguna manera. — La muerte fué brusca, y 
no es esa la forma de terminar de las congestiones en- 
cefálicas. 

¿Por qué murió Lávalleja entonces? 

Hay que buscar las causas en el corazón y no 
en el cerebro. — No se menciona en el protocolo nin- 
gún corte a las coronarias. — Es lástima. — Se aferra 
el pensamiento a una posible trombosis de estos vasos. 

Nuestra relativamente larga práctica médico-legal, 
nos permite tener un criterio propio sobre este pro- 
blema; establecido ya, ofrecemos otros, obtenidos en 
consulta. 

El doctor Velarde Pérez Fontana ratifica nuestra 
manera de pensar: opina que no puede haber ruptura 
espontánea del seno, y que la congestión cerebral es 
insuficiente para explicar esa muerte súbita. 

. Cree muy factible la producción de una trombosis 
coronaria. 

Al doctor Schroeder le extrañó la cantidad de san- 
gre. — {Dos libras! — Aún considerando que fueran 
libras farmacéuticas, de 12 onzas, alcanzarían casi a 
los 700 gramos. — Derramada esa sangre en, el crá- 
neo, ¿qué espacio hubiera dejado para el cerebro? — 
Un encéfalo que sufre la presión de esa masa líquida, 
debe aparecer a los ojos de los médicos, aplastado, 
destruido, hecho una lámina. 

El cerebro de Lavalleja no presentó ese aspecto, 
ya que se le hizo cortes, se los estudió, y se los en- 
contró sanos. 

El derrame debió ser, pues, menor, proviniendo. 


39 



no solo de la sangre del seno longitudinal, sino también 
de las venas del cuello, cuyo contenido gana el cráneo 
en las autopsias, por la posición declive en que se 
coloca casi siempre la cabeza sobre la mesa de es- 
tudios. 

Creyó con nosotros en la imposibilidad de la rup- 
tura espontánea, sin traumatismo, de un seno normal. 

Para que se rompa ese vaso tan protegido, es ne- 
cesario su lesión previa. — Aquí no hubo trauma ni 
lesión del vaso: la apertura del seno tiene que haber 
sido un accidente de autopsia. — Para cortar la calota 
se emplea el serrucho; quien haya abierto un solo crá- 
neo, sabrá lo fácil que es pasar el hueso con la sierra, 
llegando hasta el cerebro, a pesar del cuidado en no 
herirlo. 

Así, pues, el seno longitudinal no se abrió en vida. 
— ¿Y la hiperhemia cerebral? 

Existió, pero puede haber sido solo una congestión 
agónica. 

El protocolo detalla las lesiones: 

"Superficie de la aracnoides visceral presentando 
en varios puntos de la superficie convexa del cerebro, 
una inyección arterial muy aparente; los vasos veno- 
sos de esta viscera, muy distendidos por la sangre 
que contienen." 

Derrame cerebral no lo hubo, según el informe 
de los cortes. — Casi siempre es arterial la hemorra- 
gia meningea. — Aquí no se constató nada. — Ni tu- 
mor, ni placa meningea. — Además. — La congestión 
del cerebro no mata bruscamente. — Se establece el 
derrame y el enfermo cae. — El sujeto que la padece se 
debate, se queja, estertora, entra en coma. — Pero vive 


40 



horas o días o meses. — La única lesión central que 
mata en hachazo, es la que alcanza el bulbo. — Las 
demás ofrecen agonía previa a la muerte. 

La que no dispone de agonía, es la muerte de los 
cardíacos. — Tan sabido es ésto, que es la muerte 
deseada. — La caída es brutal. — Sin una palabra. — 
Sin una queja. 

Lavalleja terminó en esa forma. — Don Mariano 
Ferreira lo vió llevarse la mano al pecho, y desplo- 
marse. — Es un cardíaco cayendo fulminado. 

Primer hilo para el diagnóstico. — Otro lo ofrece 
la compañera del General. — Don Pedro Carve cruza, 
corriendo, los pocos metros de la calle 1.” de Mayo, 
entra a la casa de Lavalleja por la cochera de la calle 
del 25 y golpea a la esposa con la noticia. 

La frase tranquila de doña Ana: 

— "Todos los Lavalleja mueren del corazón", llega 
hasta nosotros, y nos trae algo más que xana prueba 
de "su resignación inmediata. 

Nos aporta un seguro antecedente familiar, tan 
valioso en estas afecciones. 

Pero hay otro dato en la autopsia, de un enorme 
valor para nuestro diagnóstico retrospectivo: 

— "Corazón de volumen algo mayor que el natu- 
ral, especialmente en su ventrículo derecho; ambos 
ventrículos vacíos de sangre, y sus paredes reblan- 
decidas." 

Paredes reblandecidas. — Constituyen la marca de 
la miocarditis, — Ese corazón flácido, es un corazón 
enfermo. — Lo atestiguan los doctores Odiccini y Va- 
vasseur, al recordar este antecedente personal: ellos 


41 



asistieron al General Lavalleja, en distintas épocas 
de su vida, por ataques más o menos bruscos y graves. 

Lavalleja, pues, no tuvo la muerte de un cerebral, 
6ino la de un cardíaco. 

£1 accidente que lo ultimó, debió consistir* a nues- 
tro juicio, en un infarto del miocardo. 



42 


UN PROCESO MEDICO EN EL 51 








UN PROCESO MEDICO EN EL 51 


A MARCHA TRAGICA. — Cuando! a me- 
diados del 51 don Antonio Cuyas y Sam- 
pere visita a Urquiza, lo halla intranquilo 
en su palacio de San José, no tanto por- 
que el Brasil no se decide a integrar la alianza contra 
Rosas, como por la demora de Garzón, de cuya grave- 
dad acaba de enterarse. 

— "Al fin apareció su carruaje en la cuchilla, don- 
de paró, permaneciendo inmóvil más de media hora, 
hasta que, volviendo a tomar la marcha, despaciosa- 
mente, llegó al cuartel general como a las 6 déla tarde". 

. " Dominador de las nieves, de los trópicos, y de le» 
vientos sueltos y huracanados, mucho debe sufrir Gar- 
zón para rogar le tiendan un lecho cómodo en la 
galera que lo lleva hacia su destino. Tuvo desde la 
juventud ese aspecto triste y austero, la misma dul- 
ce mirada, pero no esta delgadez enfermiza, esta! an- 
gustia que explican la inquietud médica y el sombrío 
pronóstico. ■, 

Un drama, la marcha sobre Montevideo. 

Crecen los arroyos y se desbordan, mientras por 

' i 

47 




la picada de Oribe cruza el ejército el Río Negro en 31 
de agosto. Cuando acampa en Carreta Quemada, apa- 
rece Anacleto Medina, fraternizando. Acércase el fin 
del ' Sitio. El 1/ de octubre se tirotea la vanguardia en- 
trerriana con partidas sueltas de la gente de Oribe. 
No es la batalla: las tropas del Cerrito descansan. Gar- 
zón pide su caballo ese día. No monta desde que le 
aconsejaron los médicos una quietud casi absoluta. 
Traído de la brida por un soldado, se acerca "Ven- 
ces" relinchando. Es entero el famoso rosillo media 
sangre que le regalara Urquiza, y su fogosidad na- 
tural, exaltada por el largo descanso, , intranquiliza a 
los íntimos del General que presencian la escena. Es- 
forzándose, salta Garzón sobre la montura; quiere re- 
correr la linea tendida en frente de batalla: tal vez 
pulsa una fortaleza que no posee. Se tiende "Vences" 
en cómodo galope, y de pronto, echando adelante al 
jinete que ha recogido las riendas, detiénese brusca- 
mente. Lo ayuda a desmontar su ayudante. Pálido, 
apretándose el pecho con las manos, pide el general 
que le acerquen el coche. 

— "No puedo sufrir más" — exclama. 

— "Me dijo esas palabras al oído, para que le 
oyera, porque tenía ya muy poca voz", dicen las Me- 
morias inéditas del Comandante Madrid. 

Los días que siguen son los! de la angustia, los del 
dormir "con el caballo de la rienda". El campamento 
ciñe ahora un gajo del Colorado, del. que parte en el 
amanecer Venancio Flores, en procura del Cerro. Au- 
mentan los pasados. En la mañana del 4, — llueve des- 
de el 1/ — llega el general Lavalleja; trae con él dos 


48 



de sus hijos, varios jefes y oficiales, y entre estos 
"el rengo Uran". 

A la madrugada del 8 de octubre están sobre Las 
Piedras y en la tienda del Jefe se marca el último día 
del Sitio con esta escena extraña: han llegado desde 
Montevideo los coroneles Batlle y Tajes, y el capitán 
Albin. La entrevista es breve y la termina Garzón, in- 
corporándose sobre las almohadas para dictar una or- 
den, en voz muy baja, a su ayudante Fructuoso Gó- 
mez, joven entrerriano que se parece de una manera 
milagrosa a su ! tocayo y padrino el general Rivera. . . 

Gómez sale ... y vuelve trayendo la lanza de Gar- 
zón. No tuviera más valor si fuese la de la noche de 
Zepita, la que conoció los campos de América, cuando 
su dueño era capitán de San Martín o ayudante de Bolí- 
var. Va a regalar su lanza Garzón, su lanza corta, la 
de los tiempos de cadete de Artigas, y de\ teniente de 
Rondeau. 

• "Ese hombre' sabe, pues, que va a morir. No aban- 
dona ningún guerrero sus armas sino ante la muerte 
cierta. Impresiona ahora la palidez del general. Ma- 
drid ratifica la orden, y luego, acercándose al coronel 
Pancho Tajes. . . le entrega la lanza del general. Ta- 
jes se cuadra y dice algunas palabras que nadie es- 
cucha, porque Garzón ha doblado la cabeza, que cae 
sobre la almohada. Se inclinan a auscultarlo los doc- 
tores Ferreira y Muñoz. La tienda queda sola. De muy 
lejos llegan descargas aisladas, encendiéndose en la 
oscuridad llamaradas sombrías. Es Montevideo, que 
festeja la paz, y la Restauración, que pone fuego a 
sus barricas de brea, y suelta sus guitarras. . . 


49 



El 2 de noviembre la galera del general parte des- 
de el Pantanoso. 

Allí, muy cerca, está su destino. 

Su destino, es Montevideo. 

Y es Capdehourat. ' 

El médico y el arcano. — No exageramos afir- 
mando que ante la gravedad del general Garzón, 
la misma paz de octubre pasó a plano inferior en la 
ansiedad pública. El veterano no ha gustado mucho 
el clima que ahora lo rodea, esa atmósfera familiar 
que tanto habrá añorado después de los combates. El 
doctor Enrique Muñoz sigue en su pulso los avances 
de una afección que no perdona. Por su pronóstico 
temible, doña Angelito — sombra amorosa y angus- 
tiada — multiplica consultas. Examinan al enfermo, 
Ferreira, Odicini y Muñoz; Brunell y Michaelson; de 
Moussy a quien no se le ve nunca sin la compañía de 
Marrouin, su colega de la armada francesa; Bruno y 
Siffredi; y Oliveira, médico de los jefes brasileños des- 
de la intervención del Imperio, y Mattos. que no pen- 
saba aún especializarse en Río en las enfermedades 
tropicales. 

La ansiedad pública aumenta. Garzón es el úni- 
co candidato a la próxima Presidencia. Bastó su lle- 
gada al territorio nacional para que se iniciara el des- 
bande en las tropas del Cerrito, cerrándose así el ciclo 
rojo, que termina sin sangre, para dejar, a pesar de 
la cláusula piadosa, un perdedor. 

El 7 de noviembre se efectúa la última consulta, 
agria, áspera, un duelo entre los cinco profesores de 
Montevideo y ese médico francés que ha venido a la 


50 



ciudad, desde la cercana Restauración, perdiendo una 
hora entre los cardales del Camino Real. 1 

£1 nuevo médico da esperanzas. Reconoce la gra- 
vedad, aunque al tiempo de irse, deja caer enfática- 
mente estas palabras, ante el silencio de los colegas: 

— "Pero yo he de curarlo". 

Capdehourat cambia el tratamiento y es liberal en 
la alimentación. El enfermo mejora de aspecto y de 
ánimo. ¿Ganará el beamés la brava partida? 

Así transcurren veinte días. Las alternativas, ló- 
gicas, no consiguen voltear la confianza que domina 
ya en la ciudad. 

En la madrugada del 26, el enfermo, que dormita 
penosamente, da muestras de pronto- de una ansiedad 
extraña. Cuando llega Enrique Muñoz, encuentra a 
Capdehourat en la casa. Está contento, con un brillo 
especial en los ojos, ese relámpago que tanto le co- 
nocen los íntimos, y que constituía toda su sonrisa. 

— "Es una media onza" — dice. 

Se refiere a la hemorragia, que ha quedado en 
un rincón, como un testigo ingrato. 

Comienza la batalla. Estupefacto, Muñoz, — clíni- 
co de Edimburgo — escucha la opinión de Capdehou- 
rat, satisfecho por esa hemorragia salvadora: 

— "Esos coágulos son antiguos". 1 » 

De su ademán se eleva el pronóstico favorable. 

Muñoz, protesta con su vehemencia habitual. 

— "Mi colega: esa sangre anuncia la muerte". 

Son pocas palabras. Pero Muñoz las grita para 
grabar su convicción en el otro. Luego recobra la cal- 
ma, y desarrolla con cortesía su pensamiento. Los es- 
putos hemoptoicos de lós primeros días no han vuelto 


51 



hasta esa madrugada en que, al fin, la hemoptisis, que 
reconoce discreta, se ha presentado. Ahí está, retraída, 
en el coágulo opaco, amenazante, porque si hoy tra- 
duce la ruptura de una arteriola, nadie podría ase- 
gurar que mañana no se partirá la subclavia. 

Capdehourat lo mira. 

Es la primera vez que se habla, entre ellos, de 
aneurisma. 

La borrasca — eso íué esta consulta — parece di- 
siparse. Muñoz no tiene derecho a volver — ya no es 
médico de cabecera, desde que lo luxaron el día 7 
— pero promete hacerlo por la tarde. Antes de irse, 
ruega a su colega que se decida por la sangría. Con 
Ferreira lo sangraron en el Colorado, la tarde en que 
el general regaló a Pancho Tajes la lanza heroica. 

Capdehourat mueve la cabeza, negativamente. 

— "Por esa sangre ya derramada, se ha de aclarar 
la voz". 

Montevideo vive la angustia del momento. Capde- 
hourat se ve obligado a firmar un boletín el 29 de no- 
viembre. Asegura en él que la enfermedad ha cedido, 
que el general está fuera de peligro, y que en muy 
pocos días podrá ocuparse de los negocios de la Re- 
pública. 

Aparece en los diarios del 30 el boletín. 

El general Garzón muere a las pocas horas. 

la mesa tremenda. — Son las 8 de la maña- 
na del 2 de diciembre de 1851. Once médicos rodean 
la tabla de pino sobre la que han extendido el cadá- 
ver. Repítese la escena del año 28 en que, a raíz de 
Palmar, el Presidente Oribe ordena se necropsie el 
cuerpo del general Britos, cuyo misterioso deceso ocu- 


52 



nido ct los pocos días de la derrota en la que habría 
sido suya la máxima responsabilidad, provocó suspi- 
cacias que el protocolo médico - legal se encargaría 
de disipar totalmente. No se rastrea ahora un envene- 
namiento culpable, sino un error médico que habrá de 
castigarse. > 

El héroe de la independencia americana ofrece a 
los expertos su cuerpo denutrido; el rostro conserva to- 
davía" una expresión doloroso y triste". Abierto el pe- 
cho aparecen el corazón ligeramente grande y la aor- 
ta, dilatada en su origen, mostrando en el cayado "un 
saco aneurismal grande como la cabeza de un recién 
nacido". El saco se apoya sobre el lóbulo superior del 
pulmón izquierdo; éste está comprimido por el tumor 
e infiltrado por la hemorragia terminal. Partióse el 
aneurisma, para matar; allí está la ruptura, "del ta- 
maño de una moneda de seis veintenes". Las arterias 
que salen de la curvatura presentan una fuerte dila- 
tación cilindrica. 

A las dos de la tarde del mismo día, los once 
médicos vuelven a reunirse éñ la Sala de Sesiones de 
la Junta de Higiene Pública. Preside el doctor Fermín 
Ferreira. Hay una breve deliberación, previa a la or- 
den "de hacer pasar al detenido". 

Con su paso nervioso y menudo llega el doctor 
Capdehourat, saluda apenas a la Junta, y toma asiento 
en el banquillo. Si estirara la mano, podría alcanzar la 
mesa sobre la que hay un fajo de recetas, dos bote- 
llas mediadas, y una caja con píldoras. Ferreira pare- 
ce distraído; su mano acaricia un gran frasee de vidrio. 

Hay un corazón dentro del frasco. 


53 



En Francia había recibido Capdehourat su título. 
Cuando la más alta corporación médica de Montevi- 
deo se apresta a juzgarlo, lleva veinte años de ejerci- 
cio profesional, seis de los cuales los ha dedicado a la 
cirugía de guerra en el pueblo de la Restauración. Ha- 
bía introducido el uso del éte:t y del cloroformo en su 
hospital de sangre de la calle de las Moronas, apenas 
utilizada esa conquista por los cirujanos de la Defensa. 

Era inquieto y rebelde, habiéndolo hecho famoso su - 
polémica con los colegas montevideanos, que provocó, 
en 1839, el retiro del título del beamés, ya que Capde- 
hourat, agresivo y mordaz, llegó a dudar de la recti- 
tud del Gobierno, al que acusó de ocultar la verdad 
sobre la epidemia reinante entonces en la ciudad vie- 
ja, epidemia que, para los médicos del Hospital, era 
de encefalitis, y no de tifoidea. ' 



CAPDEHOURAT 

I 



L JUICIO. — A casi un siglo de distancia, 
imaginamos la tortura del médico acusa- 
do, durante las cuatro horas del juicio. 
Cuando el Presidente lo invitó a recordar 


detalles de la consulta del 7 de noviembre, debió vis- 


lumbrar que no se le daría tregua. Admitió entonces su 
total discrepancia de aquel día con sus colegas; para 
él no existía "un vicio orgánico del corazón. Sino un 
reumatismo muscular y una pericarditis latente". Tuyo 
la evidencia de la gravedad, pero confió en su sistema 
de revulsivos y sudoríficos, entré los cuales — lo sa- 
bía muy bien la población del Cardal — prefería las 
flores del saúco y la resina de guayaco. Dijo no haber 

' 4 

dado valor a la expectoración sanguinolenta, previa 
a la hemoptisis del 26, por considerar favorable ese sín- 
toma, que venía, según él, desde el fondo de la larin- 
ge.acompañándose, para ensombrecer el cuadro, con 
el tono nuevo de la afonía. 


El Presidente golpea en el interrogatorio. Fermín 
Ferreira era, en la época, un supercivilizado. Su noble 
faz doloroso, que contemplamos en los daguerrotipos. 


55 


acusa el encontronazo tremendo de su alma y su in- 
teligencia de blanco, con sus rasgos negroides y su 
oscura piel. Liberado por el talento y el estudb tuvo 
en su raza, su crucifixión. ¡Y se le ha dado a tno de 
los hospitales más dolorosos de Montevideo, el Ambre 
de ese doloroso! 

Levanta, su maza, Fermín Ferreira. \ 

— "En una pericarditis latente — dice — acompa- 
ñada de reumatismo, no tiene por qué pulsar la ar^. 
ria debajo de la clavícula izquierda". \ 

Capdehourat no ha bajado la guardia. 

— "Esa pulsación — replica — es simpática de la 
pericarditis, como lo prueba su remitencia". 

No hay descansos en esta batalla en la que un 
duelista ataca siempre, mientras el otro atina apenas a 
parar alguno de los golpes. El Dr. Ferreira se tiende: 
"el general pasaba los días en el lecho, porque la po- 
sición vertical le producía terribles dolores que lo obli- 
gaban a acostarse, y, — recalca después de un silencio 
brevísimo — "siempre sobre el lado izquierdo". 

. "El doctor Capdehourat — agrega — debe encon- 
trar para ese hecho, una satisfactoria explicación". 

Demora el beamés la respuesta ante el ataque a 
fondo. 

Los médicos presentes se miran en silenció, cuan- 
do Capdehourati explica, al fin, el dolor torácico, por el 
reumatismo de los músculos intercostales. 

Cualquier otro, menos heroico que él, habría aban- 
donado entonces la partida, sin aceptar esa agonía de 
varias horas, de las que ya había apurado algunas. 
Allí estaba la aorta del General; allí su cayado con. 
la muda acusación de la enorme abertura. 


56 



El no; es de Salas, de Mongicar; del Beam proce- 
den los combativos como D'Artagnan y los animosos 
como Enrique IV. A veces calla por unos segundos, fi- 
jando la mirada en la pieza anatómica. No es un des- 
canso; se reconcentra, porque lo necesita, estando en 
desventaja. Luego, vuelve. 

Crea ahora patogenias extrañas, hasta que una 
brusca pregunta parece hacerle perder terreno defini- 
tivamente. 

Recóbrase, y responde: 

— "Se contraía mal el corazón, es verdad; pero era 
porque lo dificultaba en su libre juego el derrame pe- 
ricárdico". 

Inmediatamente siente el golpe que no ha partido 

aún. 

— "Ese derrame — aclara entonces — rio lo vió 
el tribunal, no pudo verlo; en la autopsia sólo aparecen 
30 gramos; el resto desapareció con los revulsivos". 

(El secretario anota las respuestas, no ilumi- 
na los rostros, no graba la angustia ni la amargura. Se 
interroga cortando; tiene filo la voz. Puede ofrecer Cap- 
dehourat cualquier respuesta rara. No se asombrará 
el tribunal. El secretario escribe, siempre). 

Insiste de pronto Fermín Ferreira en saber, otra vez, 
si los dolores del General eran reumáticos. 

Tal vez un olvido del señor Presidente. . . 

Capdehourat responde que sí. 

Entonces el señor Presidente toma; la caja de píl- 
doras y la presenta al acusado, mientras pone bajo sus 
ojos tres recetas, preguntándole si reconoce esa firma. 

Las recetas son todas iguales: 


57 



"Rp/ Sublimado corrosivo, 1 gramo. Divídase en 
4 píldoras”. 

En el semblante de Enrique Muñoz puede verse en* 
tonces unco sonrisa triste. La capta Capdehourat y alza 
el tono, — molesto ya — y ampula el ademán: 

"Se explica. El debió usar eso. Los dolores eran 
rebeldes, y eran nocturnos. Había derecho a pensar en 
la sífilis, y a dar mercurio". 

Es severa, incisiva, la voz de Fermín Ferreira, al 
preguntar ahora por qué continuó con el bicloruro des- 
pués de la advertencia de la expectoración sangui- 
nolenta. 

Capdehourat contesta con un gesto y pocas pa- 
labras: 

— "No le di importancia a la sangré! . . . 

El último banquillo. — La prueba va a termi- 
nar. El Presidente pide al acusado juzgue el mismo 
su conducta profesional, frente a la autopsia a que se 
le ha permitido asistir. 

Capdehourat habla con una sinceridad que lo 
honra: 

— "Creo que mis remedios no perjudicaron al en- 
fermo; pero confieso que me equivoqué totalmente al 
tratarlo". 

Toma luego, al tiempo de incorporarse el bastón 
de ébano y puño de oro que le regalara antes el gene- 
ral Oribe, y se dirige lentamente a la puerta guarda- 
da siempre por un soldado. 

No ha podido esperar que se le niegue pasar a la 
pieza contigua. * 

La sentencia se dictará de inmediato. Ferreira y 
Muñoz excúsanse por haber asistido a Garzón. Apre- 


58 



ciando su delicadeza, se les exige queden en sala, y 
voten. No hay una opinión discorde. El doctor don Pe- 
dro Capdehourat "es culpable de haber errado el diag- 
nóstico, el pronóstico y el tratamiento, en el caso del. 
ilustre enfermo confiado a su custodia". 

El mismo acaba de reconocerlo, frente a la pie- 
za anatómica arrancada al pecho de Garzón. 

Fuera, hay mucha gente. Ha venido a apoyar un 
fallo que se presume adverso. 

Capdehourat contesta con la cabeza el saludo de 
los pocos amigos que lo esperan a la salida. No sa- 
ben ellos que el hombre que abandona la sala en ac- 
titud tan ambigua, ha dejado entre los muros de la 
vieja casa, su título de médico. . . 

Podrá ser implacable con el doctor Capdehourat, 
quien no haya incurrido nunca en su error de diagnós- 
tico. Se enmascara a veces el aneurisma de. la aorta y 
desconcierta al clínico más brillante. Hasta el radiólo- 
go duda entonces. Sería ingenuo esperar siempre la 
imagen estelar para guiarse por su luz hasta el antro 
aél cáncer. La misma sombra puede envolver un sar- 
coma pulmonar, o caer sobre el saco de una arteria. 
No hay alfarero infalible para la arcilla humana. Una 
esfumada visión de 1925 nos acerca al doctor Ricaldo- 
ni en un. fino diagnóstico de neumonía suspendida, rec- 
tificando luego frente a la autopsia, que pudo extraer 
de la tiniebla clínica el aneurisma de la subclavia. 

Tenía derecho a errar en 1851 el doctor Ccpde- 
hourat. Pero no tanto. 

Imposible absolvérsele en forma amplísima. Dis- 
puso de síntomas suficientes: el tumor pulsátil, el pul- 


59 



so sobre la clavícula, — a vece3 lo da un cayado as- 
cendido — el angustioso dolor esternal irradiado hacia 
el hombro, la tos, — hija del neumogástrico — la afo- 
nía, — descendiendo del recurrente — y hasta las dis- 
cretas hemoptisis que él quiso recibir con gesto ami- 
go... Dispuso también de la sombría opinión de los 
colegas, y no la oyó, como no oyó la voz de Urquiza, 
elevándose en su palacio de Entre Ríos mientras pre- 
paraba, con ruda ternura, el regreso de Garzón, "que 
partía para morir en su tierra". No quiso tender el oído 
para captar los mensajes próximos o lejanos. 

¿Sabría el médico de la Restauración que el aneu- 
risma aórtico es un accidente terciario de la sífilis? Es 
probable, y eso debió empujarlo al tratamiento mercu- 
rial porque aun sin estar seguro de la existencia del 
saco tuvo que presentir una seria lesión en los qr andes 
vasos, ya que disponía para ello de un recio manojo 
de síntomas clínicos. Esto explica la aparición repenti- 
na del mercurio en el recetario, que tan fatal habría 
de resultarle al ilustre enfermo. 

Lo perjudicó, por la dosis. 

Anoto esta observación personal, verdadera origi- 
nalidad en la revisión de este protocolo, ya que en el 
mismo, redactado el 51, sólo aparece la débil protesta 
del doctor Marrouin, que no llega a adquirir entidad 
como para influir en el fallo. 

Garzón murió por la ruptura de su aneurisma aór- 
tico. Es verdad. Pero en esa ruptura puede haber influi- 
do el envenenamiento por el bicloruro de mercurio que 
le alcanzó una mano amiga, honradamente equivoca- 
da. Ya no se usa esa sal como específico de la sífilis. 
Estaba de moda a mediados del siglp último, pero ad- 


60 



ministrándosela con timidez, sin pasar nunca las tres 
píldoras de Dupuytren por día, a la dosificación de un 
centigramo cada una. 

Capdehourat formuló en nueve días — del 21 al 
30 de noviembre tres recetas de un gramo. Gar- 

zón tomó, pues, diariamente, y eso durante más de 
una semana, una dosis de bicloruro diez veces mayor 
de la que se usaba entonces como máximo con fines 
terapéuticos. 

No fue asombrosa, sin embargo, su resistencia. Vi- 
vió diez días, como los amantes de la marquesa de 
Brinvilliers, a los que la deliciosa mundana despedía 
por tumo de la fiesta de la vida, al ofrecerles, con la 
última copa, su famoso "polvo de sucesión", mezcla in- 
sípida de ácido arsenioso y de bicloruro. Gustaban, an- 
tes de morir, de unos días de euforia, como los cono- 
ció Garzón, que llegó a ofrecer a su médico una mejo- 
ría de pulso, una remitencia de los dolores y hasta un 
regreso de la diuresis, como para ilusionarlo hasta el 
punto de dictarle su optimista boletín del 30. 

La sola intervención del sublimado, no explica sin 
embargo la ruptura del aneurisma. Ni la nefritis ni la 
nefrosis mercurial, elevan la tensión de una manera 
tan constante, como para poder acusárselas de la cau- 
sa inmediata de la catástrofe, que parece haber llega- 
do por la vía de un acceso de tos. 

El examen del protocolo del 51, no permite, pues, 
ni condenar a Capdehourat, ni absolverlo. Pero es pro- 
bable que sin su intervención, el General hubiera vivi- 
do, ejerciendo por cuatro años una ejemplar Presiden- 
cia de la República 


61 



Si recorremos ahora el sombrío espacio de tiempo 
que sufrió el país después de la muerte de Garzón, se 
pierde en la incertidumbre el pensamiento. 

Rp/ Sublimado corrosivo 1 gramo. Divídase en 4 
píldoras. 

Rómpase la receta antes que el liberto Patricio lio» 
gue con pies ligeros a la botica de Didión. 

Bien pudo ese gesto, que ni siquiera se esbozó, ha* 
ber cambiado la historia nacional, ahorrándose a la 
patria muchas de sus páginas de tragedia. 



62 



I 

TRIPTICO DE RIVERA 







UNA MUJER Y EL RUMBO 


NA mujer retenía a Rivera en el Duraz- 
no ese año de 1840. ¿La Guayreña? No. 
Por otra parte, el escritor que más de 
cerca ha seguido a María Leguizamón, 
confiesa que no está seguro de su intimidad con el Ge- 
neral. 

La paraguaya famosa que mereciera de Artigas 
la donación de una suerte y media de estancia, fue 
obsequiada en 1833 por don Frutos con un solar en 
el Durazno, que ella edificó en épocas de Caseros. 
ELYí sólo debía reflejar en sus aguas ese año de nues- 
tro relato, la sombra de la Guayreña, que acababa de 
cumplir 62 años. No podía ser esa sombra mínima eF 
ancla del caudillo. 

Rivera pareció olvidar el camino de Montevideo 
en su segunda presidencia, desempeñada desde- una 
aldea del interior, mientras vivía junto al río el más 
hermoso romance de su existencia galante. Alguna 
vez aflojó el dulce lazo para escribir con su látigo 
una palabra eterna. 

La de 1839, es Cagancha. 



67 



No se ha develado en ninguna publicación el mis- 
terio de esa mujer querida por Rivera. Melián Lafi- 
nur le conoció la identidad. Sabía que por su extra- 
ña y fascinadora hermosura, deslumbró en los salo- 
nes montevideanos, pero quiso guardar para ella, aún 
en sus papeles íntimos, una inicial inofensiva. Segui- 
remos a Melián en la discreción delicada. Diremos 
solamente que fué la más hermosa mujer que haya 
nacido en las praderas orientales. Su espíritu iluminó 
este episodio romancesco, en que se mueven las som- 
bras de tres amorosas extraordinarias. 

"Señora ama". 

La actitud de doña Bernardina ante las infideli- 
dades de su marido, es sorprendente. Padece el don- 
juanismo de Rivera, pero al enfrentarse con el niño 
que lleva la sangre de su hombre, se transforma. No 
puede odiar al hijo de la intrusa, nacido del abrazo 
fugaz. Derrama sobre el inocente que prolonga la 
vida amada, el caudal de ternura acendrado inútil- 
mente para el suyo, que apenas dejó en su existen- 
cia, el pálido resplandor de un fuego fatuo. Lo que 
odió en la rival, no fué la augusta maternidad, sino 
el abrazo que la hizo posible. "Señora ama" es el 
más raro y humano personaje de Benavente. Sobre 
la cabeza del bastardo estrecha la mano de la ma- 
dre, en una insospechable amistad momentánea. Ale- 
jado el hijo que unió a las dos mujeres por esa mater- 
nidad triunfadora, desaparece el brusco, fugaz flo- 
recimiento de altruismo, casi divino, que tanto acer- 
ca a "Señora ama" a las más extraordinarias mu- 
jeres de la Biblia. Muerto Rivera, doña Bernardina re- 
partirá entre los hijos del caudillo, las reliquias del 


68 



hombre que fuera su religión, su felicidad, y su dolor 
nunca cicatrizado. Cuando lo conservaba aún, no po- 
día dejar de celarlo salvajemente. 

Ella conoció y sufrió el prolongado idilio del Du- 
razno. Era entonces la Presidentesa, la primera dama 
del Montevideo antiguo. La ofendida también. Vivía 
confinada en su casa de la calle San Gabriel, cosien- 
do para los pobres, mientras derrochaba Rivera su des- 
canso junto a la morena ardiente y fina, y ella, la es- 
posa, era, en la Capital, la mujer sin hombre. 

En ese estado de espíritu se le apareció una ma- 
ñana el periodista de María. ¿No quisiera escribir él 
un suelto para obligar al Presidente a volver a la 
Capital? Lo esperan los militares y los civiles, todo 
el Gobierno que necesita de la brújula. Una ligerísima 
alusión al donjuanismo conocido será la sal del artícu- 
lo, publicado al fin en "El eco del pueblo", bajo el 
título: ¿Qué hace el General?". 

Tremenda impresión produjo en Rivera la lectu- 
ra del suelto. Por pocos días volvió a verlo Montevi- 
deo. El Presidente que diez años antes concediera al 
pueblo la más amplia libertad de prensa, no pudo 
sufrir que se la utilizara para llegar hasta su v*da 
íntima. 

Prendió a de María el coronel Perichón, encerrán- 
dolo en la quinta del general Rivera para enfrentar- 
lo bruscamente con su cólera desbordada. 

Brevísima la entrevista de los dos hombres, que 
terminó por un gesto secp y pocas palabras del ofen- 
dido: 

— "Voy a hacerlo colgar en el Cerrito". 


69 



Conociendo a Rivera, ni aún en su pánico debió 
lemer el preso el cumplimiento de la amenaza. 

Se conserva en el Manga, junto al arroyo, una 
casa de piedra, con troneras, de fines del siglo XVIII. 
En ella estuvo detenido el joven de María, antes que 
el general Félix Aguiar que había hecho de ella su 
cuartel, lo llevara consigo al Durazno. 

Empezó a pagar allí el desenfado de su pregun- 
ta. Había deseado saber "qué hacía el General". 

Desde lo más profundo de su cólera, el General 
oomenzaba a contestarle. 

Don Frutos» — El investigador que quiera rastrear 
el. carácter de Rivera deberá dirigir su esfuerzo hacia 
su segunda Presidencia desempeñada gran parte de 
ella en la campaña. Durazno, la ciudad que él quiso 
hacer Capital, supo de sus grandezas y de sus mi- 
serias. 

En su caserío sufrió, cuando ya lo cazaban los lo- 
bos del artritismo, junto a la cincuentena. Alejado en- 
tonces Fermín Ferreira que hubiera podido defenderlo 
en otra época, fueron testigos las orillas del Yí de como 
lo mordió el reuma en los hombros. Una gastritis in- 
sidiosa empezó a molestarlo, y abandonó con pena 
mal disimulada en sus cartas, el mate y el cigarro. 
No ha comenzado en realidad su decadencia física, 
pero ya le teme a las heladas el gaucho que derro- 
chó tantas noches en los campos abiertos, porque es- 
tá "mui melladito para sufrir los fríos". Lo ve el Du- 
razno humildemente vestido, y la buena china que lo 
sirve dispone de muy pocas mudas de ropa, que en 
tanta abundancia colocara antes a la cabecera de su 
cama, exigidas por su pulcritud proverbial. Pide pres- 


70 



tada a don Antonio Fernández una levita gruesa, con 
la que soporta el terrible invierno del 39. Es siempre 
el hombre de Guayabo, pero ya le sobra tiempo para 
armar los gruesos cigarros de chala que manda a 
Montevideo para la costumbre de su vieja madre. 
Guarda y acendra la gloria del Rincón, pero la au- 
menta, cuando olvidando todas las penurias en el pue- 
blo de su retiro, recuerda de pronto que aún posee 
una quinta en el Migüelete, y ruega a doña Bernardi- 
na que la venda, porque necesita dinero con que¡ pro- 
seguir la guerra contra Rosas. El día que cierra la 
alianza con Lavalle no ha de olvidarlo: en la nocheci- 
ta uno de sus indios le ha conseguido en las Ave- 
rías "una burra parida para Madre que sigue en- 
ferma". 

Parece un romano nacido en tierra oriental, o me- 
jor, un criollo amamantado por la loba de Remo. Es 
el capitán de las Piedras que conoció el Ayuí, y que 
treinta años más tarde, todos sufridos sobre el ca- 
ballo de combate, contempla en ese Durazno de leyen- 
aa, veinte mil almas que forman el nuexo éxodo mag- 
nífico y doloroso, en medio del cual, una noche en 
que no tuvo pan ni ponchos para el hambre y el frío 
de su pueblo, supo entregarle cantores y guitarras, 
y un baile nativo, estirado hasta la madrugada, por- 
que el bastonero era gaucho, y se llamaba Estivao. 

Y no se crea en la desventura de Rivera en esta 
época azarosa y aparentemente sombría. Dijo perma- 
necer en el Durazno, para estar lejos de los hombres 
de Montevideo, que enturbiaban la linfa de la política. 
Lo que buscaba, en realidad, era sentirse cerca de la 
mujer elegida por su ensueño. 


71 



Compleja la sicología de este personaje tan sin- 
gularmente alto en nuestra historia. Disecándola, se 
llega a esta médula desnuda: es el gaucho don Juan. 
Tenorio criollo, simple, primitivo, pero no tanto como 
para ignorar que persigue tumultuosamente la inmor- 
talidad. Con Bernardina ha tenido un hijo. Se les ha 
huido, y esa muerte será la tragedia de la esposa, 
viviendo desde entonces para adorar los hijos del ma- 
rido. . . y de otras. 

Se ha dicho que Rivera cargó la Presidencia en 
el anca de su caballo. Cargaba algo más: su tálamo. 
Aún sin pensar en ello, la actitud de engendrar debe 
asociarse en el hombre a la idea de un triunfo sobre 
la muerte. Tantas de esas victorias pudo conquistar 
el Presidente gaucho, que no debió asombrarse si al- 
guna vez llegó hasta él la frase: — "Combatió en el 
Aguila con mi escuadrón de ahijados". De María del 
Carmei; Silva — flor arrancada a un gajo del Tacua- 
rí — le nacieron los mellizos Cayetano y Fructuoso. 
Un idilio de río y monte — recuerdo puro dejó en San- 
ta Lucía, Ramona Fernández, que no quiso más tarde 
pensión del Estado, porque le bastaba la gloria de 
haber sido un poco la mujer de Rivera — le dió a 
Ramonita, inscripta en el Durazno sin rehuir responsa- 
bilidades. "Hija del Presidente de la República", reza 
el acta del bautismo que con orgullo varón firmara 
Don Frutos. Pablo íué otro vastago que serenó mu- 
chas de sus horas sin paz. Los quiso a todos, los rein- 
vindicó, y estuvo con él, nobilísima, en esa reconquis- 
ta del niño ilegítimo. Bernardina de Rivera, en cuya 
alma pudieron caber todos los hijos que el marido, 
celado hasta el sufrimiento, iba obteniendo de sus 



abrazos esporádicos en las cuchillas y caseríos de 
la patria. 

Una mujer y el rumbo. — Al viento de esa maña- 
nita de fines de Marzo de 1841 — viento duro de oto- 
ño — flotaba, en el camino entre Montevideo y el Du- 
razno, un verde velo de amazona. La mujer era morena 
y fina. Un signo de terca voluntad le hendía la frente, 
acercándole las gruesas cejas brillantes. En el apre- 
tujamiento de la boca se le adivinaba también el pen- 
samiento fijo. Contra su pecho, bien envuelta en lanas, 
escamoteaba al fresco del alba, a una niña dormida 
con angélica placidez. Era doña Sinforosa Camila de 
Navarrete, esposa de un hombre que no la ha dejado 
dormir desconocida en los siglos. Sinforosa, llamaban 
en familia a la mujer de don Isidoro de María. 

•• "Cien años después suprime un cronista el feo nom- 
bre arcáico, rescatándole el romancesco segundón: Ca- 
mila de Navarrete. 

Merece este nombre de heroína, quien se arries- 
gó al viaje tremendo, para pedir al Presidente don 
Frutos la libertad de su marido. 

No viaja sola. Un "propio" la acompaña, hombre 
de confianza, baqueano en todos los caminos de la 
república. Por entre quintas descuentan el sendero del 
arroyo Seco. Dura, la primera jomada. Frugal desayu- 
no en la azotea de Sagradlas Piedras, el hilo de agua 
del Colorado, los hachones en la hidalga casa de 
Champán, en que pasarán la noche. Es la tierra orien- 
tal, quebrada y áspera: una loma, un arroyo, el valle 
albergando ganado, un río manso, y otra altura. Hori- 
zonte de árboles y estancias, flores al borde del cami- 
no, iris y oro en los amaneceres, iris y oro en los cre- 


73 



púsculos, soledades desesperadamente silenciosas, 
hospedajes de antigua cortesía, cansancio valeroso, 
sueño de piedra. . . y el rumbo. 

El rumbo en la estrella que le enseñaron a cono- 
cer y seguir, cuando inició, con ella encendida en el 
oscuro campo sideral, el heroico viaje de rescate. 

El rumbo, en el sueño y la vigilia. El nimbo en 
cuatro días y cuatro noches, en que el mismo temor 
de perderlo se lo tatuó en el corazón. Ni corolas, ni 
riquezas pastoriles, ni evocaciones, ni celajes, ni pá- 
jaros, ni luz y sombra de las celestes lámparas. 

Solo el rumbo. 

Caballos de refresco en cada nuevo día. Más de 
prisa. La marcha lenta es para los contemplativos. El 
"propio" no lo es, y ella no mira más que el camino 
que va acercándola a Guadalupe. Abandonado el pue- 
blo viejo; huyendo frente a Echagüe sesenta familias 
han desaparecido. Sobre los cercos bajos de ese pe- 
queño caserío, ios frutales extienden, arqueándose so- 
bre la piedra o el ladrillo, sus ramas grávidas, hacia 
las callejuelas angostas. 

"Lujo único que Dios le concede al pueblo", podría 
pensar la viajera mientras dobla la rodilla en la pe- 
queña iglesia aldeana. ' 

Santa Lucía la sorprende con su suelo arenoso, 
y el Juanchazo se le presenta de milagro como un 
manso y entregado paso vadeable. El baqueano apun- 
ta los nombres que ella no Jia oído nunca: dulce arro- 
yo de la Virgen, hidalga estancia de don Goyo Más. 
Van desfilando la población del corral de piedra, la 
áe don Antonio Fernández, junto al Maciel, y la da 
Honorá, con el mismo aspecto de las otras: ranchos 


74 , 



quinchados, el homo, el corral para las ovejas, la 
pulpería, y esta rareza: "la señora dueña, que dis- 
pone de hombre viejo y feo, pero amable". 

Cuando el "propio", rompiendo el mutismo, le dijo 
estirando el flaco brazo de cobre: ) 

"El pueblo, patrona. . 

creyó desvanecerse. 

Solo se desmayan las desocupadas damiselas de 
las grandes ciudades. 

Doña Camila de Navarrete apretó más, contra sí, 
a la niña, y taloneando el caballo, más hendido de 
borrasca el entrecejo apresuró la marcha del tostado, 
metiéndose entre el incendio del pueblo, en el cre- 
púsculo. 

Conocía de mentas la casa sin revocar del Gene- 
ral Rivera. Bajó de un salto, cuidadoso por la niña, 
y -déjó que el "propio" atase las cabalgaduras en uno 
de los fuertes postes que flanqueaban la puerta. 

¡Dura indiada la de la escolta! Doña Camila en- 
tró a la sala de armas, secretaría y cuarto de guardia 
a la vez. No había nadie. Sentóse a amamantar a su 
pequeña. Cuando un rato después el Presidente supo 
que lo esperaba una señora recién llegada de Mon- 
tevideo, se dirigió al lugar que le indicaron. 

— "¡Velay, don Frutos!" debió murmurar, rascán- 
dose la oreja, alguno de los indios de la escolta, cono- 
cedor del galante donjuanismo del Presidente. 

—"¡Velay!" 

La escena debió merecer el claro pincel de un 
flamenco antiguo, amador del contraluz y sus ricos ma- 
tices. La reconstruimos én nuestra imaginación. 

Cerrados los ojos, el corazón en un mudo tambo- 


75 



rileo emocional, levantamos de su sueño sin amane- 
cida, a todo ese puñado de fantasmas. 

Doña Camila era joven y esbelta. El sol de la 
tarde la señalaba en un relieve luminoso, semi de per- 
fil, absorta, prendida la niña al seno generoso, la 
sombra de las pestañas haciendo más tierna la piel 
de las mejillas| tostadas por los cuatro días de viaje. 

Brillaron los ojos de Rivera, quizá ardiéndole ya 
la cálida sangre mestiza. 

—"¡¡Ave María!" 

Miraba la nuca joven. Era el milano frente á la 
presa indefensa. . . 

—"¡¡Ave María!" 

En el sobresalto de la sorpresa, súbitamente roja 
la linda cara triste, doña Camila, atribulada, procuró 
abrocharse la desceñida bata, mientras incorporábase 
aturdida. 

— "Buenas tardes, señor General". 

Y al notar la mirada del hombre rozando la flor 
de su escote, levantó la cabecita de la niña como un 
escudo puro sobre su hombro. 

Recién comprendió él la calidad de la mujer, y 
quitándose el sombrero trató en seguida de ganar su 
confianza 

— "¿Necesita algo del Presidente, la señora?" 

Y ella, recuperando con denuedo el aplomo, con- 
testó, haciéndole ya frente: 

-—"Sí, Excelencia. La libertad del escritor de Ma- 
ría, mi marido". 

Vió, temblando, como se entenebrecía el simpá- 
tico rostro franco. Los pocos segundos de silencio, de- 


76 



bió sentirlos ella como otras tantad puntas hundiendo^ 
sele lentamente en el pecho. 

Rivera dejó caer estas palabras, con calma casi 
estudiada: 

— "¡Lindas y bravas las mujeres de mi tierra!" 

Ella estaba de pie, ahora, y él, evidenciando la 
simpatía en el nuevo tono de voz: 

— "Siéntese, doña." 

Detuvo el paseo comenzado y agregó como en- 
vanecido: 

— "¡Caramba con las mujeres orientales!. . . ¡Cada 
una valat por un escuadrón de mis indios!" 

Sonrió recién la viajera, casi tranquila ya, gana- 
da por el magnetismo inmenso de aquel hombre de 
tan famosa astucia. 

— "Y dígame la patrono — volvió a interrogar Ri- 
vera — ¿ha hecho cuatro días de viaje con la chan- 
cletíta prendida al pecho, sólo para conseguir el per- 
dón de ese bandido?" 

Volvió ella a sonreir otra vez, segura ya. En ese 
bandido, pronunciado con mal fingida cólera, acen- 
tuaba él un franco matiz de indulgencia.; 

Atacó. 

— "El bandido. Señor, es el padre de mi niña, el 
mejor de los hombres." f 

Soltó Rivera la risa, ganado a su, vez por la gra- 
cia de aquella mujer animosa. 

Indagó luego, preguntón: 

— "¿Y de qué pago es la patrono?" 

Doña Camila contestó con estas palabras que hi- 
cieron dar un brinco a don Frutos: - 

- — "Soy nacida en uno de los carretones del Ayuí." 


77 



El General paseábase ahora nerviosamente, mien- 
tras lo examinaba la hija campesina del Capitán Na- 
varrete, venida a la vida junto al gajo de un río, en 
una toldería. . . 

Movíase, las manos en los bolsillos del flamante 
pantalón, — Rivera vestía siempre bien, y al gaucho lo 
llevaba por dentro — la cabeza a ratos inclinada so- 
bre el pecho, a ratos erguida, en un orgulloso recuerdo 
de haber estado él también junto al Libertador, en ese 
extraordinario episodio de nuestra gesta. 

Por fin, con voz que ya no era dominante ni me- 
tálica, en la que vibraba un leve matiz de emoción 
y de reverencia: 

— "Váyase a buscar a su marido, señora. . ." 

Cubrió ella entonces con un murmullo de agrade- 
cimiento las últimas palabras del caudillo, dichas en 
voz más baja: 

— "Con mujeres como usted no podía la patria que- 
dar esclava. . ." 

il rescate. — Madrugada de un primero de Abril 
en nuestros campos. Entre una nube de polvo amarillo, 
y el grito saludador de los lecheros — "güeñas, don. . ." 
— por la calle Real de la población del Durazno, una 
sopanda tomaba el camino de la Capital. Dos tiros de a 
dos caballos, un mayoral bárbaro, — ¡qué tiempos! — y 
un cuarteador casi innecesario, porque todavía no ha- 
bían empezado las grandes lluvias, y no se hablaba 
de ninguna crecida. Dentro del vehículo tranqueador, 
la pequeña familia: un joven hombre pensativo, una 
niña dormida, y una mujer de morenez aclarada en 
ese momento por ciertcj secreta luz. Había recuperado 
a su hombre doña Camila de Navarrete. Lo había 


78 



recuperado en una jugada relámpago con Rivera el 
bueno. Fructuoso Rivera, anclado entonces en el Du- 
razno por un amor al margen del tálamo de doña Ber- 
nardina, la dueña. Se lo había devuelto él a la mujer 
intrépida y amorosa, impuesta a su corazón, siempre 
inclinado a la piedad,, con su bravio gesto de amazo- 
na. Ya resguardados del fresco de la amanecida, los 
rojos ponchos subidos sobre los hombros, se despe- 
rezaban mateando, silenciosos y monosilábicos, como 
lo eran por sus misteriosos ancestros, los indios de la 
escolta presidencial. 

Hip., Up., Hip. 

Chasqué el arreador bien trenzado del mayoral 
don Medeiro. Quizá por el sueño de Rivera pasó un 
segundo la agraciada cara de doña Camila de Na- 
varrete, que bien pudo haber sido un poco de apeti- 
tosa tentación para el empinado don Juan de> nuestras 
luchas libertarias. 

. ¿Por qué no, si la pasta de él era así, fácil de 
encender por el ojo femenino — piedras preciosas de 
oscuros o claros fuegos — y no debió ser fea la mujer 
que eligió don Isidoro de María, que también quedó 
en la historia de nuestra tierra, por una especial elec- 
ción de dos dioses? 

— "Ahí va, cajetilla, que tenía preso don Fruto". 

—"Ahí va". 

— "Con la china". 

— "Eh..." 

La frente de don Isidoro era pálida. La melena, 
bien tirada hacia atrás, como si siempre se la pei- 
naran los vientos de su tierra, noble. Delicados el 
rostro y las manos, en la naciente madurez de sus 25 


79 



años, cinco menos que la compañera — de seguro ce- - 
losa y dominadora — que pisaba ya el opulento es- 
calón de los treinta. 

Nadie lleva visible la guardia de su destino. 

Ellos no podían preveer la inmortalidad, ni per- 
cibir la llama de sus antorchas. Misterio, como de 
hierro y piedra, unidos con no se qué tremenda ar- 
gamasa. 

Un siglo después, en una noche tranquila de la 
antigua Restauración, un oscuro cronista había de evo- 
car con singular ternura sus fantasmas. Porque este 
oficio de escribir — sea, como entre los antiguos grie- 
gos, para ser premiado por los dioses que duermen 
en los bosques de laureles; para el apetito diario de la 
vida de las ciudades; o por ese humildísimo amor de 
la vocación sin pretensiones — crea una misteriosa 
fraternidad con todos los que tienen la misma afi- 
ción, y se siente esa fraternidad hasta con sus som- 
bras. Es un gustoso ejercicio, con el gris rostro de la 
historia — gris, pero de todos modos luminoso — incli- 
nado en severa inspección sobre nuestro hombro, ima- 
ginar ese viaje de regreso, andando hacia el destino, 
de don Isidoro de María, rescatado de la prisión por 
su mujer, nacida en el Exodo del Padre de la Naciona- 
lidad, con su pueblo, viaje heroico, de una grandiosi- 
dad bíblica, que tentó, como extraordinario motivo pic- 
tórico a Bienes "el viejo", Blanes él iluminador. 

Aquella mujer había bebido al nacer ese olor pe- 
culiar, entre fragante y bravio de los vientos de nues- 
tros campos, donde todos los árboles y todos los pas- 
tos son de hojas aromáticas. Lo que la idea fija: el 
rumbo, y el objeto de su viaje. El rumbo. El rumbo, 


80 



invisible estrella de Belén entre las orejas de su ca- 
ballo, hubo de cegarlo en la ida para cuanto no fuese 
su ensueño — haría lógicamente* imposible esa madru- 
gada de su viaje de retomo, la indiferencia de aque- 
llos ojos para sus viejos amigosj 

La masa del oscuro Yí — río y bosque — un día 
lleno de piraguas, y después vibrante de marchas cau- 
telosas de los matreros patriotas; los cerros, que co- 
nocieron las Ígneas y primitivas señales de guerra, los 
sortilegios de los brujos indios, el secreto del sueño de 
los muertos, que apenas dejaron para nuestra ansia 
de sorprenderlo, cuentas pequeñas, cacharros rotos de 
mala alfarería, y el rispido, ceñudo arte de las puli- 
das boleadoras y lanzas de afilada piedra. 

Y lo eterno, heroico, encantador, dulzura del ocio 
touante: las verbenas, las buenas bestias de los cam- 
pos/ aquel churrinche, (con un leve grito de gozo, casi 
despierta al hombre de su amor y de su gloria, que 
dormía burguesamente), un nido de hornero, ]oh!, dos 
lechuzones magníficos, — debió persignarse la devo- 
ta — y todos los amigos de la infancia: el tero, la per- 
diz, los ombúes, algún rancho con su cachimba y su 
majadita friolenta. 

El sorprende otros aspectos del campo, para sus 
futuras crónicas de la patria: la hospitalidad campe- 
sina, su valor o su miedo enredados en la reja de 
la pulpería, la faena ruda en el corral de piedra, una 
tropa de carretas obstruyendo el camino, y en cuya 
cancha erizada de yugos y de pértigos, no cabe más 
que la cuadriga que abre todos los horizontes a los 
gauchos: el asado, el amargo, la caña y la guitarra. 

Todo en el orden perfecto de la creación, en el 


81 



que tenía que entrar la) alegría de aquel reencuentro, 
el deseo imperioso de la mujer, feliz de que el marido 
recogiese con ella la autóctona belleza; y la niña pren- 
dida al seno materno, como un cordero de los que en 
Agosto, a pleno frío, balan la dicha de la leche nu- 
triz, tan tibia, tan buena. . . 

Gracias, sombra de Camila de Navarrete. Gracias, 
rescatadora sombra, instrumento del destino infalible, 
por quien tuvo nuestra historia su máximo sacerdote. 
Sombra de mujer siempre inspiradora — con mayor o 
menor fortuna — que una noche, sin ningún signo vi- 
sible, acompañó a un hombre sin sueño, borroneador 
de cuartillas en el sumergido pueblo de la Restaura- 
ción o del Cardal, feudo que fué de don Manuel Oribe, 
bajo el mismo cielo inmutable que fuera testigo de su 
honradez y de su crueldad. 



82 



II 

REGRESO A 1840 








REGRESO A 1840.. 


ACIA EL EMBRUJO. Cielos, llanuras, co- 
linas. Montevideo, ciudad de pequeñas 
torres, ha desaparecido del paisaje. El 
viento me trae a la boca, casi olvidadas 
íragancias campesinas. Avanzo hacia el corazón de la 
república. Voy al Durazno, es decir, hacía un ensueño 
por el que andan figuras patricias que ya duermen en 
la gloria histórica. Dentro de pocas horas he de alen- 
tar dentro dé una casa que fué hogar de mi héroe; una 
realidad imprevista y próxima ha de darme una nue- 
va' realidad de historia) y leyenda. 

La noche, en este otoño inusitadamente hermoso, 
parece un límpido y fulgurante fanal de vidrio azul. 
Las estrellas brillan altísimas; el aire puro, el cielo 
profundo y como depurado de todo lo que pudiera 
empañarlo; la ciudad sin el tumulto de la capital, y el 
bloque del río y su monte compacto, que conocieron 
al General Rivera joven, fuerte y victorioso, están ahí. 

La naturaleza y las cosas, mil veces más longevas 
que el hombre, han de poseer una infalible memoria. 
Todo tiene que: ser*’ sensitivo, en el universo, desde la 
piedra, hasta el árbol, desde el agua que habla, hasta 

87 




las estrellas que parecen escuchar. Ninguna obra de ia 
creación debe ser sorda, ciega e inerte. El mundo es 
sostenido por la vibración sensible e inmutable de un 
espíritu que está latiente, en cuanto nace, por su todo- 
poderosa voluntad. Hay que creer, pues, en la memo- 
ria de las cosas. En aquel pueblo que Rivera amó 
tanto, hasta el punto de querer convertirlo en el primero 
del país, su fuerza vital debe haber quedado adherida 
a esa memoria de la naturaleza tan potente y tan fiel. 

Tuve en Durazno un cicerone admirable, de ge- 
nerosidad, inteligencia y comprensión no comunes. 
Entendió en seguida mi afán de beber, en el hueco de 
la mano, agua de ese Yí en el que ei Héroe tantas ve- 
ces apagó la sed haciendo de la copa de su cham- 
bergo gaucho el vaso ocasional. Al inclinarme hacia 
la corriente cabrilleante y rumorosa, sobre la cual los 
botes atados a los talas de la orilla, parecen prisio- 
neros que esperan, por momentos, romper las amarras 
y recobrar la libertad ondulante del río, tuve la sen- 
sación de que el tiempo iba retrocediendo para una 
fantasmagórica hora de vida antigua, que iba a domi- 
narme completamente. Mi amigo no es el estudioso de 
egoísmo desconocido, como tantos de los que se es- 
pecializan en la revisión de los archivos, donde cual- 
quier descubrimiento adquiere el valor de un pequeño 
tesoro. Comunicativo y franco, fue relatándome epi- 
sodios locales que nos hacen más alta y noble la fi- 
gura de Rivera. Una de ellas! reafirma la fama de bon- 
dad sin límites del gran jefe oriental. 

Nuestro héroe reuniól todas las cualidades del cau- 
dillo, y en cada una de sus acciones, hasta le® menos 
trascendentes, resplandeció esa organización superior 


88 



que apresa las voluntades y domina las muchedum- 
bres. Era magnánimo, como lo son los poderosos in- 
teligentes, y los grandes conductores. Saber dar 
es una de las formas del señorío, unan de las facetas 
del dominio. Rivera era espléndido hasta la imprevi- 
sión. El pueblo no adora a un ídolo de mano cerrada. 
El ídolo está más alto que todas las humanas nece- 
sidades. Y es de sus palmas abiertas, que caen sobre 
la mísera grey los inmensos y los fugaces bienes. 

He aquí la anécdota, que retrata entero al cau- 
dillo total.' 

Don Frutos vuelve al pago desde muy lejos. El 
paso está crecido, pero el Yí le conoce esa actitud, de 
vencerlo a nado. En medio de la comente, ofrece de 
pronto: 

— "Una onza de oro al que me lleve luego una 
boga". 

Ni uno solo de los soldados dejó al rato de pre- 
sentarle la suya. Y él regaló el pescado, tan abun- 
dante, porque supo aceptar todas las que se sacaron 
del río esa tarde, repartiendo, íntegras, entre los in- 
dios de la escolta, las onzas de que disponía. 


Penetré en el salón donde iba a leer mi crónica, 
tomado por la hechicería de las evocaciones. Ya no 
midió mis pasos la realidad, ni fué mi tiempo el de 
los relojes en la hora presente. La casa de Rivera, loe 
muros que oyeron su voz y su risa, la techumbre que 
le! cobijó sueño y vigilia, todo aquel tumulto que rozó 
esas paredes y esas rejas, me fueron atrayendo a su 
embrujo, el embrujo de la existencia humana filtrán- 


89 



dose hasta las piedras, como se nos filtra hasta los 
huesos el calor del fuego, dejando así, dentro de nos- 
otros, la vida esencial de la hoguera. 

Comprendí que había elegido bien la lectura que 
ese público esperaba. Yo pude hablar esa noche del 
Durazno histórico, dibujando» los distintos aspectos por 
él ofrecidos al general Paz poco antes de Ituzaingó, 
a Besnes e Irigoyen en las vísperas de Cagancha, a 
Cunninghame Graham en la patriada del, pardo Apa- 
ricio. Pude seguir por sus calles aldeanas la heroica 
sombra de Andrés Latorre, que arrastró treinta años 
en ese caserío, el asma que contrajo en Sarandí al 
lavar con escarcha las heridas de la batalla,, y el reu- 
ma que lo martirizó desde el Cerrito. 

Pude evocar también, los ocios, cargados de si- 
lencio, del general Tajes en lá azotea de su estancia, 
o la relampagueante presencia de Máximo Santos en 
la ciudad en fiesta, apenas inaugurado por el man- 
dón, el puente sobre el Yí. 

Pero en la casa de Rivera, yo no quise hablar sino 
de El. 

Ofrecí, pues, aquel episodio único de su vida; él 
de la mujer de don Isidoro! de María haciendo a ca- 
ballo, con la hija de cuatro meses, en brazos, el viaje 
entre Montevideo y el Durazno, para pedir al Presi- 
dente la libertad del marido, preso por una indiscre- 
ción periodística. 

Realidad soñada. — Poco a poco la lectura se 
me fué haciendo mecánica, y en un verdadero desdo- 
blamiento, una muchedumbre invisible fué cercándo- 
me, como si mis palabras hubieran sido un conjuro 
que pusiera de! pie al pasado que entre aquellas pa- 


90 



ledes tuvo el latido febril de la vida. El público, que 
en los primeros momentos pudo cohibirme un poco, 
desapareció entre la niebla de ese ayer que se levan- 
taba sobre la muerte, venciéndola. Parecía que lo real, 
por un tácito acuerdo con lo fantástico, iba esfumán- 
dose para cederle a está su sitio. En mi pensamiento 
reconstruíase la existencia histórica, en la que epopeya 
y romance precipitaron impulsos y movieron volunta- 
des. La visión me tomó como el huracán toma, hace 
girar, y determina la suerte de la brizna de hierba que 
sus giros han apresado. Las piedras me prestaron su 
alma dormida, a medida que la lectura iba cobrando 
la atención de mis oyentes. Rivera, el don Juan he- 
roico, escuchaba también, erguido junto a unq bizarra 
niebla de mujer: la de aquella floí de hermosura — la 
más linda mujer oriental de la época — que en escon- 
dido idilio le diera la embriaguez de su belleza y el 
fuego de su pasión. Rumor de sedas y espadas, tinti- 
neo de nazarenas, amor, ambiciones, traición, poderío, 
valor desmesurado, besos, lágrimas y agonías. En un 
rasgueo de la guitarra maestra de Martínez Oyangu- 
xen que templaba en el patio su instrumento, se me 
allegó Estivao, bastonero de aquel famoso baile pre- 
sidencial en el Durazno, en el que el coronel guitarrista 
supo lucirse de tal modo, que hizo pasar esa noche 
galante a las páginas de los anales de la patria. La 
felonía del mayor Santana, que quiso asesinar a 
don Frutos, pasó como una lenta sombra roja, estirán- 
dose hasta el Yí, que Rivera hubo de vadear a nado 
en esa nueva noche triste, para ganar la hidalga ha- 
cienda de Arrúe. La atmósfera iba haciéndose más 
densa Eran muchos los fantasmas. Pasó doña Bernar- 


91 



dina, la compañera patricia, llena de indulgencia, ce- 
los y ternura, comó verdadera amorosa. Con sus ban- 
dos brillantes, enérgica, dominadora, vi surgir la es- 
tampa de doña Ana Monterroso, la mujer de Lavalle- 
ja. Secreta y enigmática, conservando todavía rastros 
de hermosura, apareció y esfumóseme la Guayreña. 
En un ángulo volvió a dibujarse la fina silueta del Ge- 
neral, liando, en las veladas nocturnas, los cigarros 
de chala para la madre anciana. Nunca pudieron con- 
seguir que aquel hijo ejemplar olvidara las necesida- 
des y costumbres de la mujer que, dolorosamente, le 
diera la vida para la inmortalidad. De pronto un aplau- 
so cerrado, lleno de una simpatía que llegó a turbar- 
me, cortó la evocación, volviéndome a la realidad cir- 
cundante. Pero en pocos minutos yo había gustado to- 
da una etapa de la vida heroica de aquella casa, nido 
de amor y cuartel general de Rivera "el Presidente". 

Su recia personalidad tuvo que dejar el sello en 
todo cuanto le formó parte de la existencia terrena Vi- 
vió para el tiempo inmóvil de la historia. Yo lo siento 
y lo reverencio con una pasión a la vez íntima, patrió- 
tica y política, que me da el derecho de llamar a la 
puerta resonante de la eternidad y percibir el eco de 
sus bronces. Puedo ascender hasta su inmutable cielo, 
y bajar, con la antorcha encendida, a mezclarme, sin 
alarma, con el vivir gris de todos mis días, i 

En la ciudad del Durazno, en este mes de Mayo 
que ama la poesía, llegué a conocer el prodigio. Y de 
tal modo sentí, en ese momento, la gratitud dé lo que 
estaba recibiendo en la afectuosa expectativa, que qui- 
se ofrecerle a aquel público inteligente el origen de 
mi vocación histórica, escondido fuego que ya ha em- 


92 



pesado a llamear con valentía en mi monótona exie* 
tencia de "médico de aldea", como gusto llamarme, 
con humildad y con; orgullo. 

Fui hasta el Durazno, guiado por la sombra de 
Camila de Navarrete. La invoqué para esa hora, como 
tantas veces lo hiciera en mi pueblo de la Restaura- 
ción, de cuya; historia centelleante ha dicho Juana de 
Ibarbourou en el prólogo de las "Aguafuertes", que 
era como un navio sumergido, al que es necesario vol- 
ver a la superficie de las movibles aguas. 

Algún genio tutelar escuchó, recogiéndola, esa 
invocación a la compañera de don Isidoro de María. 
Y entonces me puse a contar cómo obtuve la documen- 
tación para mi crónica del viaje al Durazno en el le- 
jano año dei 1840. 

Encuentro* — - Una fresca tarde de Mayo de 1936 
fui llamado para asistir a una enferma cuya casa, 
apenas distaba medio kilómetro de la mía. Acudí a 
esa solicitud, desprecupadamente, sin que mi corazón 
me anunciara la inminencia de lo extraordinario. Con- 
servo los más mínimos detalles de esa salida que me 
iba 'acercando a lo inesperado. 

Esa tardecita — ¡obsérvese qué curiosas señales! 
— caminaba entre fogatas, donde los muchachos ha- 
cían arder el oro arbóreo de los plátanos desnudados 
por el otoño; pienso ahora que eran como una ruta 
de antorchas que venia desde el fondo de la historia 
hasta esa hora de mi presente. 

Evoqué, entonces, entreparándome: 

— "Hace 90 años esta calle se llamaba Maroñas". 

— "Aquí vivió el doctor Villademoros". 

— "En este portalón desmontó la partida que debió 


93 



prender a Basterrica la tarde del asesinato de Flores". 

La Unión es rica en evocaciones heroicas, y casi 
puede asegurarse que no queda un zaguán antiguo 
que no haya sido dueño de una hora de idilio o de 
drama 

Llegué a la casa. La oscuridad había descendido, 
y alguien me introdujo, pasando un patio descubierto 
y ruinoso, en una habitación malamente iluminada. 

— "Por aquí", se me indicó en voz baja 

Pero yo ya me había detenido. 

Hecho a la media luz, ví que esa pieza estaba 
llena de libros. Los muros, rodeados de estantes, re- 
bosaban de viejos volúmenes en rústica De una mesa 
habían caído algunos cd suelo. Como si me guiase 
una voluntad imperiosa, en la que empezara a cum- 
plirse un mandato, me incliné y recogí tres impresos.; 
Todos lucían en la tapa, estas palabras: 

— "Historia de la Defensa", por don Isidoro de 
María. Tomo 3.°. 

La mesa solo guardaba ese tomo, parco mí tan in- 
verosímilmente repetido 

La mujer insistió) 

— "Pase, doctor". 

Tomé calladamente otro volumen. Era el tomo se- 
gundo de la misma obra. Luego, "El libro de Icos ni- 
ñas". Después, el tomo IV de la Defensa. 

¡El destino me había conducido a la casa cus- 
todiadora de las crónicas de la patria! . . . 

Cuando entré en el cuarto inmediato, puse sobre 
el abrigo, encima de la cómoda de jacarando, el "Mon- 
tevideo antiguo" del que ya no pude desprenderme. 

— Recién, entonces, miré a la enferma 


94 



Era una viejita que casi no ocupaba lugar en la 
cama. Con las manos cruzadas sobre el pecho, pare- 
cía dormir. Siempre me acerco con respeto religioso 
a los viejos demasiado viejos. Esta anciana tenía una 
particular dignidad, perfil afilado, de medalla romana, 
cutis terso, como si de» veras, dando vuelta al círculo 
de su vida tan larga, hubiera recuperado la infancia. 

Le tomé una mano. Sentí, rodando sobre los hue- 
sos de los dedos, las Salientes venas azules. El con- 
tacto la hizo abrir los ojos. 

Sonrió. Me sonrió,, preguntando con una voz dulce 
y lejana: 

— "¿Me trajo las velas para la Virgen?" 

Miré a la enfermera. 

Hizo ésta un leve gesto, y tocándose la sien con 
el índice, al que hizo girar intencionadamente: 

— "Está ida", me dijo. 

La viejita, que con seguridad no esperaba respues- 
ta, preguntó de nuevo: 

— "¿Y él querosene para las lámparas?" 

Esta vez contesté que sí, que lo traía conmigo. 

-• Movió entonces todos los músculos de la cara, y 
sonrióse, con los ojos, la boca, la nariz estilizada, las 
cejas finísimas que le acompañaban tan bien hasta 
los menores gestos. Si los ángeles ríen, esa debe ser 
su sonrisa. Tantas veces habría hecho esta criatura 
la pregunta que nadie contestaba nunca, que su sor- 
presa debe haber sido tan enorme como su alegría. 

— "Siéntese", me dijo, ya ganada. 

Y repitió, gozosa: 

— "Siéntese". 


95 



Me había apresado la mano; yo no sé si bus- 
caba su calor vivo, o su compañía. . . 

Luego, con otra voz, que no era más dulce, ni 
más tierna, pero que era distinta, y tenia otra sono- 
ridad, otra emoción, me interrogó con ansia: 

— "¿Leyó los "Hombres Notables?" 

Dije que sí, pero sintiendo ya una rara inquietud. 

Y ella, queriéndose inclinar sobre el codo: 

— "¿Vió lo que dice allí mi padre, del General 
Rivera?" 

Entonces, levanté los ojos. Sobre la cabecera, des- 
de el gran cuadro enmarcado en óvalo oscuro, don 
Isidoro de María, ya viejo, parecía mirarme, bonda- 
dosamente. . . ! 

— "¿Como se llama esta mujer?", casi grité a la 
anciana que me urgía con su actitud para que empe- 
zase, al fin, el examen de la enferma. 

Ella contestó: 

—"Luisa". 

— [Luisa de María! . . . 

(Pero entonces yo apretaba entre mis manos el 
espectro de las manos de la hija de Camila de Nava- 
rretel . . . ¡Aquella niña que en Abril de 1840, teniendo 
apenas cuatro meses, hizo con su madre el tremendo 
viaje a caballo entre Montevideo y el Durazno, era 
esta mujer a la que había encontrado, tan próxima ya 
al regreso definitivo. . . 

Sí. Era la misma, y tan necesitada de apoyo, co- 
mo cuando hundía en la dulce redondez del seno mar 
temo, sus deditos angélicos. 

Ahora llevaba sobre los hombros, nuevamente tan 
frágiles, el. peso de casi un siglo. Tenía 96 años, y era 


96 



joven. Lo era, porque habiendo aflojado todos los la- 
zos, retomaba a la mocedad por ese debilitamiento de 
la memoria, que tanto bien hace a los que mucho han 
avanzado en la vida. No tratábase en ella sólo de la 
memoria: era, también, la lucidez perdida. Padres y 
hermanos habían desfilado, a su vez, hacia la som- 
bra. . . o hacia la luz. El año anterior, el último, Pablo, 
nacido en Gualeguaychú, entre el rumor de las má- 
quinas de la imprenta. 

Ella evadíase del tiempo, conservando en su nie- 
bla estas pocas preocupaciones domésticas: el ali- 
mento de las lámparas, las velas de la Virgen, la 
obra histórica de su padre famoso. 

Así, pues, yo venía a encontrarla muchacha aún, 
porque había perdido el pasado, y es con los seres 
que dejan acumular en el alma los recuerdos, con los 
que la vida va formando los viejos! Ella pasó por tina 
centuria, pero las hadas habían soplado sobre su vida, 
esfumando el perfil de las antiguas alegrías, y de las 
amarguras ya distantes. . . Yo tenía entonces 40 años, 
y hablaba con una mujer que conoció a Rivera. Aun- 
que tuviese un siglo, era para mí la adolescente de lar- 
gas trenzas que velaba por sus imágenes sacras, o 
las luces de su casa patricia. . . 

¿Se comprenderá ahora por qué, a pesar de la 
edad de esa enferma, yo, que a veces dudo entre pro- 
longar una vida centenaria, o ayudarla, piadosamente, 
en el tránsito, extremé mis esfuerzos para arrancar de 
las tinieblas a la hija de Camila de Navarrete? 

t * « 

Murió al año siguiente. 

La última noche que estuve en esa casa tan llena 


(7) 


97 



de evocaciones, un sobrino de la muerta, poniéndome 
la mano sobre el hombro, me dijo: 

— "Gracias". 

Y agregó, señalando con el ademán y la mirada, 
sobre una antigua mesa de caoba, una libreta con ta- 
pas negras, y una enorme llave de hierro, cuyo miste- 
rioso destino me es imposible revelar por ahora: 

—"Elija. . 

En la libreta, el pulso ya inseguro de don Isidoro 
había trazado los detalles de la epopeya que narré, a 
mis oyentes en la misma casa del General Rivera 

Yo vaciló un segundo. Luego, con decisión, aun- 
que con pena por no poder llevarme también la otra 
reliquia, tomé entre mis manos, la libreta. . . 



98 


EL SUEÑO DEL CAUDILLO 







EL SUEÑO DEL CAUDILLO 


ECUERDA Atalo en los escritos de Séne- 
ca, que "la memoria de los amigos per- 
didos nos es grata como el amargor en 
el vino añejo". Yo perdí a Rivera hace 
más de noventa años, y sigo todavía tratando de 
intimar más, buceando en su alma, en un rastreo de 
sus desfallecimientos y sus altiveces. Con pudor me 
acerco a su muerte. Cuando ignoraba detalles, me 
decía que debió terminar bien. Así lo hacen siempre 
los santos y los héroes. Y si de su santidad no podía 
estar seguro, lo estaba, en cambio, de su temple he- 
roico. Tenía que haber dejado la vida con entereza, 
y morir como vivió, sin que le faltara al tránsito leve, 
ni el reposo ni la serenidad. Después supe que así 
había desaparecido, en humildad sagrada, y en mo- 
destia que acaso no fuera más que una máscara de 
la resignación. A ellas llegaré evocando sus horas 
oscuras, las de sus últimos años, más terribles por 
la soledad a que lo arrojaron, que por el propio des- 
tierro que se le impuso desde Montevideo. 

Se le alejó a fines de 1847, por gestionar la paz con 



103 



Oribe, paz que hubiera sido personal, de caudillo a 
caudillo, al margen del gobierno de la República. 
Flores, que no tenia su talla, había escondido idén- 
tico anhelo, entrevistándose más de una vez con Ori- 
be, en una casita de los alrededores de La Blanquea- 
da. El coronel Acuña había propuesta la paz al cau- 
dillo en nombre del jefe sitiador. El héroe del Rincón 
informó al Presidente Suárez, y los hombres de Mon- 
tevideo contestaron con el destierro. Hacia Maldona 
do partió en el Maypú el coronel Lorenzo Batlle, Mi- 
nistro de la Guerra, llevando en su cartera la noty 
que separaba a Rivera del ejército. Embarcado, lleg^ 
pronto don Frutos a Río Janeiro, para vivir en él sief 
te años de martirio, antes de descansar. ; 

No era el primer exilio. Hasta marzo del 46 había 
estado en Río, con recelos el Gobierno de la Defen- 
sa, temeroso también el del Imperio. Pero era un des- 
tierro digno, y podía cenar con Sarmiento, y chocca 
con él, y posar para Rugendas. 

Antigua la animosidad de Andrés Lamas y Manuel 
Herrera y Obes contra Rivera. Representaba éste al 
caudillaje, y había que concluir con él. Mientras se 
encaminaba al Janeiro, Herrera y Obes se lo definía 
a Lamas, Ministro en Río, con esta frase: "Este hom- 
bre está loco, aunque esto no es nuevo para mí". 

Poco después de llegar, se le impone residencia 
fija dentro de la ciudad. R. D'Assis le escribe: "Usted 
debe vivir en el Hotel de Italia". Hasta entonces se 
había acogido a la cordialidad de la familia Mello é 
Souza, rúa do Carmo 43, donde se le había alhajada 
un pequeño cuarto. Al principio, sin recelar mala vo- 
luntad, Rivera visitaba a Lamas. Pronto dejó de ver- 

104 



lo. El entendimiento de éste con Herrera y Obes lo 
llevó a declararle a Rivera su deseo de que no se 
incomodara más en llegar hasta la Legación. Podía 
escribirle en caso necesario. Y en carta privada: "Le 
guardaré consideraciones por respeto a mí mismo". 

Se le deja en libertad un día de 1848, es decir, se 
corren los cerrojos del hotel, devolviendo al desterra- 
do el albedrío de retomar a la calidez del rincón de 
la rúa do Carmo. Allí vive dos años. Dos años de es- 
trecheces, sin pensión, la que le llega recién cuando 
terminal el año 50. Revive el general. Ya pasa tempo- 
radas fuere de la ciudad, en la chacra de Rrejo. Pes- 
ca, monta a caballo, fuma de nuevo, parece empezar 
a sentirle gusto a la vida. 

— "Los hombres nunca son demasiado malos", le 
dice Rivera a su amigo Melho, en una sobremesa de 
febrero del 51, aludiendo a que parece que sus ene- 
migos quisieran dejarlo tranquilo. Mientras su opti- 
mismo se desborda, golpean a la puerta. Es un co- 
mandante, que ordena: "El general debe presentarse 
en el acto eol casa del Prefecto". Sin cambiar de ropa 
sube al carruaje que lo espera, y en él llega al Puer- 
to. La fortaleza de Santa Cruz abre una celda para 
su nuevo preso. 

Se equivocaba Rivera. Siempre encuentran les hom- 
bres el momento oportuno para ser más malvados. 

* * * 

El libro de entradas de la fortaleza — página 123 — 
registra la filiación del general. Más que un presidio, 
aquello es una tumba. El mar bate esas celdas chicas 
ahuecadas en roca, y el calor del trópico se cuela 

105 



tumultuosamente en las venas del preso. 200 crimi- 
nales encadenados comparten y sufren esa prisión 
dantesca. 

Una carta de don Frutos da una idea de cómo sería 
aquel régimen tremendo. Grita su alegría: ¡ha con- 
seguido "bañarse dos veces en una tina!" ¡Te- 
rribles tienen que haber sido los pensamientos del 
confinado, en la enorme soledad del presidio! Apunta 
los momentos felices: aquel en que se le permitió 
conversar con otro preso, y éste, inaudito, en que lo 
sacaron a dar una vuelta, irnos centenares de metros, 
y no quería volver porque el mar lo imantaba. . . 

En la celda puede dar pocos pasos. No los ensaya. 
Lo pasa echado sobre el camastro, abiertos los ojos 
en una angustiosa vigilia. 

— "¡Mátenme, lo prefiero!" — llega a escribir en un 
minuto de desaliento. Nada lo atrae ahora. En cierta 
ocasión le llega un paquete. Reparte los dulces y ci- 
garros, reservándose un libro del que espera una paz 
que no le alcanza. 

Vuelve a confiar cuando se entera de la paz de 
octubre. ¿Cómo, si el general Oribe queda libre, due- 
ño de sus horas, después de nueve años de apuntar 
el cuchillo de caza al corazón de su madre, podría él, 
brazo siempre tendido contra la tiranía, seguir ence- 
rrado en la roca terrible de Santa Cruz? 

Y aquí lo sorpresivo. El gobierno del Uruguay le- 
vanta el destierro de Rivera, pero el Imperio no lo 
suelta. Ha de seguir detenido para seguridad del país 
que le brinda su hospitalidad, su generosa hospita- 
lidad, en las horas sombrías. Le dice a Lavandera, 
que ha ido a buscarlo: 


106 



— "Ya Id ve; mis nietos se llevarán un día mis hue- 
sos viejos desde un rincón de esta fortaleza". 

Y pesa un año antes de que "O Jornal do Comer- 
cio" escriba dos líneas perdidas entre avisos de se- 
gunda página: "O Góvemo espedío ontem as nece- 
sarias ordens para ser soltado o general don Fruc- 
tuoso Rivera". 

* # * 

Al fin lo recibe el Emperador un día. Conversa lar- 
gamente con él, y ese recuerdo ha de sostenerlo aún. 
Pide poco al destino, mientras prepara la vuelta a la 
patria lejana: "yerba paraguaya, y cigarros acondi- 
cionados con trébol". 

¿Qué otra ofrenda puede recibir de una tierra que 
no supo acortar la soledad paraguaya de Artigas? 

Lo que llega, el mar se lo trae. Es un abrazo, el de 
Melchor Pacheco y Obes. Venía de París, después 
•dé haberse batido por la dignidad de estas tierras de 
indios. 

Y en ese mes de mayo de 1852, el destino le con- 
cedió a esos hombres tan mimados por la gloria y por 
la desgracia, unas horas de charla junto al océano. 
Habían sido enemigos en los pasados días de la De- 
fensa. Ahora Pacheco, que como Rivera, es un baci- 
lar, cae en cama. Y Rivera lo cuida y lo hace conva- 
lecer, prodigándole hasta su áspera ternura. 

Más tarde han de concurrir los dos al banquete con 
que recuerdan) el 25 de Mayo, y lo estiran, en un de- 
seo de olvido, en que consigue él borrar hasta la 
sombra del barrote. Porque ese festín, de sobremesa 
interminable, alcanza el filo de la medianoche, y en 


107 



él caben los brindis más inesperados, en los que Pa- 
checo vuelca romanticismo, melancolía Rivera, y Be- 
nigno López tristeza: escondida. Es su última fiesta. En 
agosto de 1852, el general cae bruscamente. El cua- 
dro descripto por el doctor Cándido, es el de la hiper- 
tensión. Una sangría discreta mejoró al enfermo, que 
había sufrido una hemoptisis, en ese momento, favo- 
rable. Recuperó pronto la palabra, no quedando ni 
rastros de la afasia. Los doctores Geraldo y Barboza 
certificaron luego la desaparición de la gravedad in- 
mediata. 

Con un abrazo se despide Melchor Pacheco. Rivera 
le ha cargado con cartas sus bolsillos. El alma de Pa- 
checo lleva amargo lastre. Parece más viejo. Apenas 
alcanza los 43 años. Vuelve a la tierra que tantas 
desventuras le ha deparado, como al otro. Va a vol- 
tear a Giró. 

• * * 

Rivera queda solo, los ojos vueltos hacia la patria. 
Pronto prepara sus maletas. Ya está en Yaguarón. Allí 
le llegan los ecos del conflicto del 18 de julio. 

— "Apresúrese, gane Montevideo", le aconseja, opor- 
tuno, el coronel Costa. 

Pero ya no tiene prisa don Frutos. Junto a él, des- 
pués de siete años de angustiosa separación, está 
Bernardina, que ha corrido a su encuentro. Lo ve y se 
espanta. ¡No es él! La piel’y los huesos le quedan de 
su antiguo esplendor físico. Pasa los días acostado, 
tosiendo. Tiene friebre, es fatigosa, su respiración, 
aumentan los sudores nocturnos. Aquel cálido, carac- 


108 



terístico apretón de manos suyo, es sólo un recuerdo 
del Rivera que empieza a desvanecerse. 

Su mano, flaca y fría, apenas estrecha* ahora la del 
amigo que llega a entonar su ánimo. Cuando conoce 
la noticia de la Constitución del Triunvirato, decide 
volver. Bernardina se le adelanta para preparar la 
casa del Arroyo Secó, para iluminarla con todos los 
candelabros por si llega en la noche. Ya es suyo. 
Tanto se le escapó en la mocedad y en la madurez 
bien dotada, que se siente feliz, ahora, cuando la vi- 
da se lo entrega para su ternura casi maternal. Una 
posta la espera, y mientras cambian el tiro, la mujer 
descansa a la sombra de los arrayanes florecidos. La 
flor marfileña ha de caer muy pronto y el fruto ya 
está cuajado en la rama que se prepara para la com- 
ba. Le arrancarán los soles su amargor; cuando lle- 
gue hasta la sed campesina, sólo ha de ser dulzura. 
Así alcanza a su hombre doña Bernardina. Siempre 
fue suyo, pero no pudo impedir él que su donjuanis- 
mo fuera dejando huellas a lo largo de los caminos 
de su tierra. La flor cayó con la juventud. Ella tendrá 
el dulzor. Ha llegado a tiempo la paz. Lo ha recobra- 
do. Lo ha recobrado, como a un hijo muy querido, que 
vuelve. . . 

# * * 

Empieza a convalescer. Ya monta a caballo. Volve- 
rá muy pronto. En Santa Lucía, pasando un descan- 
so, está Pacheco y Obes. jDulces recuerdos para Ri- 
vera! Allí trenzó el idilio con Ramona Fernández. Allí 
nacióle su hija. Abrazará al viejo compañero de la 
Defensa, y entrará con él a Montevideo, y llegarán 


109 



juntos hasta la casona de la calle Zabala, y será un 
olvidarse para siempre del pasado terrible y cercano, 
porque en ella están el compadre Juan Antonio y la 
comadre Anita. 

No. Lavalleja se le escapa en la muerte, y él está 
muy viejo para que la noticia no lo derrumbe. Ya no 
puede esperar. Le parece que si no regresa en segui- 
da, no llegará. Que le envíen a Brígido Silveira para 
que lo acompañe. Lo mismo había pensado Flores, y 
Silveira se pone en camino, espoleado por la orden 
de don Venancio y por el deseo de don Frutos. Un có- 
lico hepático lo atormenta, finalizando octubre, pe- 
ro noviembre lo sorprende con el olor, que él tanto 
conoce, de las gramillas orientales. Una ola de re- 
cuerdos lo asalta. No ignora pastos ni árboles de su 
tierra, los que visten los campos de sus victorias y de 
sus derrotas, trebolares de Guayabo en el Salto, pal- 
mares de Rocha, espadaña de India Muerta, donde 
sintiera un día el filo de la cuchilla de Urquiza sobre 
la nuca. La comitiva avanza con lentitud. En pleno 
verano las lluvias le van atajando el paso. ¿No lle- 
gará el baqueano a la posta del Avestruz, donde lo 
espera un fulgor de Cagancha, encarnado en la recia 
figura de Anacleto Medina? Llega, sí. Y Medina le 
prepara una revista heroica para su honor y su re- 
gocijo. El General ve desfilar la división sentado en 
silla de cuero crudo, y revive la epopeya que ya em- 
pieza a esfumarse. La carga del Rincón, el ascenso 
de Las Piedras, la estratagema del Ibicuí, que le dio 
las Misiones, y la astucia del Aguila, y el horror de 
la matanza de Arroyo Grande. . . Carga su pasado 
como un liviano fardo. Con él se va acercando a Me- 


110 



lo. Es el día 11 de enero de 1854. El caserío está muy 
cercano, del otro lado de ese hilo de agua que Dios 
parece haber puesto allí para su fiebre. Bartolo Silva 
le ofrece con tanta efusión su pobre rancho, que en 
él se queda, marcándolo para la gloria y para la le- 
yenda. ¡Lindo paisano don Bartolo, por quien cono- 
ciera 25 años antes a María del Carmen, su herma- 
na, en una lejanísima visita al Tacuarí, visita hecha 
luna de miel por la vara del hechicero, y de la cual, 
como premio y recuerdo, recibió él la ofrenda de sus 
mellizos Cayetano y Fructuoso!... 

Es casi su cuñado, y es el hospedador. En su ran- 
cho cabe poco, apenas dos noches ... y una agonía. 

Lo más penoso en esa agonía es la ausencia de 
una mujer, cuando el moribundo se llama don Frutos 
y ha tenido tantas en su vida. . . Sólo soldados ro- 
dean al guerrero que supo combatir casi medio siglo. 
Para secar su frente está el mayor Gadea. Hombres 
oscuros y sin historia son los últimos que lo ven. Na- 
varrete, Mestre y Fernández cumplen su junta médi- 
ca en la madrugada, y él los ve moverse en la som- 
bra, como fantasmas. 

Nunca ha habido una noche tan larga. . . El respi- 
rar fatigoso es entrecortado a veces por una calma 
que debería intranquilizar a los que velan.. No hay 
estertor, ni realmente agonía. La mirada del hombre 
que va a morir, vaga por el rancho de adobe; su oído 
recoge el enorme silencio del campo. Dos candeleras 
de bronce sobre la mesa de algarrobo; pocas sillas 
con asiento vacuno; descansando de un clavo, el lá- 
tigo de trenza que levantó en Cagancha para pedir 



a los suyos la vida del vencido. Las horas pare- 
cen arrastrarse. 

Entra al fin por la puerta del rancho, la claridad 
primera del día trece. Como si hubiera tenido con ella 
una cita, envuelto en su resplandor, se quedó dor- 
mido. . . 



112 


CLAROSCURO DE ORIBE 






L A 


DERROTA 


1 


PENAS concluida la Guerra Grande, el 
general don Manuel Oribe se refugia en 
su hogar. Comprende que ha terminado 
su vida pública, y aspira sólo al descan- 
so en una paz íntima que no conoce, ya que su exis- 
tencia no ha sido más que un dramático combate. 
Queda en la Patria gracias a la mediación de Ur- 
quiza, sin cuyo empeño el jefe blanco hubiera visto 
abrirse ante él un árido camino de destierro. Paga así 
el entremano la deuda de Sauce Grande, en donde 
apenas pudo salvarlo de una muerte segura el arrojo 
personal del General Oribe. 

El ex Presidente Legal conserva su casa de la 
Curva de las Maroñas, en la que se aisla ahora em- 
pecinadamente, distrayendo el fin de semana en el 
caserón colonial de su quinta del Miguelete, ante cu- 
yos ventanales cae, en la estación, la silenciosa y fra- 
gante lluvia de los jazmines de Chile. 

Su3 ocios, tal vez llenos de angustia, los ocupa 



117 


cdlí en obras de cerrajería, tarea histórica amargamen- 
te reeditada en estas tierras de América. 

Contadas veces entra a Montevideo La ciudad que 
él sitiara con fuerzas extranjeras, le guarda una tenaz 
hostilidad, que él percibe, sufriéndola. No todos sus 
adversarios le hacen sentir, sin embargo, el recuerdo 
del Sitio. En cierta ocasión, un vecino de la ciudad 
vieja fué saludado al pasar, por un anciano de porte 
distinguido y severo semblante. Contestó el primero 
al saludo, cortesmente, y cuando su hijo, niño aún, 
preguntóle, mirando al caballero que se alejaba: 

— "¿Quién es ese señor?" 

El padre respondió, con un dejo de respeto en 
la voz: 

— "Es el General don Manuel Oribe". 

El hombre a quien éste saludara al pasar había 
sido Canciller de la Defensa, y se llamaba Manuel 
Herrera y Obes. Viejo ya, se complacía su hijo Julio 
en recordar la escena lejana, en la que parecía mo- 
verse aún la larga silueta perdiéndose en la calle, en 
la que quedara, como una estela, esa cortesía del triun- 
fador para el vencido de la paz de octubre. 

Pero no íué esa la atmósfera que envolvió a Oribe 
en sus últimos años, en las limitadas ocasiones que 
dejó su retiro del Paso del Molino para ver de cerca 
la ciudad que no pudieron rendir sus batallones fede- 
rales. La prensa de la capital aprovechó esas furtivas 
visitas, para exigir a la justicia ordinaria el enjuicia- 
miento del Ge'neral Oribe por su probable participa- 
ción en el asesinato del doctor Florencio Varela. Se 
explica así que don Manuel prefiriera el aislamiento 
de la Villa Restauración, que él fundara, y a la que. 


118 



no pudiendo arrancarle el origen, habían cambiado lo* 
vencedores, el nombre. 


* * # 

La Unión solía verlo, de tarde en tarde. Visitaba, 
entre otros, a Cipriano Miró, que vivía en un costado 
del pueblo, junto a la plaza de toros, y el argentino, 
buen narrador, evocaba para él, en la total calma 
aldeana, la epopeya de América. No gustó nunca a 
Oribe recordar su pasado. Pero cierto día que Miró 
refirióse incidentalmente a la batalla de Palmar, don 
Manuel acercando su asiento, le rogó otra vez aún, 
detalles de la jomada en que habría de velarse para 
siempre su estrella de la victoria. Pudo ganarse la 
contienda decisiva y no hubiera entonces perdido la 
Presidencia. ¿Habría sido culpable el General Britos, 
como lo pensara siempre su hermcno Ignacio? 

Recordó Miró el final de,la contienda, en la que 
la confusión jugó tal papel, que cuando él mismo qui- 
so darse cuenta de la realidad, estaba solo, con la in- 
fantería bajo su mando, en medio del campo abando- 
nado ya por vencidos y perseguidores. Formó enton- 
ces un gran círculo de carretas, manteniéndose en el 
centro cuando apareció de pronto el General Aguiar 
exigiendo la rendición completa. A Lavalle, jefe ar- 
gentino que reclamaba Miró en última instancia, le 
fué entregada por éste su espada de combate. Así se 
abrió en Palmar la fosa del ejército blanco. 

Oribe sufría calladamente. Había escuchado en si- 
lencio la evocación de Miró, que tuvo la virtud de abre- 
viar la vista. Luego, se le vió tomar lentamente el 
camino que* lo conduciría a la calle Real, y de pronto. 


119 



como en un rapto inconsciente, excepcional en él, tan 
suave, tan amanerado en su vida civil, levantar el 
bastón contra el cerco florecido, y seguir después su 
camino, obstinadamente sombrío, mientras la acera 
quedaba cubierta de sacrificadas campanillas azules. . . 

* * * 

Reconcentrado y ausente, no era un hombre que 
paseaba por el pueblo fundado por él; era algo así 
como el espectro animado de una época de esplendor 
y de poderío, desaparecida en los tiempos. 

En tomo suyo ya no giraba la órbita bulliciosa 
de sus capitanes.El desengaño era su sombra; la so- 
ledad, su duelo. Estaban lejos Olid, Diego Lamas, Lu- 
cas Moreno, Garzón, hasta Urquiza, el agradecido; con 
ellos había muerto la época en que apenas el Señor 
del Cerrito abría los finos labios, el eco de su murmu- 
rio era el coro que adivinaba su voluntad, para com- 
placerla. La grandeza tiene siempre un amo; el domi- 
nio también. En la frente de aquel hombre que fué, 
por muchos años el duro y empinado dueño de tantos 
destinos sobre los que avanzara, inflexible, se apaga- 
ban ya los fuegos creadores del triunfo. ¡Qué frío, y 
qué color de ceniza, tendría, entonces para él la vida! 

Apoyado en su bastón de ébano con puño de oro 
y secreto estoque, iba ahora a visitar amigos más hu- 
mildes, dueños de elementos evocadores, como el ca- 
jonero Liesack, conversador pintoresco, que tomaba 
jovial su dramática artesanía, y Juan Letra, el herra- 
dor, rodeado siempre de chispas sonoras, sub-dios de 
los fuegos vocingleros, en los metales heridos por e! 
martillo. En la oquedad negra de la herrería, el fuego, 


120 



todo lenguas, hablaba con el hombre taciturno, cuya 
vida iba corriendo como un río cargado de bajeles. 
Sentado con las manos sobre su bastón, silencioso, los 
ojos fijos en la llama chispeante, don Manuel Oribe 
iba viendo desfilar su mocedad y su poderío, el cénit 
y el ocaso. A lo largo de la pura juventud de este hom- 
bre, ¡qué flamear de banderas, qué exaltado ritmo de 
dianas, qué brillo de oro, qué extraña locura de sangre! 
Alba de la Agraciada y del Cerro, mediodía de Itu- 
zaingó, y una hora blanca — blanco y oro — pero tan 
profunda y tan única, que pudo haber cambiado todo 
en su vida de no haber sonado para él, trasmutando 
el triunfo en desengaño o derrota, la juventud en ve- 
jez, en enfermedad la fuerza viril; y esa hora siguió 
siendo lo mismo, — blanco y oro — en ese extraño y 
múltiple destino: la de su amor a la compañera que 
le tomó de tal modo la capacidad afectiva, que fué la 
mujer más enraizada en su vida. 

Pero la existencia de ese viejo señor que mira el 
fuego, inmóvil y melancólico, no fué precisamente lí- 
rica y pacífica, sino de continua batalla. Y así ve pa- 
sa* ahora, por el cuadro evocador del llamerío de la 
hornaza, su tumultuosa vida de soldado. De haber 
muerto en Yucutujá no hubiera sentido sobre él el ren- 
cor de su pueblo. 

Lo siente y lo padece en los últimos años, y no lo 
sacude de su ánimo, porque por una extraña aptitud 
de su espíritu parece no querer alejarse mucho de los 
lugares que le recuerdan el infalible tránsito: la igle- 
sia que él fundara en el Sitio, y ese taller en el que 
Augusto Liesack tallaba las maderas, sazonando con 
palabra bizarra sus imágenes pintorescas, mientras el 


121 



General, ceñudo y silencioso, lo miraba esculpir los 
ataúdes de la Restauración. El cuadro era dramático 
y de un exótico y áspero sabor. Oribe debió gustarlo 
en sus callados monólogos a lo Hamlet. La fragua lo 
atraía de nuevo, y la buscaba, cruzando la calle aldea- 
na; en el taller de Letra, la alianza del fuego y los 
metales sonoros, pudo ofrecerle ese gozo que se ex- 
perimenta en los dominios del fuerte dios forjador. De- 
bió entonarse allí su ánimo decaído, frente a la ruda 
sinfonía del fuego cantando, en las chispas, y el hierro 
clamando sobre los yunques. Tal vez buscara para su 
alma atormentada, esos rudos tónicos vigorizantes. To- 
do, en la vida, es dolor y batalla; incruenta pero do- 
loroso, la del árbol gigante parando en ataúdes, y la 
del hierro, pesado y oscuro, transmigrándose al espí- 
ritu de la luz, tanto en la fragua encendida, como en 
los cascos herrados de los caballos veloces. 

Todo eso, tan grande y tan mínimo, debió ir acer- 
cando poco a poco el alma de Oribe, a la idea tre- 
menda de la última muerte . . . 



122 


II 

EL DESTIERRO 






E L 


DESTIERRO 


RIA la mañana del 21 de Octubre de 1853 
en el puerto de Montevideo, donde sopla 
un cortante viento noreste que hincha el 
velamen de la barca a bordo de la cual 
se encuentra, desde hace dos días, el General don 
Manuel Oribe. Chillan y revolotean las gaviotas, casi 
rozando el agua, mientras nacen, enérgicas, las vo- 
ces de mando, enronqueciéndose las palabrotas mari- 
neras. Chirria, al subir, el ancla, y la nave comienza a 
moverse, recibiendo al paso un saludo de los buques 
brasileños y franceses, mientras sólo la bandera espa- 
ñola no es arriada, porque prefiere escamotear los 
honores de práctica. 

El pasaje se agrupa sobre cubierta, de la que des- 
aparece entonces un viajero que ha permanecido em- 
bozado en su capa, fijos los ojos en el bajo caserío 
de la orilla. Mira al mar, la casita baja de la calle 
de San Ramón, en la que ese hombre desposó a su 
sobrina, y por cuyo cercano parentesco hubo de 
aplacar a la curia, consintiendo, además, en peniten- 
cias y ofrendas, como la de servir con sus manos a 
un grupo de 33 pobres del Hospital, un almuerzo fra- 
terno, la mañana anterior a los desposorios. 



127 


Mira al mar también, desde el otro extremo de la 
ciudad, la amplia casa esquina de las calles de San 
Telmo y San Pedro, en la que le nacieron los hijos, y . 
a la que conservó, desde 1835, como residencia pre- 
sidencial. 

Cuando parte para la expatriación, há pasado ya 
Oribe el umbral de los sesenta. Conserva la elegancia 
realzada por la alta estatura y un aspecto de grave- 
dad melancólica, que pone, a veces, un sello de noble- 
za sobre el rostro severo. Emboscados en la órbita, los 
verdes ojos guardan aún su brillo acerado; no ha per- 
dido la voz el suave timbre y la contención antigua. 

Pero de aquel hombre que muy poco antes pare- 
cía no resignarse a abandonar su gallardía tan celosa- 
mente guardada desde la juventud, a éste que agobiado 
y encanecido parte ahora de su ciudad en la medialuz 
de esa mañana de Octubre, hay un abismo tal, que 
parece no haber sido abierto en solo los dos inviernos 
corridos entre la llegada de Urquiza y la caída 
de Giró. 

¿Por qué se aleja de la patria el General Oribe, 
abandonando aquí la familia, ya que embarca con Fe- 
lipe, su único hijo varón y Pablo, último vastago del 
General Antonio Díaz, como únicos compañeros d® 
viaje? Se ha discutido poco el destierro del 53. Los 
dos años que suceden- a la paz de Octubre, los ha 
pasado el General en un total aislamiento doméstico, 
que divide entre la casa de la Restauración y la quin- 
ta del Miguelete. 

De pronto, sacudiendo ese estado de átnimo qu® 
confina con la indiferencia o con la melancolía, se pre- 
senta de nuevo entre los suyos. 


128 



Visita la Florida, donde llega seguido de la muy 
bien montada gente de Zipitría, que le forma, al decir 
de un diario de la época, "una verdadera guardia 
pretoriana". Lo recibe después San José, en donde 
su corta permanencia desata el delirio partidario; se 
le victorea en las calles, disputándose su estada de 
unas horas en las casas patricias. El advierte la anti- 
gua devoción, no disminuida por la pérdida de su in- 
fluencia politica. No visitaba Oribe a los maragatcs 
desde la época del Sitio, en que lo hizo con motivo 
del cumpleaños de su compadre José Bruno Larriera. 
En la quinta del homo, posesión de Francisco Larriera, 
tuvo lugar ese día la imprevista escena de los brindis. 
Luego que Oribe hubo levantado su copa por la feli- 
cidad personal de su compadre, Larriera, en medio de 
un penoso silencio, expresó al General su propia re- 
probación y la del escogido grupo de comensales, por 
las confiscaciones dictadas por el gobierno del Cerri- 
to contra las propiedades de los colorados, que iban 
pasando, poco a poco, a poder de los correligionarios 
del credo federal. Con la barbilla casi pegada al pe- 
cho escuchó Oribe en silencio las palabras condenato- 
rias, y es tradición que desde ese momento, su con- 
ducta, en tal sentido, se habría modificado sensible- 
mente. La amistad que unía a los dos hombres era es- 
trecha, y explica! la decidida actitud de Larriera, y la 
contención de don Manuel. En la residencia de aquél, 
junto a la plaza de San José, la pieza del frente, aisla- 
da de las otras, estaba siempre pronta por si al Ge- 
neral se le ocurría venir de improviso al pueblo; a ve- 
ces lo hizo, en la altanoche, descubriéndose su pre- 
sencia en la casa en la mañana: el recado del negro 



asistente le servía a éste de cabezal, mientras velaba, 
echado de través, en el zaguán, junto a la puerta tan 
celosamente defendida. 

Ya no era Oribe, el madrugador; si transgredía 
ahora la ley campesina de levantarse con el alba, cul- 
pa de sus insomnios era, y no de inveterada costumbre 
más propia de su hermano Francisco que suya. 

Ahora, las andanzas del que fuera jefe de las 
tropas del Cerrito, causan un indisimulado temor entre 
los hombres de Montevideo. Se dice ya en alta voz 
que Giró, tambaleante en el poder desde el choque 
sangriento del mes de julio, está de acuerdo con Ori- 
be para restaurarlo en el gobierno. La segunda visita 
del caudillo a San José, es má3 breve; el Coronel Flo- 
res ordena bruscamente el regreso. Vuelve pues, a la 
Capital, encerrándose obstinadamente en la quinta del 
Paso del Molino, cuyas cinco hectáreas tan poca dis- 
tracción pueden ofrecerle. Se le ve a veces, recorrer 
les cercanías, jinete en su famoso gateado que hace 
tiempo perdiera los bríos de potrillo. Siempre conservó 
Oribe su afición a los caballos, a quienes vigilaba, 
cuidándolos personalmente; la herida que una bala 
abrió en la ranilla de su zaino en el combate de San 
Cristóbal, él mismo la curó, hasta cicatrización defini- 
tiva. Recordando el hecho, aludía a su fortuna en las 
batallas; en ninguna lo hirieron, a pesar de su reco- 
nocido arrojo en los combates. 

Recluido en su caserón del Miguelete — 24 piezas 
enormes — pasa el General el mes de Agosto del 53. 
No es la soledad, que junto a él está "Mamina", y su 
hija Dolorcita casada con Maza el 48, ha empezado 
a cumplir su firme propósito de repoblar la casona, a 


130 



la que agregan su bullicio los hijos de don Ignacio, 
cuya quinta bordea uno de los cercanos gajos del Mi- 
guelete. 

En Setiembre pide Oribe a Giró, su pasaporte, no 
por deseo de viajar, sino porque el Coronel Flores exi- 
ge su expatriación. Don Venancio visita a Oribe en su 
casa del Paso del Molino y le hace entrega allí de los 
papeles para el viaje. Oribe sufre la orden, y esconde 
celosamente la verdad sobre este primer y último 1 em- 
barque hacia la tierra de sus mayores. Tal vez no le 
gustara la queja; por eso recuerda a Giró que, ya le 
había pedido permiso para irse, a raiz del movimiento 
militar del 18 de Julio, lo que coincide con sus líneas 
a Lucas Moreno, cuando este jefe, desde Gualeguay, 
y en el mes de Agosto, le anuncia el envío de un ca- 
ballo entrerriano: 

— "No me lo mande; he resuelto salir del país, 
porque considero muy mala su situación". 

Ni a su confidente Iturriaga confiesa Oribe que 
no es espontánea la travesía; que se va por orden de 
Flores y no por amistad a Giró. 

La Presidencia liquida al viajero un sueldo, insu- 
ficiente para los gastos, lo que obliga al refuerzo del 
rubro mediante un pedido amistoso, que Giró satisface. 

Cuando ya en Barcelona se lamenta Oribe a - Itu- 
rriaga de no poder estar con él en Entremos, donde se 
habría radicado "si el imbécil de don Juan no le 
hubiese extendido pasaporte para fuera de cabos", 
documenta en la queja la prueba de su ostracismo. 

Afloja, al hacerlo, la consideración y el respeto 
con que distinguiera antes a su correligionario del Ce- 
rrito: entre la cortesía demostrada por Oribe hacia el 


131 



Presidente Giró en las líneas en que solicita su pa- 
saporte, y el menosprecio con que lo hiere en sus 
cartas de Europa, cuando el gobernante ha caído y 
recorre, él también, caminos de destierro, hay un 
abismo que no honra a quien ha tenido los dos acti- 
tudes. Podría invocarse en descargo de Oribe, la cir- 
cunstancia de que en ese viaje apuró la amargura 
que le tendieron, cuando en busca de un caudillismo 
que se le esfumaba, empezó a recorrer la campaña 
siempre adicta. Pero esa invocación no alcanza a des 
cargar a Oribe de su falta de elegancia en la caída. 
Una resignación más serena le habría alejado de la 
vehemencia y de la injusticia. 

Cuando desde la azotea de Toribio tomó Besnes 
e Irigoyen sus apuntes de la partida del velero, no 
pudo presentir el retardo que habrían de imponerle 
los vientos dominantes, que intensificando su velocidad 
y dada su orientación noreste, arrojaron la barca hacia 
la costa argentina. Cuando sopló el viento favorable, la 
embarcación tomó firmemente el camino de Europa, 
enfilando el canal que neutraliza los riesgos de Punta 
del Este y Punta Brava. Al atardecer, y a una distan- 
cia algo inferior a la milla marina, tiene Oribe frente 
a los ojos, su Puerto del Buceo. Desde la mañana mon- 
ta guardia en el cielo de la ciudad, una bruñida luna 
de once días, que boga ahora en el crepúsculo, sor- 
teando nubes tornadizas. (¿Dónde he leído que "se 
exaspera uno con la lima en creciente, porque decli- 
na tan temprano"?). 

La sombra comienza pronto a escamotear las cos- 
tas. La sombra, y no la distancia. Oribe lleva su catale- 


132 



jo, y el recuerdo. Aquél, es el caserío blanco de sa 
Aduana. Esta, la mole del Juzgado del Crimen. 

El Cardal está lejos. 

Entre el pueblo y el mar. . . arena y árboles. . . y 
todo un pasado que se sepulta. 

# * * 

Pocas horas de su. vida las ha pasado en el mar 
el General Oribe. Cruzó a Buenos Aires en 1817, per- 
dida totalmente la íé en Artigas, a quien consideraba 
entonces un demagogo peligroso. Antes, un viaje del 
que no se habla nunca. ¿Qué impulso andariego llevó 
a Oribe, muchacho de 15 años, a huir de la casa ma- 
terna para sentar plaza de soldado en Bahía, de donde 
habría de rescatarlo poco después Contucci, ya mar- 
cado por el destino para ser el suegro de ese mocetón 
díscolo y pendenciero, que no ha de intentar nunca 
más otra escapatoria como esa? El hombre taciturno 
recuerda la travesía juvenil, mientras el dócil vela- 
men guía la nave por los mismos caminos salados 
del Brasil y de Europa, que ahora recorre en tan dis- 
tintas circunstancias, cargado ya de años y de amar- 
gura. Los chinos creen que el único motivo de los 
viajes "es el de andar, para perderse y ser descono- 
cido". Pero Oribe no es un peregrino común. De las 
catorce personas que componen el pasaje, ninguno adi- 
vina, tal vez, su verdadero estado de ánimo. Es posi- 
ble pesara, en esa primera noche de su alejamiento 
de la patria, la desigual fortuna de sus compañeros de 
epopeya, recién ascendidos a la dignidad del Triun- 
virato. 

No podía prever que don Frutos había comenzado 
m gastar su última primavera, y que el cuarto crecien- 


133 



te de esa luna de Octubre, iluminaba, en ese instante, 
la definitiva noche de Lavalleja. . . 

* * * 

Como un homenaje, don Félix Bujareo, dueño de la 
barca, le cambió el nombre. Se llama ahora ''Restau- 
ración", como el pueblo que Oribe fundara diez años 
antes entre el Cerrito y el Buceo, y cuyas luces osci- 
lantes — hachones de brea en las orillas del pueblo 
blanco — capta el catalejo tenaz del desterrado. 

En ese caserío que sigue criando pita y cardo, 
queda sumergido su sueño reivindicatorío. ¡Cuántas 
almas siguen desde la orilla la estela que va dejando 
la barca! . . . 

Cuando el horizonte mata al fin la pequeña 1 man- 
cha blanca de la! goleta, el grupo de fieles se apresta 
para volver al pueblo. Sólo queda, por unos instantes, 
clavado en la roca que le ha servido de asiento tan- 
tas horas, un hombre que ha recogido la sotana fren- 
te al agua, y recién, al incorporarse, restituye a la 
cabeza su teja oscura. . . 



134 


III 

ALMA, CIELO Y AGUA 








ALMA, CIELO Y AGUA 



A proa del barco partía las aguas con 
ayuda del viento, y cuando éste amai- 
naba, era para transformar la "Restau- 
ración" en un balanceo que sabía colar- 


se en las venas, cual un sedante. A veces casi se de- 
tenía, come necesitando sosiego; pero en ciertas cir- 
cunstancias "el reposo es sólo un movimiento mÓ3 
lánguido", que no permite descansar del todo. Viajero 
puro, como lo conciben los orientales, no lo fué el Ge- 
neral Oribe a bordo de la goleta catalana. Ni alegría 
espontánea ni tentaciones imprevistas mordieron su 
ánimo retraído; hasta el barco lo empujaron, y nin- 
qún desterrado guarda para la travesía el sentido de 
aventura necesario para gozar el paisaje. La tierra es 
entonces, gris, y sin esperanza; sólo un fulgor concede 
a los ojos el exilio, y ese tiene un brillo apagado so- 
bre el que flota la congoja. 

El Gobernador de Barcelona alhajó su residencia 
para albergar al primo que llegaba con el prestigio 
de haber desempeñado la Presidencia; de una repúbli- 


139 


ca americana. Luego, aligeró el sueño a la intrincada 
ascendencia española. Nobleza y coraje le venían del 
Cid, porque don Rodrigo Díaz de Vivar entroncó con 
los Viana, y con una de éstas, descendiente de don 
Juan II, de Aragón, había casado don Francisco de 
Oribe, padre de este General que llegaba recién a 
descubrir la tierra de su mayorazgo. 

Ese mismo apellido, ya democratizado por el sa- 
crificio de la partícula, que nunca fué título sino yugo, 
encerraba singular origen. Oribe viene de auri-rivalis, 
— oro de arroyos — y distingue a quien recoge las 
arenas y pajas de oro que arrastran los ríos en su 
corriente. Si llegó hasta el General la rara etimología 
debió pensar en ella con tristeza. Oro, y no de arroyos 
trajo en la casta valerosa, para derrocharlo en los 
entreveros cuando el alumbramiento de la patria. Su 
alianza con el Restaurador quitó más tarde a la ar- 
diente sangre aventurera las áuricas arenas, dejando 
al cauce las agudas guijas agresivas. Recordando en 
Barcelona la trágica novela de su vida, tiene que ha- 
ber ganado a Oribe la amargura. Sus últimos veinte 
años fueron cargándole de culpas y errores tan tre- 
mendos, como para hacer peligrar los primeros, ricos 
en virtudes y generosos renunciamientos, porque Ori- 
be en la etapa de la independencia, fué un auténtico 
campeón de la gesta. Puede reconocérsele así a pesar 

de sus grandes claudicaciones. 

* - 

Ninguna tan grave como la de 1817, cuando aban- 
donó la lucha contra los portugueses, obligando al 
General Artigas a distanciarse de Montevideo, a fin 
de rehacer en el Norte sus desmoralizadas fuerzas. 


140 



Porque Bauza y Oribe no abandonaron solos la 
defensa de nuestro suelo. Lo hicieron, entregando a Le* 
cor la totalidad de efectivos bajo su mando: hombres, 
caballadas, cañones y armamentos; al pasar a Bue- 
nos Aires iban comprometidos a no molestar más a 
los portugueses, cláusula firmada con Nicolás Herrera, 
representante del lusitano, y cumplida, en lo que res- 
pecta a Oribe, que no volvió al país hasta 1821. 

La sombra de Rosas. — Cuando ascendió al po- 
der el General Oribe, lo hizo por la influencia deci- 
siva de Rivera, que lo creía entonces digno de suce- 
derlo. Si Oribe, votado unánimemente por la Asam- 
blea, no hubiera sufrido bien pronto la influencia de 
Rosas, habría podido cumplir brillante gestión de go- 
bierno, porque su legalismo y honradez) prometían una 
administración ejemplar, de la que necesitaba el país, 
después del período de Rivera, que, personalmente ho- 
nesto, no conoció nunca su disciplina ni su severidad 
administrativa. Pero la tomó Rosas, y Oribe abandonó- 
se al tirano, sin una rebelión por la alianza que ha- 
bría de costarle. su gloria antigua. Rivera se vió obli- 
gado a enfrentarlo, para que el Uruguay no fuera 
en adelante una nueva provincia argentina. Rosas de- 
seaba la anexión desde 1828, época en que vino al 
país, secretamente enviado por Dorrego para invitaj a 
Lavalleja a no exigir con mucho ahinco nuestra inde- 
pendencia absoluta. La revolución del 36 fué una cru- 
zada nacional, afianzadora de la independencia uru- 
guaya, por la que tantos esfuerzos derrochara en su 
briosa juventud el propio Oribe. Así lo entendió éste 
al fin, ya muy cercana la derrota, al rechazar la ayuda 
directa de Rosas por la que exigía el alto precio de la 


141 



anexión del Uruguay a las Provincias Unidas del Río 
de la Plata. 

Cuando el desposeído llegó a Buenos Aires, supo 
rodearlo Rosas de consideraciones, ofreciéndole pron- 
to el mando supremo en la campaña de las provincias. 
Oribe inició, al aceptar el puesto, su caída vertiginosa. 

El cargo que se le ha hecho con más vehemencia 
es e\ de haber ejercido la jefatura de los ejércitos fe- 
derales, con dureza feroz. Es una acusación justa, que 
no pierde entidad por el hecho, innegable, de que en 
el campo unitario haya habido caudillos crueles, que 
hacían aparecer así la fiereza como un producto ge- 
nuino de la época en que las ejecuciones por degüe- 
llo estuvieron expresamente impuestas en los códigos 
militares. 

Oribe fué implacable, siempre, en la guerra. Se 
le vió regresar al campo de Sarandí, espada y brazo 
empurpurados por haberlos hundido incansablemente 
en la espalda de los brasileños en derrota. 

En la acción, del Cerro no se guardó prisioneros: 
los vencidos fueron todos pasados a cuchillo, cum- 
pliéndose en esa forma órdenes terminantes de don 
Manuel Oribe. 

Después, hasta la caída del 38, no se le conoce 
más que un caso de rigor: el del Ibicuy, donde hizo 
ejecutar los cinco chasques de Rivera, portadores del 
triunfo en las Misiones. 'Cumplió entonces una orden 
del Directorio porteño, pero lo hizo fusilando a los 
cautivos. No ejercía aún el degüello como sistema. Lo 
adopta en 1840, en obediencia a los códigos de la Fe- 
deración. Pudo imponer a Rosas, que necesitaba de 


142 



su brazo, un rigor más humano. No lo hizo por inercia 
o por pleitesía al hombre que convirtió en sistema el 
terror y el martirio. Las orejas saladas de Borda, la 
cabeza de Avellaneda, que Garzón levanta por su 
orden en la pica de Tucumán; la manea forrada con la 
piel de Henestrosa, apenas apagados los gemidos de 
Arroyo Grande, surgen de un Oribe nuevo, al que Ro- 
sas ha hecho nacer en la Federación Argentina. Cuan- 
do partió de Montevideo, despojado del mando, no 
iba libre de culpas, pero iba libre de crímenes. En el 
ejército que invade el 43 vienen figuras siniestras, de 
triste fama. El pardo Albano y el correntino Bracaman- 
te, imponen pavor a los propios compañeros de cru- 
zada. Oribe los tolera en sus filas, permitiendo que 
sean una verdadera institución en el Cerrito, donde 
trabajan en el corral de piedra del matadero de Le- 
gris, o en la cabecera de la Zanja Reyuna. 

El claroscuro. — Y sin embargo, la vida del 
General Oribe es rica enj rasgos de nobleza y de ge- 
nerosa inquietud. Se llega con asombro al claroscuro 
de su alma en la que se amalgaman los sentimientos 
encontrados. Una batalla permanente su espíritu. Pa- 
rece que la crueldad estuviera en ella, agazapada, 
pronta al salto, y de golpe aparecen actitudes que 
hacen dudar al disector, confundiéndolo. 

Mientras en el Cerrito se desangra a los prisio- 
neros cortándoles el cuello. Oribe compra con dinero 
suyo, y a plazos, porque no dispone de fortuna, un 
sitio, cerca de Pando, para que en ese campo que 
fuera de los Porga, puedan- hallar aguadas los bueyes 
del pobrerío, y losi hombres leña de sauce y álamo. 


143 



En 1335 el Presidente Oribe, en documento que 
constituye una de las joyas de mi archivo, urge a Mur- 
guiondo la entrega a los colones pobres de los alre- 
dedores de Canelones, de chacras que el Gobierno de- 
bió adquirir con ese objeto, y no compró porque la 
revolución que debía triunfar en Palmar hizo impo- 
sible la generosa reforma agraria, de tan típico sello 
socialista. 

Quien estudie el alma de Oribe tropezará a me- 
nudo con la esfinge. El mismo espíritu que presidió las 
crueldades de las Provincias y el Cerrito, nos sorpren- 
de de pronto con rasgos de bondad, de comprensión 
y de tolerancia realmente ejemplares. En pleno asedio 
ofrece el pasaporte a la madre del Coronel Tajes, 
herido dentro de los muros de Montevideo, y doña 
Mercedes, abandonando su azotea del Cardal, cruza 
las líneas, cuida de su hijo personalmente, y regresa 
luego a la Restauración, donde vive desde el naci- 
miento del pueblo, a partir del núcleo alrededor de la 
pulpería de Pacheco Medina. 

El 8 de Febrero de 1844, hace enarbolar Oribe, 
en el Cerrito, la bandera oriental: Tin crespón, y me- 
dia asta. Se rinden honores a un adversario muerto, 
pero ese adversario, es Marcelino Sosa. 

— "Era mi amigo y compañero de Ituzaingó" — di- 
rá más tarde el General Oribe; como única explica- 
ción a conducta tan insólita y generosa. 

En los insomnios del destierro, pudieron muy bien 
estos recuerdos acercar alguna noche el sueño, al 
hombre atormentado 

La elegía. — Alto y seco era Oribe entonces. 


144 



Casi grisásea la cara, como esculpida en piedra de 
cerros. En él la animación consistía apenas en un des- 
tello metálico de los ojos, bajo el embosque de las 
cejas y un modo de cerrar la boca de linos labios, 
como para que en la emoción no escapase de ella, sin 
su deseo, por la línea apretada y voluntariosa, ni una 
palabra, siquiera. 

Llegó hasta mí la anécdota, y me tomó como una 
garra sensorial, dándome el asombro de percibir, bajo 
aquel pecho metálico, el tierno latido de la nostalgia. 
Así, él guardaba en su corazón, como en una urna 
de hierro: la patria y el hogar; la heroica epopeya y la 
¡Restauración que fundara; doña Agustina, los hijos, 
los amigos en el triunfo y la desgracia; los encum- 
brados y los otros, el humilde herrero, y el artesano 
que había llegado de Prusia hasta el Cardal, y a quien 
él visitó en el ocaso, contemplando, en una meditación 
silenciosa como construía los ataúdes para los muer- 
tos de su aldea. 

Fué un día del destierro, y era sol español, el que 
iba envolviéndolo en su luz límpida esa mañana ya 
dormida en el tiempo eterno. El General Oribe, cubier- 
to' por pulcra capa azul, caminaba despacio por aquel 
suelo distante. Su compañero era entonces, y ahora, 
uña movible sombra gris, muchacho anónimo, ya ser 
sin nombre ni rostro. La elevada figura del General, 
entre cuyos ancestros españoles hubo posiblemente, 
reyes, llenaba la sucesión de cuadros. Paseo lento, 
tónico y melancólico. Tan lejos la patria, con todas sus 
apretadas posesiones sentimentales 

Todo eso es la raiz vital del hombre, que de ella 
necesita para subsistir. El país nativo, la familia, los 


( 10 ) 


145 



dioses lares. En los férreos hombres de combate, la 
ternura íntima es una escondida lucerna, y ellos la 
cuidan y aman con pasión secreta, porque en realidad 
forma su esencia y su cifra. 

Don Manuel Oribe — el de la campaña de las 
Provincias — no fué la excepción a esa ley. El amó 
bien a la compañera de su sangre que le llenó 
la vida de sagrados cariños y de tiernos cuidados. 
Cuando trasponía el umbral de su casa, el jefe del 
Cerrito quedaba fuera: allí llegaba, amaba, y reposa- 
ba, el padre. 

Al General Oribe le agradó el paseo esa mañana, 
pero no quiso extenderlo mucho, temeroso del cansan- 
cio, a pesar de su mejoría en el reposo de aquel clima. 

Lento iba don Manuel, tal vez olvidado de los tre- 
mendos episodios de sus campañas. 

De pronto se detuvo, erguido con su más hierática 
expresión de soldado. La mano cubierta de piel ya 
marfileña, subió lentamente hasta el ala del sombrero; 
la otra, con el anillo de oro de los esponsales, apre- 
tóse como una garra sobre el puño del bastón de 
estoque. El muchacho le miró, sorprendido, confuso, 
siguiendo la dirección de sus ojos. 

Junto a ellos, una ¡agunita, en la pradera catalana, 
y unos patos silvestres. En la orilla del agua, lustrosa, 
una rebolada de paja brava, florecida en penachos 
blancos, vivía, luciente, el 'ostracismo de los bañados 
orientales. 

Era la elegía. Tal vez por la alta frente sellada, 
pasó en aquel momento, como en la última y fulminan- 
te visión de los ahogados, toda su vida civil y militar. 


146 



el amor, la guerra, el triunfo y la derrota, el Palmar y 
el desembarco, el Cerro, y esa epopeya auténtica de 
Ituzaingó, con su grito de homérida. 

Porque fué quizá sobre alguna mata de esa mis- 
ma paja de hoja filosa, que cayeron, tras el desgarrón 
furioso, las charreteras de oro, que sólo deben osten- 
tar los jefes cuando sus soldados son capaces de ven- 
cer o morir. 

La paja brava que hizo nacer ese día en Oribe 
tan profunda nostalgia, y que ha sido siempre símbolo 
del criollismo indómito, era, allí, la Patria, luchando 
por la libertad, y las grandes fechas de su historia, con 
tales episodios, que enorgullece y escalofría, no sólo 
extenderlos en narraciones, sino hasta el ensoñados. 
La cruzada de los 33; el Exodo del Pueblo Oriental, el 
Congreso y las Instrucciones; las mujeres patricias, 
estoicas y tiernas; Ituzaingó, con la bárbara decisión 
de Alvear mandando prender fuego al campo para que 
se quemasen los heridos brasileños, y el grito imponen- 
te' en que se trenzaron todos los gritos y todos los rui- 
dos, con los chisporroteos de los pajonales verdes y 
el fragor de la pequeña fauna enloquecida. Heridos 
indefensos y bestias inocentes: ¡qué cabezal para el 
sueño del Jefe argentino! 

Así se le rebeló a Oribe, imprevistamente, una 
mañana del 55, la saudade. Aquel rostro de piedra 
se humanizó de pronto, con una blandura casi tierna, 
casi amorosa. La agreste planta charrúa, constituía 
para él ahora una condensación vital y heroica. Era, 
sí, la patria, y ella venía de muy lejos para borrar la 
realidad de un, viejo duro y seco, que no pe doblaba 


147 



por los sufrimientos y los recuerdos, dejando en su 
lugar al joven Jefe de los grandes uniformes lujosos y 
rasgos estilizados como en el cuadro de Gras, que lo 
eterniza en el cénit de la vida, dominador y fuerte. 

En un simbolismo tal vez no del todo imaginativo, 
alguna vez él sintió sobre su cabeza, un aleteo de 
cuervos agoreros, que apenas le mereciera un gesto 
de desdén, a él, el guerrero que había atravesado la 
vida con un séquito d© jaguares. 

Don Manuel volvióse lentamente. En las habita- 
ciones de su casa de Barcelona, que con tanta frater- 
nidad le cediese Prachot, le esperaba una valija traída 
en uno de los barcos de Bujareo: ropa, cartas, noticias 
de los hijos y de la compañera, minuciosa reseña de 
cuanto pasaba en las heredades. 

Y luego, el tabaco de su costumbre, las chalas bien 
alisadas, ropa prolija, en la que su mujer, muy ma- 
terna y femenina sabía incluir, para aromar los pa- 
ñuelos de hilo y la lencería, manojos de romerillo y 
alhucema. En un paquete, hojas de pitonga para el té 
de la sobremesa, y en ánfora ligera el anejuti de las 
naranjas de su quinta del Miguelete. . . 

El mismo desató, lento, las cintas de raso con que 
su mujer — casta coquetería — aseguraba siempre los 
domésticos envoltorios. En el fondo, las latas de gua- 
yabada y dulce de coco de Río Grande do Sul. 

Todo, todo eso, era también la Historia. . . 

• * # 


148 



Una última visita a los templos de Barcelona, y 
a la plaza de toros a la que no ha faltado nunca Oribe 
los días de corrida. . . 

"La Plácida" está en el puerto. . . y empieza a 
hinchar las velas. . . 



149 




IV 

REGRESO 






REGRESO 


A última visión profunda de España fué 
a buscarla este sudamericano de altane- 
ras arterias vascas, en la plaza de to- 
ros y en una iglesia de Barcelona. Así 
subió a la cubierta de "La Plácida", con su sangre y 
su fó pacificadas. Curro Cúchares le dió én el ruedo el 
espectáculo potencial, equilibrio y ajuste de las fuer- 
zas telúricas en acción, que es — para los aficiona- 
dos — la corrida, un gran torero, y todo un pueblo en 
un solo y acorde haz vibrante. 

. 'Tal vez en la Catedral, quizá en una humilde ca- 
pilla cualquiera, recibió el General Oribe la última 
comunión de aquella tierra. Barcelona, ya en esa 
época erizada de chimeneas fabriles y de místicas 
torres, por unos minutos apareció ante él, nítida, con 
su intenso puerto y los palacios de la Gran Vía cruzada 
por el idioma áspero, de gente constructora. De todo 
aquel circo de montañas, desciende, día a día, para 
los hombres, la fuerza vencedora, que es como el pro- 
ducto de los picachos gigantes. El viajero solitario 
quizá trató de cerrarse en seguida a una emoción tan 



155 



extranjera, como debió ser la despedida a aquella 
tierra hospitalaria a la que no había de volver nunca. 

Los hombres de lucha, como Oribe, no pueden 
ser sensibles sino en una medida muy estricta. Era 
adelante, en el término de la ruta, donde estaba lo 
suyo. 

Por tres días durmieron los alisios empujadores, y 
recién entonces, a fines de Abril, "La Plácida", en rada, 
sintió hinchársele las velas con el viento de las bravas 
pampas oceánicas. Se perdieron de su vista las cos- 
tas de Europa, y el General Oribe, ya en el camino 
de retomo, volvióles la espalda, para reintegrarse a 
lo suyo, lo verdaderamente suyo, que le acercaban las 
cartas de su mujer, en cuya lectura se sumergía como 
en un río amigo. El hombre de combate ansió, enton- 
ces, el descanso. El batallador abominaba la batalla. 

Mar y cielo. Mar y cielo, ventisca, estrellas nue- 
vas, olores salmos que él, acostumbrado a los cam- 
pos y montes de su patria, no podía querer. La tierra, 
el país nativo, la casa. . . En la quinta del Miguelete 
estarían ya, llenos de frutos verdes o amarillos, los 
naranjos. Pensó en sus granados, cuya llama amó 
siempre con el instinto agrario del celta, que es una 
raiz. Pronto vería florecer de nuevo las violetas dobles, 
riqueza adquirida hacía bien poco, por regalo de los 
Lerena. Sonrió al recuerdo del sauce, bajo cuya som- 
bra su hija Dolorcita y el atildado y cruel Mariano 
Maza, vivieron horas de idilio; él prefería el ombú de 
!a linde, junto al cual gustaba el amargo, mientras Ni- 
colás, el moreno que le vino de las sierras, daba vuel- 
tas, entre las brasas, el churrasco. . . El sauce es grácil, 
dócil, murmullante, desceñido. El ombú es el matrero 


156 



preso, y sin queja. . . Toda la tradición ha quedado 
trenzada en la raigambre enorme . . . 

La quinta) del Migúele te!. . . La compañera. . . Los 
muchachos! Carolina, la hija natural, querida y cui- 
dada por esa alma evangélica que es la esposa! . . . 

En los díasi eternos, en las noches en que "La Plá- 
cida" baila en el mar una zarabanda de brujas, todo 
aquello es como una tentación amada, fija en torno a 
la espejeante llama doméstica. . . De vez en cuando 
lo torturan violentos dolores abdominales, que él com- 
bate ajustando a la cintuía, disimulado bajo un cin- 
to de terciopelo oscuro, el fino recipiente de plata que 
le guarda la tibieza del agua. No es buena su salud, 
pero jamás se manifiesta inquieto por eso. 

La austera esposa reza siempre y su oración lo 
ampara El está cansado, intranquilo. Es mala lq situa- 
ción económica de la familia; en Barcelona supo que 
el próximo casamiento de su ..hija Pepa con don Félix 
Bujareo, aumenta la tirantez que él dejara cuando em- 
barcó para Europa usando un préstamo de don Juan 
Giró. ¡Las mismas necesidades del 40, en que sólo 
la bondadosa intervención del doctor Oliveira hizo po- 
sible el trasplante de Carolina, presa ya de la mortal 
enfermedad, al suave clima de Santa Lucía! . . . Las 
arcas de Oribe están exhaustas. . . Don Manuel había 
sido un honrado Presidente. Pudo amar con exceso la 
guerra y la sangre. . . pero no el oro. En eso bien está 
la altivez de su cabeza. 

Mientras, en Montevideo la familia se inquieta, 
Iturriaga pide noticias. Intranquilo como nadie, el cura 
Ereño se golpea el pecho, y ruega por su suerte desde 
el púlpito de todas las iglesias de Entre Ríos. 


157 



Hace tres meses qué "La Plácida" anda con el 
General Oribe por el mar. . . 

» t t 

El General Oribe sueña que navega hacia la 
paz. . . Lo que le espera. . . es la batalla! 

Destino... — Las diez de la mañana del 9 de Agosto 
de 1855. Apenas anclada "La Plácida", se le acerca 
una falúa con el Jefe del Estado Mayor y el Capitán 
de Puertos, trayendo, no un saludo, sino una orden: el 
General Oribe debe bajar con ellos a tierra. 

Oribe se sorprende, sobre todo cuando su apode- 
rado en Montevideo, don Pedro Duhart, le dice apena» 
consigue llegar hasta él: 

—"No baje". 

, El tono de la voz es imperativo. Duhart fué uno de 
sus oficiales en el Cerrito, y tiene prisa ahora en ente- 
rarlo de la situación. Los conservadores jaquean a 
Flores; se siente cercano el estallido de la revuelta 
que lo sofoque. 

Oribe escucha en silencio. Duhart, nervioso, insiste 
en el significado de la visita oficial; el pedido de des- 
embarco inmediato se parece mucho a una orden de 
arresto, y él no debe cumplirla. 

El General pasea ahora sobre cubierta, al pa- 
recer tranquilo. Pero se ha extendido sobre su sem- 
blante terroso, una palidez especial, que los íntimos 
conocen bien como segura alteración del ánimo. 

Cuando desembarcan — Oribe lo ha resuelto desde 
el principio y no retrocede nunca tomada ya su deci- 
sión — ha tenido tiempo el General de componerse a 
conciencia: afeitado por su mano, elegido el perfume* 


158 



del que abusó en todo tiempo hasta llamar la atención 
de un sibarita como el conde de Brossard, don Manuel, 
apenas gustado el almuerzo, bajó, cerca del mediodía, 
a la falúa que había conducido hasta "La Plácida" a 
los hombres del Gobierno, con los que pisaría tierra 
ahora, en calidad de detenido. 

Cuando llegó hasta él el pequeño grupo, el edificio 
de la Capitanía estaba rodeado por una verdadera mul- 
titud, que victoreó al jefe blanco. 

Pronto llegaron hasta el salón de revisasiones al- 
gunos visitantes, a pesar del centinela con bayoneta 
calada. El coronel Lamas, primero, luego el diplomá- 
tico Amaral. Cerca ya de las siete se anunció al Mi- 
nistro de la Guerra; pocas palabras, y salió de nuevo, 
acompañado por don Manuel Oribe. 

Muy cerca, en las aguas del río, ya en sombras, 
dos barcos de guerra, escondían la boca de sus ca- 
ñones. El Ministro los señaló, sucesivamente, con el 
brazo extendido. 

.jOribe eligió el de bandera española. 

Era el "Patriota". 

Esta era la tranquilidad que tanto soñara Oribe en 
el viaje. 

• * * 

¿Tenía derecho- a la queja? 

No. — Había salido del país como desterrado polí- 
tivo, volviendo a él sin autorización del Gobierno, al 
frente del cual se hallaba Flores, que dos años antes 
le alcanzara en el Miguelete su pasaporte. 

Ahora es distinta la situación de los dos caudillos. 
Pon Venancio ha recibido con prevenciones g su ad- 


159 



versario, preso en un barco extranjero, y asediado por 
los amigos políticos que lo incitan a inclinar su influen- 
cia en contra del Presidente. 

Ya hay un cisma en el partido blanco, cisma cuyas 
raíces se extienden hasta el cuartel general del Ce- 
rrito. El grupo que responde al doctor Velazco, apoya 
a los conservadores fieles al coronel Batlle y al doctor 
Muñoz. La posición de Oribe parece clara. Había reci- 
bido agravios dé Flores, y esa era la ocasión de ven- 
garlos. Apenas desembarcado dió su palabra al Go- 
bierno de no intervenir en los acontecimientos políti- 
cos. ¿Tenía en ese momento la intención de cumplirla? 
No lo sabemos. Pero apenas detenido en "El Patriota", 
la olvida. ¿Fué ese arresto en el barco español, lo que 
determinó su nueva actitud? Es posible. Lo cierto es 
que retoma enseguida la jefatura de su partido, deci- 
diendo que los blancos apoyen a los conservadores, 
con armamentos, dinero y hombres. La revolución, in- 
minente, es, a su juicio, justa, y deberá barrer a Flores. 

Los que conocen la firmeza de las actitudes del 
General Oribe, valoran el alcance de su posición re- 
volucionaria. Empiezan pronto a llegar fuertes contin- 
gentes de cgmpaña y hasta de Entre Ríos; vienen pre- 
parados para la guerra contra el Brasil, que se asegura 
próxima. El pueblo de la Unión es un impulso dispuesto 
a vengar el agravio de la detención del Jefe. Pero de. 
pronto el radicalismo de Oribe sufre un cambio y em- 
pieza a acercarse a la prescindencia. Es inexplicable. 
Parece ahora, como que le fuera indiferente la marcha 
de los sucesos. Lo asedian entonces los que esperaban 
su concurso. Y el General tiende de pronto las cartas 
eri la mesa: la ayuda de su partido, tiene un precio. 


160 



Sí. Un precio. Los blancos del Cerrito sef desangra- 
rán contribuyendo a derrocar a Flores, si se les asegu- 
ra determinadas posiciones. Oribe exige la Jefatura de 
las fuerzas en campaña, para Diego Lamas, y el co- 
mando de la Guardia Nacional, para Pantaleón Pérez; 
se reserva, además, un gran puesto para Lucas Mo- 
reno. 

Flores ha huido ante la revolución triunfante, man- 
teniéndose en el Cerrito, mientras los conservadores 
dominan la Capital. Muñoz ha tomado el cuartel de 
artillería, y el coronel Batlle el Fuerte. Pero esto no es 
el triunfo. Se necesita el apoyo de los blancos para 
vencer definitivamente al viejo régimen; habrá un sitio 
en el Ministerio) del nuevo Gobierno para Solano An- 
tuña. 

En > ese momento, don Ignacio Oribe se decide por 
Flores. 

La consecuencia inmediata de esta actitud, es el 
confusionismo. Los blancos clamcta para evitarlo: quien 
apoya al gobierno depuesto, es don Ignacio Oribe, y 
no don Manuel. 

Pero éste, a quien comunica el gobierno provisorio 
de Lamas, que no accede a sus pretensiones, cambia 
fulminantemente su posición política. Si los conserva- 
dores! no están dispuestos a pagar su concurso, él no 
les guardará el respaldo del partido. Los abandona, 
pues, y se entrega a Flores. Era simple el plan político 
de Oribe. Simple y maquiavélico. De haber sido- nom- 
brados sus hombres para los altos destinos militares 
que exigiera, ellos se habrían encargado, siguiendo sus 
instrucciones expresas, de remover todas las autorida- 
des coloradas, una vez triunfante el movimiento. 


161 



De cumplirse el plan, la vuelta del oribismo al po- 
der hubiese sido segura. Apoyando a los conservado- 
res, vencía a Flores, para saldar con él deudas anti- 
guas. Dominando luego a los conservadores, por sus 
caudillos en campaña, el poder volvía a sus manos, 
en esa como revancha de la paz de octubre. 

Los colorados de Muñoz vieron el lazo, esquiván- 
dolo. Se le hizo saber a Oribe que se aceptaría su ayu- 
da, en el caso de ser desinteresada. 

Oribe les volvió la espalda. Y esta decisión del 
dirigente blanco, significó la derrota de la revolución. 
Piénsese en el prestigio y en lq fuerza que debía tener 
aún el general Oribe: cautivo en un buque surto en la 
rada, era, todavía, el árbitro. 

Estaba en el fondo de un camarote de "El Patrio- 
ta", pero desde allí, disponía de la suerte de la Repú- 
blica. Mientras tanto Flores ya estaba en la Unión, ha- 
ciendo frente a los conservadores, deprimidos por la 
actitud de Oribe. 

Cae, por fin, el gobierno provisorio de don Luis 
Lamas, volviendo el país a la constitucionalidad con 
el interinato de Bustamante, hasta entonces Presidente 
del Senado. Es el triunfo florista. 

El 13 de Setiembre, a los dos días de haber subido 
al poder, permite Bustamante el desembarco de Oribe. 

Baja, como vencedor. Ha derrotado al coloradismo. 
A los conservadores, por el ascenso de Bustamante; a 
Flores, porque lo tendrá, desde entonces, preso en la 
gratitud. Bien empleados los 35 días de encierro en la 
bahía. Eá verdad, sin embargo, que deja en la manio- 
bra, lo que él llamó con énfasis, su principismo. 

• « * 


162 



Llega de noche a la quinta del Miguelete, que la 
espera con todos los candelabros encendidos. 

* * » 

Ha terminado la batalla. 

Le llegará, al fin, la paz definitiva. 

Se equivoca otra vez. 



163 



18 55 






I 


8 


5 


S 


A paz no ha de llegarle fácilmente* 
Transcurrida una semana desde su des- 
embarco, empieza Oribe a recibir noti- 
cias de los desterrados en Entre Ríos, No 
puede comprender Iturriaga, — el primero en escri- 
bir — como.su General no adopta una actitud deci- 
siva frente a las versiones corrientes sobre su relación 
con Flores, cuya vida pública parece terminada. Si el 
címdillo adversario no ha hecho hasta entonces otra 
cosa que perseguirlo, habiendo influido de una mane- 
ra cortante en su destierro a Barcelona; si lo vejó has- 
ta impedirle desembarcar a su vuelta de Europa; si "si- 
gue siendo un déspota que pretende perpetuarse en el 
poder para mandar a los orientales a rebencazos", 
¿cómo no desautoriza en seguida el General Oribe 
cualquier entendimiento con él? 

Como siempre, guarda Iturriaga el mayor respeto 
en las líneas que desde Gualeguaychú dirige en 19 
de Setiembre al Generar 'Oribe, que había creído al- 
canzar el reposo a la sola vista de su quinta del Mi- 
guelete. Pero esa consideración no le impide examinar 



169 



con serena energía el momento político. Cree que se 
está abusando del nombre del General. Se afirma que 
en las fiestas que la Unión dedicó a la paz de Setiem- 
bre, vivóse juntos los nombres de Oribe y Flores, y 
eso es una trampa dispuesta por el último. El tiene 
que comprenderlo, definiendo claramente su posición. 
Si no lo hace, el cisma del partido blanco, que se in- 
sinúa, será inevitable y profundo. Más. Hay que com- 
batir la calumnia. Se asegura también que el General 
Oribe ha escrito a sus correligionarios recomendando 
«1 General Flores. Iturriaga no cree la especie antoja- 
diza, habiéndola desmentido al propio Urquiza, a quien 
la ha hecho llegar el doctor Pico. Afirme Oribe en la 
prensa oriental que la aseveración de Pico es injurio- 
samente falsa. De no hacerlo, podrá creerse que la 
«migración uruguaya, que se mantuvo en Entre Ríos 
pronta a contribuir con su empuje y su sangre al aplas- 
tamiento de Flores, hubiese caído en una trampa, de 
haber llegado a tiempo a Montevideo. 

Poco a poco va haciéndose violento el tono de 
la carta. Debe ser inmediata la declaración pública de 
Oribe; él no puede tener nada de común con "Flores, 
ese caudillo falaz que traicionó a don Juan Giró y opri- 
mió al pueblo, pisoteando al partido blanco, y persi- 
guiéndolo a usted desde Julio dél 53 hasta que ha creí- 
do que podría favorecerse de su prestigio y de su 
nombre". 

— "Flores — agrega en una síntesis rencorosa — 
no será jamás sino un traidor sobre cuya palabra ¡des- 
graciado el que se fíe!" 

Luego, ya colmados varios pliegos, Iturriaga, cuya 
-vieja amistad con Oribe, a quien sirviera tantos años 


170 



como secretario particular, le ha conservado intacta la 
privanza, se decide a plantear al Jefe blanco los ver- 
daderos términos del problema político de la hora: 

— "Aquí no hay más que dos caminos, — indica — 
sin que a nadie le sea dado pasar por el centro sin el 
más grave riesgo de perderse. O cae Flores para no 
levantarse jamás, y etí su lugar tenemos la elección 
de representantes en la que no dejaremos de ser los 
más, y establecer, de consiguiente, un orden regular 
y estable, con la preponderancia del partido blanco, 
segura, incuestionable, o se mantiene la influencia de 
Flores y su partido, que se servirá de los blancos para 
mantenerse en el poder". 

Estrechando el cerco, advierte a Oribe que no pue- 
de mirar de lejos la situación de su partido y del país. 
De él depende el porvenir. Si elige mal, no podrá es- 
perar ni la paz hogareña. 

Oribe relee la carta de Iturriaga, y calla. 

. " Para golpear la conciencia de Oribe, no está 
sólo Iturriaga. Si este duda y pregunta, Ambrosio Ve- 
lazco afirma y condena. No escribe a Oribe porque hay 
antigua tirantez entre ellos. 

Pero ruega al secretario le trasmita su asombro 
por su viraje imprevisto con respecto a la revolución 
conservadora contra Flores. La aceptó al principio, 
mostrándose en seguida reservado, y combatiéndola 
al fin, al volcar su influencia por el caudillo contrario, 
hasta el punto de hacer cambiar el rumbo a la gente de 
la Unión, su antiguo baluarte partidista. 

Confirma así Velazco lo que ya es del dominio pú- 


171 



blico: si el movimiento contra Flores no ha resultado 
totalmente victorioso, sólo a Oribe debe imputársele. 

Lo más grave sin embargo, no habría sido la po- 
sición en que Oribe se colocara, sino el móvil que lo 
impulsara a ella, Velazco afirma, en efecto, que Flo- 
res pudo salvarse del desastre, porque Oribe exigió 
a los conservadores un gran precio por el concurso 
armado de su partido. Muñoz y Batlle lo descartaron 
entonces, haciendo saber al jefe blanco que no nece- 
sitaban de su fracción política. Para pintar el momen- 
to emplea Velazco un giro gráfico: 

— "Pidió Oribe las tarjetas de invitación al convite, 
antes de haber puesto el contingente". 

— ¿"Cómo no indignarse — dice Velazco — al 
pensar en una alianza "con un hombre como Flores, 
que nos ha tratado tan mal, y por el cual hemos co* 
rrido el riesgo de dividimos y de matamos a balazos?" 

Es tajante el difícil hombre público: 

— "Un blanco puro no puede unirse a Flores, "hom- 
bre brutal y pérfido". 

Tal vez el pulso de Velazco se haya apresurado 
al rogarle a Iturriaga quiera hacer llegar a Oribe su 
sentir: 

— "Una alianza con Flores no podrá menos que des- 
honrarlo". 

Oribe relee la carta, y no cohtesta. 

Enjuto siempre, aunque ya un poco encorvado, pues 
si los años son agobio lo •son más si se han vivido in- 
tensamente, Oribe vuelve ahora a menudo a su Villa 
de la Restauración, su creación y su feudo. Casi podría 
decirse: su hija. Pero modificaciones graduales, cam- 


172 



bios que no parecen importantes, la han transformado, 
haciéndosela casi ajena. El hombre lo siente en lo pro- 
fundo de las delicadas percepciones íntimas, y una 
melancolía parecida a niebla de otoño, fría y sutil, le 
ya ganando el alma. Ya su pueblo, por designio de los 
vencedores, llámase Villa de la Unión, y ya en las 
casas de paredes blancas y aberturas rojas, los firmes 
colores de su divisa federal empiezan a mezclarse con 
otros, en especial el celeste y el rosa, rompiendo así 
la antigua monotonía del encalado uniforme, impues- 
to por el Jefe. Detalles, pero detalles que pueden hacer] 
extraña, hostil, y hasta desconocida una fisonomía. 

Ha dejado Oribe su residencia de la Curva de las 
Maroñas, y vive ahora en el Miguelete, pero se acer- 
ca con frecuencia a la Villa. Todo lo que fué su vida de 
antes, su posesión y su poderío, le atrae con esa pa- 
sión extática y ardiente del pasado todavía cercano, 
pero que ya no puede asir ni dominar. Deja a veces el 
carruaje en la quinta de Capdehourat, y emprende a 
pie,, sin prisa, el recorrido de las calles, la búsqueda 
de los amigos. Faltan muchos, y él lleva dentro esa 
tempestad secreta, que es su todavía incierta posición 
política. De los camaradas antiguos él siente aún la 
adhesión, pero es ya una adhesión reservada, en algu- 
nos. De los menos, parece tenderse hacia él un frío 
desierto. ¿Cuál será la clave, cual el resultado de las 
consultas, propuestas, rechazos, indecisiones momen- 
táneas, o alejamiento definitivo de los hombres que lo 
acompañaron hasta entonces? Oribe llena las horas de 
espectativa con esos paseos en que va descubriendo la 
nueva fas del pueblo que fundara hace doce años. La 


173 



Unión tiene entonces no se qué de ccdlado, de semi- 
dormido. que es como un tono menor crepuscular. 

Con la paz, la mayoría de las familias pudientes 
se han instalado en Montevideo, y aquel bullicio mi- 
litar de los días del Sitio se ha convertido en calmo rit- 
mo aldeano. Clarean las filas. Unos amigos muertos, 
otros dispersos, algunos con esa reserva de actitud 
que él siente ya como esos golpes en el pecho, que 
no dejan herida visible pero duelen hondo. 

Oribe empieza a sentir que el poder es muche- 
dumbre, y el declive hermano gemelo de la soledad. 
Matices humanos que no logran cambiar ni las lati- 
tudes, ni las épocas, ni las razas. 

Sus paseos solitarios le brindan algunas noveda- 
des que ya no pasan del límite de una tibia curiosidad. 
Fontgibell ha roto la monotonía de la construcción baja 
y uniforme, de rectos dienteles y cercos con enredade- 
ras trepadoras, aportando la curva gracia de la bóve- 
da, de lejano origen caldeo, y del balaustre, tomado al 
plateresco español, y que llega aligerando barandas 
de azoteas, y hasta los cercos, en los que realiza la 
alianza del hierro y la mamposteria para hacerlos más 
fuertes. Su gusto europeo planta sobre las anchas su- 
perficies terminales de los muros, tunas y pitas bre- 
ves, dándoles así un pintoresco aspecto andaluz o gi- 
tano, especie de mínimos jardines aéreos, que son a la 
vez adorno y defensa, por esa punzante, intransigente 
trabazón de las plantas espinosas. 

Camina, expectante y pensativo, el antiguo señor 
del pueblo, y descubre de pronto, con alegre sorpresa, 
lo que hasta ese paseo le ha ocultado su guía: la plaza 
de toros, levantada en pocos meses por el mismo Fon- 


174 



tgibell, orgulloso por las 36 bóvedas llenas de gracia 
y fuerza, que custodian el redondel para la colorida y 
bárbara fiesta peninsular. El, que asistió en Barcelona 
a las electrizantes faenas de Cúchares, sonríe, olvidada 
momentáneamente de sus preocupaciones, imaginando 
los días de tendido en su pueblo americano, donde las 
sortijas y las pencas han polarizado hasta ahora el in- 
terés de los juegos populares. 

Luego una novedad más: el Mercado recién cons- 
truido, coincidiendo su apertura, decretada por Flores, 
con el cierre del matadero de Garrido, junto al Pasa- 
je de los membrillos, a los que tantas veces él viera 
florecer con distraída mirada, cuando era activo, po- 
deroso y dominador. En la callecita de la Luna, Prelias- 
co ha levantado su casa, de portalón con cuarterones 
y alto y breve balcón al que decoran los claveles del 
aire. Toda esa callecita, al final de la que viviera en el 
Sitio Joaquín Requena, se ha cubierto de arcos de 
medio punto y balaustradas. Son mucho, dos años de 
ausencia, en la vida de un hombre. El también trae un 
físico estilizado por la enfermedad, un sombrío temblor 
íntimo que empiezan a hacerle conocer sus propios ami- 
gos descontentos. 

jLa Vida! Le dicen que acaba de morir en Bahía 
aquel médico que fuera su amigo en la Restauración, 
Francisco García de Salazar y Morales, con más ape- 
llidos que suerte, y que los vecinos del pueblo se han 
distribuido sus hijos chicos para evitarles la mendici- 
dad callejera. Se le murió Larravide hace apenas dos 
meses, cuando él andaba todavía por el mar, y suba 
ahora las escaleras de aquella casa antes lujosa y hos- 
pitalaria, con el corazón oprimido por una pena hon- 


175 



da. Encuentra allí una triste mujer enlutada y llena de 
angustias que jamás se hubieran previsto para ella. 
La rica casa ya no tiene alfombras, platerías, ni ami- 
gos. Acreedores implacables asedian a la viuda a la 
que no queda sino su haz de huérfanos. Oribe tiene 
entonces un gesto de gran señor, que ha recogido la 
historia. 

En el claroscuro de su vida, este gesto aparece co- 
mo una luz entre sus duras, arremolinadas sombras. 
No es rico: lucha, él también, con apremios económi- 
cos, pero no vacila en dar a la viuda del que fuera su 
amigo, la garantía amplia de su firma que no le ha 
sido pedida. Ella debió pensar entonces que su marido, 
siendo como lo fué un fervoroso partidario del Jefe del 
Cerrito, no sembró en el mar. 

Oribe vuelve a menudo a la Unión, como si esta 
Villa, impregnada de su propia existencia, tuviera para 
él el poder de un imán. Cuando se ve palidecer la pro- 
pia estrella, el pasado feliz tiene una atracción difícil 
de vencer, y las cosas que fueron testigos del esplen- 
dor, hablan con voces secretas, que, el que sufre o tiem- 
bla, entiende nítidamente. 

Ha de pensar el General den Manuel Oribe que 
todo aquello es obra suya, y que sobre el inmenso y 
agresivo campo del Cardal, ha fundado un pueblo don- 
de el amor, la vida y la muerte, traban por siglos su 
faena. 

Tal vez haya dicho casi en voz alta, sintiendo su 
ocaso: 

— "Ya tengo un sitio para mi sombra". . . 

Es así como el ser perecedero siente que la inmor- 


176 



talidad no es un mito, y que hay que construir, para 
permanecer. . . 

Oribe debió sentir en esa época de su vida, que 
la voz de Iturriaga y el pensamiento de Velazco, bien 
pudieran ser el grito y la advertencia de su partido. 
Olvidar el pasado hasta tender la mano al adversario 
que cae, tenía que ser una actitud inconcebible para 
cualquier blanco de firmes y claras convicciones parti- 
darias. 

En la Villa de la Restauración, y en casa del capi- 
tán Quesada, a la diez de la mañana del domingo 
11 de Noviembre, mientras en la plaza cercana se em- 
bretaba los toros para la corrida de la tarde, firmóse 
solemnemente el Pacto de los Generales. Las dos pri- 
meras firmas son las de Oribe y Flores. En el pliego 
que registra la última cláusula, los dos nombres lle- 
gan casi a tocarse. 



177 




EL DESALIENTO 




EL DESALIENTO 


RIAMENTE recibió la opinión pública el 
Pacto de los Generales. Esa fusión de par* 
.idos antagónicos, decretada por los cau- 
dillos, no podía entusiasmar a blancos ni 
a colorados, y se la aceptó como irremediable, pre- 
viéndose para las próximas elecciones un fuerte ale- 
jamiento de las urnas. 

- La Unión agasajó, sin embargo, a Oribe. Conser* 
vando el antiguo baluarte federal firmes núcleos de 
opinión partidaria, programóse en su honor festejos 
populares, que prolongándose, fueron desde las serena- 
tas hasta las procesiones cívicas con antorchas. 

En el camino de la Unión — reverso sombrío — 
en los últimos días de Noviembre del 55, hubo de ser 
asesinado Oribe a raíz del pacto recién firmado. 

Fué en el atardecer del 23. El jefe blanco confe- 
renciaba en el Fuerte con el Presidente Bustamante, 
cuando se le hizo saber . Ja urgencia con que preten- 
día hablarle a solas el oficial Borges. 

Borges inquietó al General: de vuelta a la Unión, 
y a la altura del pantano de lo de Gallinita, detendría 
su coche un grupo encargado de ultimarlo. 



181 



No desdeñó Oribe el aviso, como lo hiciera Quiro- 
ga en circunstancias idénticas, y a su actitud debióse 
que en las calles de Montevideo no se repitiera el trá- 
gico episodio de Barranca Yaco. Tomando a caballo por 
un camino apartado, envió vacío y con las cortinas 
bajas su carruaje, y cuando los conjurados lo rodea- 
ron en el recodo pantanoso, sólo pudieron cump-ir la 
criminal consigna en el cochero, que, mal herido, ape- 
nas consiguió llegar, desangrándose, a las primeras 
casas de la Restauración. 

Atribuyóse el origen del atentado, al doctor José 
María Muñoz, jefe de los conservadores y hombre de 
pasiones fuertes, bajo cuyo mando inmediato estuvo 
ia revolución que luego de cuatro días de combate 
en las calles de la ciudad, terminó, al lin, con el some- 
timiento de los insurrectos. 

Luego, el Pacto firmado en Noviembre, viró insen- 
siblemente. Lo que empezara por leve preponderancia 
de Flores, convirtióse muy pronto en influencia de- 
cisiva por parte de Oribe. 

Montevideo fué desde entonces nido de conspira- 
ciones resistas contra el gobierno de B. Aires, invadién- 
dose cinco veces territorio argentino en otras tantas 
intentonas que tienen aquí su origen. 

Aproxímase mientras tanto el momento en que han 
de renovarse los poderes públicos en el Uruguay. 

Apenas los caudillos .inician conversaciones sobre 
candidaturas, Flores ofrece a Oribe la Presidencia de 
la República. 

— "Sólo su mano de fierro, — le dice — podría 
salvar al país". 

Oribe declina el ofrecimiento, y el otro, creyéndose 


182 



fuerte, lanza entonces el nombre de don Francisco 
Agell, que fuera por dos veces su ministro. 

No lo rechaza Oribe. 

Pero de pronto "Le República", diario que respon- 
de al pensamiento del jefe del Cerrito, declara que no 
hay más que un candidato viable, v eme ere candida- 
to es el ciudadano Gabriel Antonio Pereyra. 

Flores transa. 

Los contrarios al pacto, levantan inmediatamente 
el nombre del general César Díaz. 

Cuando horas antes de la elección se ordena al 
candidato conservador que se presente en la Coman- 
dancia General de Campaña. Díaz, previendo el lazo, 
franquea con Pancho Tajes los umbrales de la Lega- 
ción de España. 

24 votos de mayoría reúne Pereyra. Cuando el 
Presidente de la Asamblea proclama su triunfo, por so- 
bre los "vivas" destácase un grito aterrador: 

— "Mueran los salvajes unitarios!" . . . 

Ese grito es la sintesis del Pacto. 

Y es su proceso. 

Pereyra reasume el mando el 1.® de Marzo de 1856. 

Cuatro días después quita a Flores la Comandan- 
dancia Militar de Campaña, exigiéndole inmediata ren- 
dición de cuentas. 

Como hombre de máxima influencia en el esce- 
nario político, queda Oribe. 

En ese momento Oribe adopta la actitud más inex- 
plicable de toda su larga vida pública. 


183 



La faz del desaliento. — 

¡Alma misteriosa y contradictoria! El hombre pa- 
triota y altivo de la Agraciada, Ituzaingó y el Cerro, 
llega en pleno ocaso a renegar de su nación, y elige 
• a Francia, con la que no tuvo nunca lazo alguno de 
ideales o sangre, como futura patria de adopción. 

Aunque él llegó a admitirlo, no pudo ser el te- 
mor por su propia vida lo que debió impulsarlo a de- 
cisión tan grave: en su existencia llena de secretos 
y hermetismos, enormes desilusiones, capaces de ha- 
berlo hecho acariciar la idea del suicidio, tienen que 
haber labrado su espíritu casi con un ansia de muerte. 
La familia, que él amó entrañablemente, desvió la in- 
tención, que encauzóse hacia ese suicidio moral, que 
tal hubiera sido, para un hombre de su significación 
histórica, la renuncia de su nacionalidad. 

Causa asombro esta actitud de Oribe, hasta por- 
que sabiéndose descendiente de noble prosapia espa- 
ñola, pudo acudir a la patria de sus mayores en busca 
de un refugio, y no lo hizo, dirigiéndose en cambio a 
un país que no tuvo nunca sus simpatías. 

Con franceses había poblado Oribe en el Duraz- 
no el primer campo de concentración que vieran estas 
tierras de América, apenas llegaron al Uruguay las tro- 
pas argentinas que pusieron cerco a Montevideo. Y no 
eran criminales los hombres a quienes se cubrió de ha- 
rapos por tres años en el campamento del Yí. 

Uno de los rehenes fué el doctor Vavasseur, profe- 


184 



sor de la Facultad de Medicina de París, y hombre de 
tan alto y raro espíritu, como para lamentar solamer» 
te, al final de sus tremendos padecimientos, la pérdida 
de su colección de arácnidos, con tanto fervor iniciada 
años antes en la estancia del Pichinango. 

Por otra parte no hay que olvidar el republicanis- 
mo de Oribe, que debió apartarlo también de la Fran- 
cia imperial de Napoleón el pequeño. 

Es una mezcla tal de claridad y de sombra, — de 
apretada sombra — el alma de Oribe, que hay en su 
vida hechos que serán siempre un enigma de encon- 
tradas suposiciones fluctuantes entre el bien y el mal, 
entre la comprensión de las debilidades humanas, y el 
encono que despiertan ciertos actos inconcebibles en 
seres que tendrían el deber de situarse siempre por 
sobre las flaquezas comunes del rencor y del des- 
aliento. Perdonó a Urquiza el puntillazo del Sitio, y no 
dejó de ser su amigo; supo olvidar los agravios de Flo- 
res, hasta aproximársele en la alianza de un pacto, 
mientras para los correligionarios y camaradas de épi- 
ca, descontentos con su política de fusión, no tuvo la 
indulgencia o la justicia que un desapasionado .exa- 
men de los acontecimientos debió darle. 

Hay que ser justos, por lo demás, con el hombre 
de valor probado que fué siempre el general Oribe, y 
afirmar, contrariando su palabra, que su sostenido 
afán de llegar a ser francés, no pudo serle dictado por 
el temor. Es más probable que otras tremendas y vio- 
lentas reacciones de su alma, lo arrastraran, en un 
ardiente impuso de rebeldía, a tal resolución inaudita, 
que ningún oriental había adoptado hasta entonces. 


185 



Abandonando su ciudadanía, quizás haya querido 
afrentar a los viejos partidarios que se le apusieron 
el 55, en actitud que él interpretó como defección o 
intransigencia, y aquellos como indeclinable dignidad 
cívica, única posible en el excepcional momento histó- 
rico que vivían. 

Orgulloso y terco como eVa, no podía aceptar ca- 
lladamente tal actitud, que debió sufrir como un agra- 
vio, o como una insolencia. El era el Jefe. Siempre ha- 
bía sido, para los blancos, el Jefe. Y he aquí que un 
selecto grupo de los suyos se atrevía, de pronto, a in- 
subordinarse y a acusarlo. Diego Lamas, Dionisio Co- 
ronel, Ignacio Soria, Lucas Moreno, Lasala, Viana y 
Velazco, lucharon por arrancarlo al embrujo de Venan- 
ció Flores. De lejos venía el descontento, cercándolo. 
Lo hizo sufrir el anatema del cura Ereño, con quien 
edificara piedra sobre piedra el templo de la Unión, y 
ahora difundía en Gualeguay, desaforadamente, su re- 
sentida protesta por el Pacto de los Generales. Luego, 
la desesperada carta de Iturriaga debió chocar con 
su enconada voluntad, resuelta ya al paso gravísimo) 
del cambio de ciudadanía. ¡El, el cruzado del año 25, 
manchándose con tal deseo! Pero no fué vano el grito 
del cmigo, ni cayeron en el vacío sus razones. Oribe 
murió uruguayo, como había nacido, y a pesar de la 
trágica vergüenza de la Guerra Grande, a pesar de 
sus errores, y a pesar de sus culpas, hasta sus adversa- 
rios habrán de estudiarlo siempre como connacional. 

No es copiosa la documentación sobre la extraña 
actitud de Oribe, que comentamos alejándonos de la 
conjetura 


186 



Una pieza, sin embargo, reviste excepcional inte- 
rés. Es la carta que escribió al general Oribe don Agus- 
tín Iturriaga, en 5 de Mayo de 1856, intentando hacerlo 
abandonar su propósito de nacionalizarse francés. Sus 
pliegos merecen ser estudiados frase a frase, no sólc 
por lo que entregan ya de la vigorosa personalidad del 
eminente secretario, sino por lo que toca al General Ori- 
be, en esa faz secreta y tal vez culminante de su vida 
política. 

En la existencia de los hombres que han escalado 
cargos muy altos con fuerte proyección hacia la histo 
ria, la hora del desaliento es siempre una de las más 
importantes. 

"Sr. B. G. D. M. O." 

Mi respetado y querido Sr. General: 

V. no ha mandado en busca de la carta o nota 
que me pidió, le hiciera, y así me da tiempo para con- 
sultarle algo sobre la forma en que se le dijo por el 
cónsul francés, que debía ir. Al mismo tiempo me da 
la ocasión de rogar a V. que se sirva atender mis últi- 
mas razones, contrarias a su propósito, después de lo 
cual, habiendo cumplido un deber de amistad y de ad- 
hesión sincera y leal para con V., un deber de con- 
ciencia rigurosísimo, si insiste en que le haga lo que yo 
considero un triste servicio, lo haré resignado, ya que 
esa es su voluntad. 

No sé si esa solicitud ha de ir con la forma de car- 
ta o de petición, según nuestra costumbre, y como me 
parece que V. me dijo que. bastaba una carta, se lo pre- 
gunto para que se sirva explicármelo. 


187 



Además de eso, verdaderamente no sé en que fun- 
dar la petición. La resolución del individuo que perte- 
neciente a una nación republicana, repudia su ciuda- 
danía para tomar la de otro país, y de un país monár- 
quico, es necesario que se base en fundamentos tan 
poderosos, que al explicamos su naturaleza haga jus- 
tificar un paso tan grave. Antes de ahora, cuando el 
señor General era perseguido, cuando la República 
era amenazada de ser absorbida por el Brasil, que su 
gobierno intervenía bruscamente en nuestros asuntos 
internos, cuando sus tropas ocuparon el territorio, el 
General don Manuel Oribe, que no podía conjurar el 
peligro que amenazaba la independencia de la patria, 
y que no pudiendo evitar su esclavitud, pretendía por lo 
menos, sustraerse a ella, pudo hacer servir esa razón, 
para cohonestar la pretensión de optar a una ciudada- 
nía extranjera. Mas hoy, que no existe ese peligro, que 
la intervención brasilera fué derrotada, y que sus tro- 
pas dejaron el territorio; hoy que el £r. General no es 
perseguido, y que por el contrario acaba de jugar un 
rol, importante, en la suerte de su país, en cuya acti- 
tud ha demostrado que podía hacer uso de una influen- 
cia merecida entre sus compatriotas, ¿qué razón pue- 
de aducir para motivar su decisión de optar y pedir 
una ciudadanía de otro país? 

Yo no la encuentro, francamente, y con la más 
completa fe, digo a V. que no sé qué razón poderosa 
puede fundar tal pretensión. Una mera decisión de la 
voluntad de V. no es bastante. Las Constituciones de to- 
dos los países, determinan los casos en que se puede 
optar a la ciudadanía. La francesa, como la nuestra, 
que no es mees que una imitación de las de países más 


188 



viejos, dice cuáles son esas condiciones, y como una 
de las altas atribuciones del monarca, más bien una de 
las regalías de su poder soberano, le acuerda la de con- 
ceder la ciudadanía, a los extranjeros que hubieren he-" 
cho importantes servicios a la Nación, a juicio del Go- 
bierno. Pero no es la Francia, a fe, quien puede lison- 
jearse de los servicios ni de las simpatías que le haya 
consagrado en toda su vida y especialmente, en los 
días de su poder como primer magistrado de esta Re- 
pública. 

Nuestros enemigos mismos, en el año 51, cuando 
procuraron no sólo inmovilizarlo sino humillarlo, no pu- 
dieron dejar de convenir y establecer en las dos con- 
venciones que entonces se firmaron, que los servicios 
prestados en la guerra contra los extranjeros, fueron 
hechos a la Patria; términos más o menos expresos. 

La Francia, la Inglaterra, ni otro alguno de los ex- 
tranjeros, nos perdonaron nunca la propaganda de 
Americanismo, que por años seguidos opusimos a sus 
pretensiones de dominación. 

.. "No es pues, motivos de simpatía lo que podrá de- 
cidir al Emperador de los franceses, a tomar a su car- 
go la habilitación que entregue algo de los derechos 
de sus compatriotas al General don Manuel Oribe, que 
era el adalid de aquella lucha de principios y en la re- 
sistencia gloriosa que ofrecieron estos países a las ten- 
dencias de conquista que ejercía la intervención anglo 
francesa hacia nosotros. 

Un solo motivo puede impulsar al Emperador Na- 
poleón a ver con gusto la solicitud de V., pero ese mo- 
tivo es doloroso para V. y para todos nosotros. El orgu- 


189 



lio de los franceses se halaga con ese paso. No quie- 
re decir, sin embargo, que, satisfecho ese innoble pla- 
cer por parte de los franceses, no deje de quedar de- 
sairada la solicitud, si quieren. Pero conseguida o ne- 
gada, una vez que llegue el hecho a ser del dominio 
público, que no podía dejar de suceder, ios orientales . 
no dejarían jamás de considerarse humillados. El en- 
greimiento de los franceses no podrá tacharse de ile- 
gítimo, desde que sean ellos los primeros entre las na- 
ciones europeas, que son escogidos para dar acogida 
a un General Americano que lo solicita, sin más títu- 
los que el cansancio producido por nuevas y ruinosas 
pasiones políticas. Y en la hipótesis de que esa solici- 
tud pueda ser negada, fíjese, señor General, en sus 
consecuencias. Esa inútil tentativa para sustraerse a 
nuestra comunidad nacional, le acarrearía mortifica- 
ciones muy crueles. Nadie ha hecho eso todavía y per- 
dóneme que le asegure que nadie lo hará sin ser mal 
juzgado en la opinión pública universal. Prescindiendo 
de esas consideraciones, hay todavía una razón que 
debe pesar mucho en el ánimo del señor General. La 
situación de nuestro país, hoy, no es la misma que te* 
nía hace poco. El gobierno que acaba de inaugurarse 
y cuya existencia debe a V. tanto; que cuenta con el 
apoyo moral de su influencia, caso dado que esa exis- 
tencia sea una realidad y con ellas las esperanzas de 
orden y de reparación que van concibiéndose, con la 
segregación que V. se propone, va a recibir un golpe 
terrible. Apenas organizado en su personal, cuando ne- 
cesita el concurso directo o indirecto de todos, pero 
más esencialmente de parte de V., su apartamiento y 


190 



decisión de abandonarlo, nada menos que renuncian- 
do a la ciudadanía e inhabilitándose de consiguiente, 
para todo, va a herirlo mortalmente. La reflexión ra- 
cional que todos se harán, es que V. no confía en el 
porvenir y, siendo la base de la existencia y de la mar- 
cha administrativa de un gobierno, el restablecimiento 
de la confianza con las mayores probabilidades de per- 
manencia, ¿cómo podrá tenerse fe en esa posibilidad, si 
se ve desconfiar de ella a una de las personas, tal vez 
la más autorizada para responder de que la obra com- 
plementada el l.° de Marzo, no fué una quimera, sino 
un hecho que se acepta hoy como muy capaz de pro- 
ducir un período estable de felicidad y grandeza para 
la República? 

Mire, señor General, la cuestión bajo ese punto 
de vista y vea cuántas razones se apoderan de su es- 
píritu patriótico, para desechar ese pensamiento, que 
ha logrado fatalmente fascinarlo. Por lo menos tómese 
tiempo, señor, y obre después; cuando no pueda in- 
terpretarse su resolución del modo inconveniente que 
lo sería en la actualidad, porque su realización puede 
ser hasta desastrosa, pues, de nuevo me permito la li- 
bertad de hacer a V. presente que si no desiste, a lo 
menos por ahora, de su propósito, va a abrir una bre- 
cha enorme a ese gobierno que está en el caso de sal- 
var al país de una disolución total, de un gobierno en 
cuya creación tiene V. la principal parte. 

Me persuado de que con este acto quiere V. dar- 
nos a todos una prueba de su desprendimiento, de su 
abnegación, de su decidida resolución de no aspirar a 
nada. Pero, por Dios!; toda su vida está ahí. diciéndo- 


191 



nos cuáles son sus principios, y si algo faltase, ya se lo 
dije a V. el otro día, ahí está el último paso de su vida 
pública. Para lograr, según el juicio de V. la paz, cón 
la organización de un gobierno regular, usted prescin- 
dió de muy justas consideraciones a la opinión de una 
gran parte de los hombres de su partido político, y yo . 
fui uno de ellos, que tuvieron la aspiración de trabajar 
de una manera más directa, para la reorganización del 
país y por amor a la paz, procedió de mánera que, si 
bien débese esperar que sea coronada de un éxito fe- 
liz, con la creación de un gobierno pacífico y que dé 
a todos garantías, no ha dejado de sujetar a V. a muy 
grandes sacrificios. Después de eso, se le ve a V. el pri- 
mero en su casa; abstenido del poder, no queriéndolo, y 
declinando de toda influencia en la administración; 
¿qué más se quiere? ¿Qué mayor prueba de desinterés 
y abnegación? 

Pero una y otra, naturales, razonables, y que ha- 
cen a V. el más alto honor. Basta eso. Lo demás es 
tocar los extremos, sobre todo hasta donde V. quiere 
tocarlos, y que no puede dejar de producirle los ma- 
yores sinsabores personales. 

¡Qué más quisieran sus enemigos, señor General, 
qeu verle dar ese paso en estas circunstancias! 

Medítelo señor!, y ya que su pobre amigo nada pue- 
de con V.; ya que la lealtad de su carácter, su amis- 
tad y su franqueza no tengan valer en su ánimo, atén- 
gase al consejo de personas más importantes, pruden- 
tes, versadas y responsables. 

Yo no quisiera que nadie tuviera intervención en 


192 



este negocio; pero si tiene confianza en el General 
Guido, ¿por qué no lo consulta? 

Las facilidades que le ha ofrecido el cónsul fran- 
cés, son para mí, sospechosas. 

(Luego vienen estas palabras, tachadas en el ori- 
ginal, pero perfectamente legibles: "Es francés, y le li- 
sonjea íá perspectiva de nuestra humillación, enalte- 
ciéndose ellos"). 

Ahora, a mi vez, yo voy a consultar a V. en cosa 
propia. Voy a ver si me procuro un medio de traba- 
jar. Creo que habrá paz, y que para el año que viene 
trabajarán los saladeros aquí: que habrá animación en 
las transacciones con la campaña. Me propongo hacer- 
me agente de los hacendados para la venta de gana- 
dos, y para lo que se les ocurra en su negocio. Reco- 
mendado por mis amistades en el oampo, y por las que 
espero que oportunamente V. me dará, podré quizás 
hacer mucho. ¿Qué le parece? Es necesario ya tratar 
de trabajar y vivir. En cinco años y después del trastor- 
no de mi esperanza en el año 51; no he hecho más 
que sacrificarme, sin ganar nada, puede decirse. 

Si a V. le parece bien mi pensamiento, me ani- 
mará mucho. 

Ordene V. como quiera a su amigo y servidor 
Q.B.S.M. 


J. A. I. 

Casa de V. Mayo 8 de 1856. 

Pero no fué en 1856 cuando sintió Oribe, por pri- 
mera vez el extraño deseo. 

Tres años antes, desde la ciudad de ’iSan José, y en 


193 



la noble casa de don José Bruno Larriera, escribió el 
general Oribe a Napoleón III la carta siguiente: 
San José. Agosto 3 de 1853. 

Sr. 


Nacido en el suelo de la R. O. del U.. del continen- 
te sud americano, desde mis primeros años consagré la 
vida al servicio de mi patria en los lejércitos que com- 
batieron por su libertad, hasta obtener de ser corona- 
dos los nobles esfuerzos de mis compatriotas con la 
liberación de nuestros países. 

Nos estaba reservada, Sr.., una de las más duras y 
terribles calamidades que pesan sobre. . . común. 

. . .y con. . . desprecio de la paz y del respeto. . . 
que eran la salvaguardia. . . que presentaban la vida 
y la propiedad. Desde entonces uno a uno se han su- 
cedido los facciones; son estériles los grandes. . . de 
prosperidad nacional, y ni aún. . . consintieran los prin- 
cipales derechos del hombre en sociedad. 

Hemos. . . No puede ocultarse a las personas me- 
nos previsoras que algunas naciones limítrofes ambicio- 
nan la conquista de este país. Esa conquista es un por- 
venir risueño para el B. y sus. . . aspiraciones del. . . 

Sustraerse a las dolorosos consecuencias del triste 
cuadro que brevemente dejo bosquejado ante V. M. I., 
es el objeto con que tengo el honor de hacer llegar 
ante el trono de vuestra Majestad I. este humilde es- 
crito, para impetrar la gracia de que, por un rasgo de 
esa magnanimidad que hace la ventura de la Francia, 
se digne permitirme un lugar entre los hijos de la gran 
nación, amparándome y naturalizándome en ella. 


194 



A esta gracia, Sr. será eternamente grato a Vues- 
tra Majestad I. cuyos pies Besa. 

Manuel Oribe. 

Aclara en estas líneas el Jefe del Cerrito, su deseo 
de abandonar el país; cree que la intervención brasi 
lera es funesta, y que el Imperio ( busca la reconquista 
de la antigua Provincia Cisplatina. El Uruguay es libre, 
todavía, pero Oribe no soporta la idea de, la tutela ex- 
tranjera, y decide irse. 

No tuvo esos escrúpulos diez años antes, cuando 
plantando sus tiendas en el Cerrito, debió entrever la 
suerte final de su patria, en caso de rendirse Monte- 
video. Porque él venía con el título de General en Jefe 
del Ejército de Vanguardia de la Confederación Ar- 
gentina, representando a Rosas y defendiendo' sus mi- 
ras que llevaron al futuro Restaurador, en Setiembre de 
1828, a buscar al general Lavalleja, destacado en Me- 
ló, para decirle, en nombre de Dorrego, que ¡no exigie- 
rg en la Convención del Janeyro, la independencia ab- 
soluta de la Provincia Oriental. 

Pero no es sólo el temor de una absorción del 
Uruguay por el Brasil lo que lo empuja. — Teme por 
su vida y la de sus amigos políticos, ya, que — escri- 
be — las violencias de ¡Flores crecen diariamente. 

Eso piensa. Pero no es lógico en todo el proceso 
al fin del cual adopta la actitud del renunciamiento. 
Cuando se va, lo hace por imposición adversaria. Lo 
destierran. Pide le permitan ir a Entre Ríos: lo obligan 
a embarcarse rumbo a España. Ya en Barcelona pudo, 
cruzando los Pirineos, establecerse en tierra francesa. 


195 



añorada por él, pocos meses antes, no como lugar de 
transitorio descanso, sino como patria definitiva ele- 
gida por su albedrío. 

¡No lo intenta. 

'Faltan documentos que permitan asegurar, por otra 
parte, si llegó hasta Napoleón Ja súplica del general 
americano. Es posible que no, ya que en Agosto inició 
Oribe por los departamentos su gira política, interrum- 
pida bruscamente por Flores, al llevarle a su quinta 
del Miguelete, el pasaporte que lo extrañaba para fue 
ra de cabos. 

Resulta difícil percibir el verdadero pensamiento 
de Oribe, su excrcrto estado de ánimo en los últimos 
meses del 53, aún disponiendo de la invalorable corres- 
pondencia inédita de que hemos podido disponer. 

Más espinoso es valorar su actitud del 56. 

El panorama ha cambiado entonces. Los brasile- 
ros han abandonado el país y ni Oribe ni su partido 
son objeto de persecuciones, ocupando el antiguo je- 
fe del Cerrito, en la nueva posición política derivada 
del triunfo de Pereyra, un lugar de primer plano, como 
le correspondía, en realidad, por el papel de Gran Elec- 
tor, que había desempeñado después del Pacto de la 
Unión. 

Y ahora, anotemos la coincidencia entraña: 

Vencido en Caseros, Rosas se refugia en Inglate- 
rra, su odiada enemiga; cuando a Oribe lo envuelve y 
domina el desaliento, intenta encontrar descanso en 
tierras de Francia, a la que nunca quiso. 

Pero mientras Rosas se afinca en Southampton, y 


196 



un cuarto de siglo después de su caída, muere en tierra 
británica posando de granjero, sin haber sentido el me- 
nor impulso de renegar de la patria lejana. Oribe de- 
muestra, en Agosto del 53 verdadera prisa en hacer 
abandono de su ciudadanía, de la que tan orgulloso se 
mostró siempre, hasta en los tiempos en que, coman- 
dando tropas extranjeras, llegó ante la ciudad de su 
nacimiento para ponerle cerco. 



197 



LA EXPIACION 




L A 


EXPIACION 


ABIA llegado, pues, el general Oribe a 
la faz más penosa en la vida de un hom- 
bre: la del desaliento. Tenía sesenta y 
cuatro años y su estado anímico justifica- 
ba la súplica de doña Agustina, la esposa abnegada 
cuyos últimos años, llenos de temor por la suerte del 
compañero, no habían sido otra cosa que un cotidiano 
tirarse de rodillas ante la imagen de la Inmaculada: 

— "Cuiden a Manuel — escribe a un íntimo de la 
familia; — lo veo tan abatido como para temer que 
atente contra su vida". 

Al hombre que supo dominar a fondo los "placeres 
viciosos" de que habla Tolstoy, — nunca bebió Oribe, ni 
jugó jamás — tomólo exageradamente entonces la 
sencilla distracción del mate y del cigarro. Abusó de 
ellos hasta perder el sueño. Ahondáronsele las ojeras, 
siempre tan pronunciadas en él, que hacían resaltar 
el fulgor de sus ojos verdes, emboscados en las salien- 
tes órbitas. Oribe no fué hombre de faz comunicativa, 
sino reconcentrada. Pero ahora era otra cosa. Persistía 
la dureza de su mirar, con algo nuevo, de melanco- 



201 



lía sutil, así como un descontento íntimo, transparentán- 
dose en sus actitudes. 

Es posible que el balance de su vida lo haya con- 
ducido a ese desasosiego. Su existencia, desde la vís- 
pera del combate del Cerrito, en que su madre lo pre- 
sentó a Rondeau destinándolo a la patria, debió estar 
siempre al servicio de su país. Dudaba ahora de haber 
cumplido su deber sin claudicaciones. 

Cuarenta años duró su batalla. En esos cuarenta 
años, — bien lo comprendía ahora — tuvo errores de- 
masiado hondos como para acongojarlo en el momento 
del ajuste. 

Errores y culpas. De haberlas repasado contrita- 
mente, como las cuentas de un rosario, tiene que haber 
sufrido. 

Lo que no recordó íué la dureza cruel que utilizó 
en la guerra. 

Había deseado ser un héroe a la manera de los 
de Plutarco. Pero para eses reza la frase breve: 

— "No hay grandeza sin clemencia". 

Jamás la tuvo Oribe para el vencido en los comba- 
tes. Ni en Sarandí, ni en el Cerro, ni en Arroyo Grande. 

No la ejerció con Juan Tomás Sosa, Encamación Pa- 
rraguirre, Tomás Barca, Modesto Lugo, Manuel Gonzá- 
lez, patriotas sin más delito que el ser portadores del 
triunfo en las Misiones. No la prodigó con Cubas, ni 
con Avellaneda, ni con Florencio Varela, ni con Dubro- 
cas, adolescente sin culpas, trasegado en un momen- 
to de ira, a las innobles manos de "don Indio", el de- 
gollador. 

Y si es verdad que el coraje sólo se ejerce contra 
la resistencia y se detiene frente al enemigo indefen- 


202 



so, a riesgo de convertirse en cobardía, habría que 
llegar entonces a la convicción de que fue un mito lá 
bravura de Oribe. 

Un escritor latino dijo de Julio César, que "era 
tan dulce en la venganza, que habiendo rendido a unos 
piratas se limitó a extrangularlos a pesar de haberlos 
amenazado con la cruz. A todos les colgó del madero, 
pero ahorcándolos antes, para evitarles así el tormen- 
to de la crucifixión". 

Aceptan los antiguos que sólo la cobardía es ca- 
paz de engendrar la crueldad, y compartiendo ese jui- 
cio llegó Montaigne a transformar en axioma la pre- 
misa que pretende que el valor brutal, inhumano y per- 
verso, va, generalmente, unido a la femenina blan- 
dura. 

Hombre de tan compleja -psicología. Oribe esca- 
pa a generalizaciones tan peligrosas. Demasiado pro- 
bó su temerario arrojo en los entreveros por la patria, 
cdftio para discutírselo. Si la intrepidez de Lucas Pí- 
riz salvó una vez la vida de Oribe en las provincias, 
la intrepidez de Oribe arrancó de la muerte en las pro- 
vincias al general Urquiza. 

Este, hombre no debió pensar nunca en su dureza 
guerrera como en un delito contra la humanidad. 

Tenía que sentirse fruto de la época ruda en que 
actuara, sin recordar los ejemplos de misericordia para 
el vencido, que supieron usar algunos de sus contem- 
poráneos. 

Algunos de sus contemporáneos lo bastante iletra- 
dos como para no saber oír sino instintivamente, el 
eco de estas palabras milenarias: 


203 



— "Matar a un hombre es ponerlo al abrigo de 
nuestras ofensas". 

Le place ahora deambular solo por el pueblo, gus- 
tando el aislamiento. Se lo escamotean. La populari- 
dad fatiga y los hombres que la sufren comprenden 
el descanso del anonimato. 

Ninguna visión violenta ahonda su gesto triste: la 
raíz de su sufrimiento no se nutre en la rudeza de pa- 
sadas acciones de guerra y triunfo. 

Lo seduce el crepúsculo. Vaga sin destino por las 
callejuelas del villorrio que agrupa tantas casitas ba- 
jas. Dentro de ellas cristaliza, para los que vendrán, el 
ensueño. En la altura modesta de sus viviendas reside 
todo el encanto del caserío. Limitando el jardín, un 
cerco breve, por encima del cual contemplan los sim- 
ples la enorme redondez de la luna, cuando surge del 
bañado para ascender luego en el dulce cielo de la 
Restauración. Los pueblos que crecen a lo largo, no 
sospechan que guardan en esa humildad el misterioso 
secreto de su hechizo. 

Cuando bien entrada la noche, huida la velada en 
lo de Miró o en lo de Spina, retoma el General el ca- 
mino del Migúele te, pocas candilejas oscilan en la al- 
dea. Duerme el pueblo. Los cascabeles de las colleras 
del carruaje, denuncian la vuelta lenta. 

¿Qué pensará de él toda esa gente que descansa 
en el sueñe, y que se le mostró, en el cruce, reservada 
o fervorosa? Intentar descubrirlo, fuera como preten- 
der arrancar a las casas su techumbre, a los cráneos 
su bóveda. No se entrega sin lucha el pensamiento, 
ni el menos escondido. Tal vez ignore Oribe que una 


204 



parte de su tristeza está grabada por la nostalgia 
del mando. Sin haber vencido, fue dueño, en el Sitio, 
del país entero, mientras el adversario guardaba deses- 
peradamente la Capital amurallada. El que fuera el 
jefe, no podía resignarse a constituir ahora una figura 
ciudadana rodeada de odios, que, a pesar de las ido- 
latrías, que también lo cercaron, pesan más que ellas 
en el ánimo humano. 

Esta falta de resignación culminó en desaliento. 

A cierta altura de la vida la borda debe aventar 
todo lastre. Quien pretenda la felicidad no olvide la 
vieja fórmula: 

— "Ser sencillo, aceptar todo, no tener memoria". 

¿No tener memoria? 

jNo! 

¡Es una fuerza el recuerdo!... 

Era coronel de caballería y estaba en retiro cuan 
d.O"casose en Febrero del 29. Percibía entonces, como 
única entrada, ochenta y tres pesos con dos reales, y 
en esa suma mensual iba el premio a los integrantes 
del grupo heroico de la cruzada. 

Pero vivía en una patria libre, y al nacimiento 
de esa patria nueva él había contribuido con nombres 
ya recogidos por la historia: la Agraciada, Sarandí, el 
Cerro, Bacacay, Ituzaingó al que entregara sus insig- 
nias con un grito de homérida. Y era joven. Y una mu- 
jer lo quería . . . ¿Qué había sido su existencia hasta 
entonces? Tregua entre asaltos. Una breve dicha ínti- 
tima, una partida de ajedrez, un libro para la noche, un 
amigo abriéndose en la confidencia. . . ¿Qué más? No 
podía, inteligentemente, pretender el bienestar estabi- 
lizado, el remanso permanente. Su felicidad estuvo en 


20S 



el goce de su dura autoridad y en la efectiva bonanza 
de su vida hogareña. 

No siempre la memoria es un filo. 

* # * 

Detiénese el carruaje y la noche recoge y guarda 
los ruidos de la marcha. 

Levantando el farol a la altura de la cara, Cucho, 
el liberto, abre la portezuela junto al macizo de la quin- 
ta, contempla un segundo al amo, y luego, con res- 
petuosa familiaridad, murmura: 

— "j Viene cansao y con sueño, mi General!..." 

* * * 

Hay que ahondar en esa faz del desaliento de Ori- 
be, que habiendo conocido todas las emociones, el de- 
lirio patriótico, el romántico noviazgo, la imposible rei- 
vindicación luego de la renuncia expresa, experimen- 
ta ahora algo nuevo, doloroso, nunca sentido hasta 
entonces. Hay en su estado anímico, rara mezcla de 
inquietud, hastío, desilusión, y hasta fatiga. Le parece 
estar expiando fallas que no logra concretar bien. No 
es una total desconformidad lo que lo hunde en esa 
apatía temible para los suyos. Ni un remordimiento. 
Este hombre no es de los que se arrepienten de su3 
actos. 

Tal vez una intención. . . 

Tal vez. 

Acabamos de descubrirle una que no podemos ase- 
gurar haya cristalizado. Comandando un ejército ar- 
gentino, y pronto a invadir la tierra de su nacimien- 
to por orden de Rosas, Oribe gestionó un emprésti- 
to de treinta mil pesos, obligando, para el reintegro de 


206 



esa suma y sus intereses, las rentas de la República 
Oriental del Uruguay. A ese efecto otorgó poder al ge- 
neral Antonio Díaz, en la ciudad de Paraná, a fecha 
16 de Mayo de 1842. El destino de ese dinero fue fijado 
por el jefe oriental, figurando en el detalle las can- 
tidades a percibir por el doctor Villademoros, el gene- 
ral Servando Gómez, la madre del coronel Fincón, y su 
propia esposa doña Agustina, a quien reserva la su- 
ma de mil pesos en metálico. 

Más todavía. No solamente piensa Oribe en las 
apremiantes necesidades de los suyos y de sus jefes, 
sino que ordena se confeccione pulcros uniformes paia 
los oficiales del batallón Rincón, "que están des- 
nudos". 

Los libros de cuentas del Ministerio de Hacienda 
del, gobierno del Cerrito desaparecieron con la paz de 
Octubre. 

Nos quedaremos, pues, con la intención de Oribe. 

Puede esa intención haber pesado en su ánimo, 
hasta deprimirlo fuertemente en el ocaso de su vida, 
sobre todo si llegó a conocer las líneas que desdé el 
Durazno, y en 5 de Abril de 1841, dirigió el general 
Rivera a su "muy amada Bernardina". 

— "... y porcnae quiero prevenirte que has de de- 
cir a D. Pedro Pablo que ci puede ipotecar o vender 
la quinta del Miguelete, cpn todos los terrenos, hasta 
la cuchila del Manga, que lo haga, pues se necesita 
plata para las necesidades de la guerra; que no se re- 
serve nada, sólo tu quinta del Arroyo seco, donde vi- 
ves con nuestra familia..." 

La guerra para cuyo sostenimiento quiere Rivera 
vender o hipotecar sus bienes, es la que desde antes 


207 



de Cagancha viene manteniendo la orientalidad con- 
tra el tirano Rosas. Como teniente de éste en la inva- 
sión, viene Oribe. Este también necesita dinero para la 
guerra. Para la guerra que ha desatado el siniestro 
Restaurador contra nuestro país. Ha de obtenerlo, esa 
es su intención, tatuada en su correspondencia, por un 
empréstito con firme garantía. Tan firme, como que 
la constituyen las rentas de la República Oriental del 
Uruguay. . . 

El episodio puede haber sofocado a Oribe, si es 
que alguna vez, en alguno de sus paseos solitarios por 
la Restauración, le llegó en forma de lejanísimo re- 
cuerdo. 

No siempre, pero a veces la memoria es un filo . 

Lo que hipotecó para siempre el general Oribe al 
concertar la alianza con Rosas, fué su prestigio anti- 
guo, su figura de libertador. 

Siendo Presidente de la República y a punto d« 
caer vencido por el empuje riverista, supo rechazar al- 
tivamente la ayuda que le ofrecieron las tropas fede- 
rales, porque el precio fijado por Rosas a su tributo de 
sangre, fué la anexión del Estado oriental al territorio 
que recién empezaba a sufrir su zarpa sanguinaria. 

Después de Arroyo Grande cambia la actitud de 
Oribe, convertido ya en tejiente del tirano, cuyo domi- 
nio él mismo consolidara en la tremenda campaña de 
las provincias. 

En Febrero del 43 pone cerco a Montevideo, y el 
mismo hombre que prefirió perder el gobierno v no la 
patria, llega al Cerrito mandando tropas extranjeras a 
sueldo de B. Aires. No podía dudar, sin embargo, del 


208 



papel que le estaba reservado a su país si triunfaba 
la invasión, en esa guerra de conquista, o de recon- 
quista, para ser más exactos: recuérdese que el es- 
tanciero Juan Manuel de Rosas financió parte de la 
cruzada de Abril del 25, sintiendo tanto fervor por la 
anexión de la Provincia Oriental a las otras del Río de 
la Plata, como contrariedad por su absoluta indepen- 
dencia, proclamada el año 28 en el Janeyro luego de 
enérgica presión británica. Cuando Oribe se entrega 
a Rosas, comienza a recorrer el camino de un calva- 
rio que él consideró como la cumbre de la grandeza. 

Fué al principio, la adopción de su sistema de lu- 
cha, basado en la impiedad con el vencido. 

La manea forrada con piel de la espalda de Be- 
rón de Astrada, anuncia la que ha de forrarse en Arro- 
yo Grande con la piel de Henestrosa. 

Luego imita los gestos políticos y hasta las acti- 
tudes sociales de su aliado. Idéntico rechazo de hono- 

*4 

tes, igual devolución de regalos. 

Cuando en 1849, Oribe restituye a Larravide car- 
ta y obsequio, éste por demasiado valioso y aquella 
por demasiado cortesana — episodio del que tanto 
caudal han hecho ciertas publicaciones partidarias — 
recuerda fielmente a Rosas cuando el año anterior de- 
volvió a la señora de Castex carta y obsequio, aquella 
por contener elogios desmedidos y éste porque su va- 
lor excede en mucho lo que la dignidad que se atribu- 
ye el propio Rosas le permite aceptar decorosamente. 

Oribe sitió a Montevideo como jefe del ejército de 
vanguardia de la Confederación Argentina y, si en 
nueve años no tomó la ciudad, fué en cambio dueño 
absoluto de la campaña, luego que Urquiza la despe- 


209 



jara de enemigos en el osario de India Muerta. En el 
largo tiempo de guerra, no dejó de ser, sin embargo, 
y a pesar de su título de Presidente Legal, un subor- 
dinado del tirano. Estrecha amistad unió, aparente- 
mente, a los dos personajes. En el fondo, los separó 
siempre, durante el Sitio, una evidente tirantez, me- 
nosprecio apenas disimulado en Rosas, bien escondi- 
do en Oribe bajo la apariencia de una íirmísima apar- 
cería política. Ya en 1845 el tirano desestima a su te- 
niente al publicar en "La Gaceta" los Estados de te- 
sorería de la Provincia de Buenos Aires, documentan- 
do así que el ejército invasor del Estgdo Oriental, ar- 
gentino en su mayor parte, cobra sueldo de la Fede- 
ración. 

Años después le prohibe festejar en el Cerrito, sus 
fechas caras: su natalicio en Marzo; el de Manuelita 
en Mayo; en Octubre la revolución contra Balcarce. 

Por fin devuelve a Oribe la espada de honor que 
éste le remite a Buenos Aires por intermedio de una 
delegación que preside su ministro Villademoros, por- 
que se considera indigno de usarla, creyendo que esa 
dignidad le corresponde mucho más a Oribe que a él 
mismo. Bofetón con guante, zorruna manera de zahe- 
rir y menospreciar, ocultando la garra. 

Ninguna de estas actitudes de Rosas punzó osten- 
siblemente la susceptibilidad de Oribe y la armonía 
de ambos se mantuvo en apariencia, inalterable. 

No logró separarlos tampoco la posición de Rosas 
en 1847, cuando con motivo de una seria tratativa de 
paz entre el Cerrito y la Defensa, desautorizó el Res- 
taurador las gestiones, recordando que lo que sost e- 
nía las tropas argentinas en tierra oriental, "no era úni- 


210 



comente la Presidencia del brigadier general don Ma- 
nuel Oribe, sino altas miras de la Confederación Ar- 
gentina.” ¿Ni aun entonces pudo darse cuenta Oribe 
de que la campaña que él sostenía, constituía una cla- 
ra guerra de conquista, en la que se jugaba la inde- 
pendencia de su tierra? 

Cara habría de pagar esa pasividad o ese error, 
o esa resignación frente a los atropellos de su Jefe. 
Cuando la decisión de Urquiza de levantarse contra 
Rosas se hace pública y obliga a Oribe a pedir re» 
fuerzos, Rosas no le contesta, destituyéndolo violenta- 
mente del cargo de General en Jefe del Ejército de 
Vanguardia y, ordenando al Coronel Ramos que en 
caso de que se resista, lo ate. 

Vencido Oribe por la acción de presencia del en- 
trerriano y, residiendo como antes, en la Restauración 
y el Miguelete, rompe con Rosas, cuyos días de domi- 
nio están contados por el tiempo que media entre la 
paz del Peñarol y la derrota de Caseros. 

• 'Desde entonces hasta la muerte de Oribe, no cam- 
bian ni una carta los dos personajes. 

Rosas, en el destierro, parece haberse olvidado de 
su lugarteniente. Los finos labios de Oribe, — labiosj 
de ese corte que la psicología marca como los que corii 
más fuerza saben callar — no se desplegaron nunca 
más para volver a nombrar a su antiguo aliado. Sin 
embargo la balbuceante confidencia a Tristcmy, ya en 
el umbral de la última sombra: 

— "Toda mi vida tuvo como único fin servir a mi pa- 
tria; la traición de un amigo pérfido me estaba reser- 
vada como último desengaño", no puede sino referirse 
al siniestro señor de Santos Lugares. 


211 



Esta faz del desaliento de Oribe tuvo que tener un 
matiz secreto: el de un profundo y desolado remordi- 
miento. Por duro que haya sido aquel hombre de su 
época y su destino, la vida le concedió el tiempo ne- 
cesario para el implacable balance del pasado . 

El vió envejecer sus trofeos, suceder el silencio al 
tumulto. La gloria es a veces un relámpago, a veces 
la hoguera de toda una selva, y otras una lámpara vo- 
tiva. Queda, fría y justa medidora, la Historia. 

En ella está Oribe, con sus crueles, sus tremendos 
errores, y sus charreteras de Ituzaingó. 

Nunca se cierra el Juicio. 



212 


INDICE 

pág. 

Mujeres de Artigas 13 

La tragedia de Lavalleja 29 

Un proceso médico en 1851 47 

TRIPTICO DE RIVERA: 

I. - Una mujer y el rumbo 67 

II. - Regreso a 1840 87 

III. - El sueño del caudillo 103 

CLAROSCURO DE ORIBE 

I. - La derrota 117 

II. - El destierro ' 127 

III. - Alma, cielo y agua 139 

IV. - Regreso 155 

• V. - 1855 169 

VI. - El desaliento 181 

VII. - La expiación 201 




ESTE LIBRO CUYO TIRAJE 
ALCANZA A 3000 EJEMPLA- 
RES, TERMINO DE IMPRI- 
MIESE EN LOS TALLERES 
DE LA IMPRESORA L.I.G.U , 
CALLE CERRITO 740, EL 
DIA 18 DE JUNIO DE 1949.